La Virgen María
¡La Virgen María, la Ternura Divina!
Quiero hablaros de María, mi Madre en cuanto hombre y Madre espiritual de vosotros.
Es menester que el corazón humano conozca a fondo el precioso mensaje que su Espíritu trajo al mundo.
Yo, el Verbo, me hice hombre en el Segundo Tiempo, para mostraros mi divino amor; no desdeñé vivir entre vosotros en carne humana. Quise ser hijo de esta humanidad, para sentirme más suyo, para que me viera más cerca; aquella mujer que ofreció su seno, para que en él se hiciera hombre el Verbo, era por su pureza e inocencia, el templo digno de quien la había elegido como madre humana. María era la flor de un linaje preparado por el Señor, muchas generaciones antes que Ella naciera.
Y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo (Mateo 1:1-16)
Sólo Ella podía haber llevado en su seno la semilla de Dios; y ser digna de quedar como Madre espiritual de la humanidad.
Cuando aquella mujer hubo llegado a su edad de doncella, fue desposada. El Padre le envío un ángel para anunciarle su misión. Mas, ¿cómo sorprendió a la virgen desposada? Orando, y al encontrarla preparada, le dijo: “Salve, oh María, el Señor es contigo, bendita Tú entre las mujeres» que has hallado gracia delante de Dios. No temas, que tu seno concebirá a Aquél que ha de reinar en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin”.
Su paso por el mundo, aunque más largo que el mío, porque llegó antes y se fue después, fue corto; sus palabras breves y dulces fueron una caricia celestial. El mundo vio con indiferencia su paso por la Tierra, mas en verdad os digo, que hoy conoceréis su dulce voz de Madre, que es arrullo, consuelo, esperanza y bálsamo.
Unos la reconocen, otros la niegan, sin embargo, Ella, tierna y amorosa, extiende su divino manto sobre el Universo, también salva y redime, si en cuanto a mujer, su vientre fue el arca donde estuvo depositado el cuerpo de Jesús, ¡Cuánto no guardará su Espíritu para todos sus hijos!
María no es solamente la mujer que en el Segundo Tiempo concibió al Redentor. Yo digo a toda la humanidad, a todas las sectas y religiones, a todas las razas y a todos los seres, que la Virgen María es la esencia maternal divina que siempre ha existido en Mí; es la esencia femenina Universal que podéis descubrir y contemplar en todas las obras de la Creación; es el Espíritu maternal, es la intercesión y el seno que amamanta.
María, representa la pureza, la obediencia, la fe, la ternura y la humildad. Cada una de esas virtudes es un peldaño de la escala por donde Yo descendí al mundo para hacerme hombre.
Es la misma que os presento para que a través de Ella ascendáis. María es el seno materno, buscadla y me encontraréis a Mí. Ella es la esposa de mi pureza, y de mi santidad; es mi Hija al hacerse mujer y mi Madre al concebir al Verbo encarnado.
María es el Espíritu fundido de tal manera a la Divinidad, que constituye una de sus partes como lo son sus tres fases: El Padre, el Verbo y la luz del Espíritu Santo. Así María es el Espíritu de Dios que se manifiesta y representa la Ternura Divina.
¿Por qué juzgarla humana, si fue la hija predilecta, anunciada a la humanidad desde el principio de los tiempos como la criatura en quien se encarnaría el Verbo Divino?
Ella está en el mismo Padre y vino a encarnarse sólo para cumplir aquella hermosa y delicada misión y, ¿aquel corazón de Madre insigne se concretó a amar solamente a su Hijo amantísimo? No, en verdad. A través de aquel pequeño corazón humano, se manifestó el corazón maternal en consuelo y en palabras sublimes, en consejos, en caridad, en prodigios, en luz, y en verdad.
Desde el principio de la humanidad, os fue profetizado el advenimiento del Mesías, también la Virgen María os fue anunciada y prometida.
Esa mujer, esa virgen, es María, la que volverá a concebir en su seno, no a un nuevo Redentor, sino a un mundo de hombres que en Ella se sustenten de amor, de fe y de humildad.
Siglos antes de mi presencia a través de Jesús, el profeta Isaías dijo: Por lo tanto el Señor os dará esta señal, he aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel. Con esta profecía entre otras anunció mi advenimiento.
Por tanto el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz, un hijo y llamará su nombre Emmanuel (Isaías 7:14)
En Nazareth vivía una flor de pureza y de ternura, una virgen desposada, llamada María que era precisamente la anunciada por el profeta Isaías, para que de su seno surgiese el fruto de la Vida Verdadera.
Sólo de una flor pura como Ella podía brotar el fruto que diera la redención a la humanidad.
Desde el Primer Tiempo, los patriarcas y profetas hablaron del Advenimiento del Mesías. Mas Él, no vino solamente en Espíritu, vino a encarnarse, a hacerse hombre, a tomar carne de una mujer. La esencia maternal divina tuvo que encarnarse también, y a hacerse mujer, como una flor de pureza; para que de su corola brotase la fragancia, el perfume del Verbo de Dios que fue Jesús.
Ella es modelo perfecto para toda mujer, porque la misión de todas ellas es delicada, noble y abnegada hasta el sacrificio.
La mujer despierta el corazón del niño al amor, encauza los sentimientos del hijo por la senda del bien, enjuga sus lágrimas cuando llora y lo consuela cuando sufre. Es la madre quien enseña al hijo la primera oración y le revela la existencia del Creador.
¿Veis esas flores que ocultan con humildad su belleza? Así fue y así es María: un caudal inagotable de belleza para el que sabe mirarla con limpidez y respeto, y un tesoro de bondad y de ternura para todos los seres.
Si la buscáis en la soledad de la noche, en el silencio que nada perturba, allí en el cosmos, la encontraréis, y si la buscáis en la fragancia de las flores, y en el corazón de vuestra madre, allí la tendréis. Si la queréis encontrar en la pureza de la doncella, allí la miraréis también, y así como en tantas obras donde se refleja la imagen del eterno femenino que existe en Dios y está en toda la Creación.
María pasó por el mundo en silencio, pero llenando de paz los corazones, intercediendo por los necesitados, orando por todos y finalmente derramando sus lágrimas de perdón y de piedad sobre la ignorancia y la maldad de los hombres. ¿Por qué no buscar a María si queréis llegar al Señor, si a través de Ella recibisteis a Jesús?
Nada tiene de extraño que en este Tiempo la busquéis para que os guíe y os acerque a Dios.
¡Cuán profundo ha sido el dolor que el mundo ha clavado en el corazón de su Madre y con cuánta ternura Ella esconde sus lágrimas, para mostraros tan sólo la dulzura de su sonrisa y lo amoroso de sus caricias! Siempre entre mi justicia inexorable y los pecados de los hombres se levanta su intercesión.
Buscadla espiritualmente; no pongáis delante de vosotros imagen alguna para sentirla cerca. Ella es la ternura de Dios, que habéis visto manifestarse en todos los tiempos. Es vuestra intercesora divina. Amadla, para que Yo pueda decirle nuevamente: «¡Madre, he ahí a tu hijo!»
De su virginidad incomprendida
Muchos siglos han pasado después de que con mi presencia iluminé a la humanidad y cuando tratan de comprender la verdad sobre la concepción de María, sobre mi naturaleza humana y mi esencia espiritual, la mente turbada de muchos hombres, no han podido comprender, ni su corazón envenenado han concebido aquella verdad.
María fue enviada para manifestar su virtud, su ejemplo y Divinidad perfecta. No fue una mujer más entre la humanidad. Fue una mujer distinta y el mundo contempló su vida, conoció su manera de pensar y de sentir, supo de la pureza y gracia de su espíritu y cuerpo. Ella es ejemplo de sencillez, de humildad, abnegación y amor. Y a pesar de que su vida ha sido conocida por el mundo de aquel tiempo y de las siguientes generaciones, hay quienes desconocen su virtud y su virginidad. No se explican el hecho de que haya sido virgen y madre y es que el hombre es incrédulo por naturaleza y no ha comprendido las obras divinas con el espíritu preparado.
¿Cómo es posible que haya quien pueda pensar que María, en cuyo seno se formó el cuerpo de Jesús y a cuyo lado vivió el Maestro, pudiese carecer de elevación espiritual, de pureza y santidad?
Quienes se levanten desconociendo la pureza y perfección de María son torpes, porque en su ignorancia desafían a Dios negando su poder.
Si estudiaran las escrituras y analizaran la encarnación de María y la vida de sus antecesores, llegarían a saber quién es Ella.
Los que niegan la divina Maternidad de María, desconocen una de las más hermosas revelaciones que Dios ha hecho a los hombres.
Los que reconocen la Divinidad de Cristo y niegan a María, no saben que se están privando de poseer la esencia más tierna y dulce que existe en Mí.
¡Cuántas teorías y confusiones han forjado los hombres! Sobre su maternidad, su concepción y su pureza, ¡cuánto han blasfemado!
Los hombres, sin respeto y sin amor, han osado juzgar la vida de los seres más elevados que Dios ha enviado entre la humanidad, tomando mi propia palabra, como base para sus razonamientos. Si en cierta ocasión llamé a mis discípulos hermanos, no fue la única, ni a ellos solamente a quienes así llamé.
María en su seno virgen llevó el cuerpo de Jesús. La Madre purísima, la azucena sin mancha, fue la encarnación de la ternura materna que en lo divino existe. ¿Por qué Jesús llamándose el hijo de Dios, no había de llamar hermanos a los hombres cuando ellos también son hijos de Dios? ¿Cuándo tendréis la elevación suficiente que os permita dar su justo sentido a lo divino y a lo humano? Comprended que es la única forma de que sepáis dónde están los errores y dónde brilla la verdad.
María; es la pureza incomprendida por la humanidad, virginidad que no puede ser analizada por la mente materializada de los hombres y que sólo puede ser sentida por aquel que se purifique en sus sentimientos.
Si en la Tierra su corazón se sintió lacerado muchas veces hasta la muerte, también en espíritu había de experimentar el dolor de ver su nombre y su pureza profanados por las blasfemias, dudas, juicios y burlas de los hombres materializados.
Si grande concibió al Maestro, así tiene que ser la que se hizo Madre humana para traerlo al mundo.
Sabía María que iba a concebir a un Rey más poderoso y grande que todos los reyes de la Tierra, y ¿acaso por ello se coronó reina entre la humanidad?
¿Acaso sus labios pregonaron por las plazas, por las calles, por los hogares humildes o en los palacios, que Ella iba a ser la Madre del Mesías, y que el Unigénito del Padre iba a brotar de su seno? No, la más grande humildad, mansedumbre y gracia hubo en Ella.
Su corazón de Madre humana fue dichoso y desde antes de dar a luz, y después, a lo largo de la vida de su hijo, fue madre amantísima, que conocía espiritualmente el destino de Jesús, la misión que había de desempeñar entre la humanidad y para que había venido. Jamás se opuso a ese destino, porque Ella es parte de la misma obra.
Si a veces derramó su llanto, era llanto de madre humana, era carne que sentía el dolor de su propio hijo. Más, ¿fue discípula del Maestro, su Hijo? No, nada tenía María que aprender de Jesús.
Jamás la ostentación fue en Ella, jamás turbó la palabra del Maestro, pero así como fue a los pies del pesebre que le sirvió de cuna, así fue a los pies de la cruz donde expiró Jesús, dando el último suspiro en cuanto hombre.
María, a los pies de Jesús el Cristo, estuvo sin exhalar una sola queja ni un reproche para aquella humanidad. Por eso ante el Padre fue grande como mujer, porque es el Espíritu de la maternidad universal que existe en Dios.
María me sentía en su Espíritu, no llevaba luto por Mí, no lloraba la muerte de Jesús, su dolor era por toda la humanidad. No tiene reproches para los que le han causado tanto dolor, ni una queja en contra de los que sacrificaron al Hijo muy amado; sólo su amor y su perdón a la humanidad coronan la obra de redención de su Unigénito. Es vuestra Madre Celestial a quien dejo entre vosotros para que la escuchéis y en su regazo os consoléis.
¿No estuvieron juntos Madre e Hijo en la hora suprema de la muerte de Jesús? ¿No se mezclaron en aquel instante la sangre del Hijo, con las lágrimas de la Madre?
María estuvo ahí sin exhalar una sola queja ni un reproche para aquella turba. Por eso es fue grande como mujer, porque es el Espíritu universal.
¡María, es la Ternura Divina! La ternura de Dios
Dicho esto, comprended cuándo os hablo de mi amor hecho hombre y mi ternura hecha mujer.
¡Cuánto ha llorado María sobre vuestra miseria! ¡Cuánto es lo que debéis a su ternura y a su amor! Lo mismo a los que la llaman como a los que la ignoran, a todos les hace sentir su calor maternal y la dulzura infinita de su caricia. En verdad os digo, que antes que los espíritus lleguen a Mí, tienen que encontrar en su camino a María la divina Madre.
El que me ame, antes tendrá que amar todo lo que es mío, todo lo que Yo amo.
Si estudiáis las profecías de los tiempos pasados, comprobaréis que estaba anunciada mi nueva manifestación. ¿También la presencia de María estaría anunciada? De cierto os digo, que si interpretaseis bien las profecías de Juan el Apóstol, encontraríais que su presencia había de ser también en este tiempo.
Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. (Apocalipsis 12:1-17)
Para que Ella fuese tenida en cuenta por la humanidad, y para que sea también amada y su ejemplo no se borre del corazón de los hombres, Jesús el Divino Maestro, sangrando en el madero, dedicó una de sus siete palabras diciéndole: “Madre, ¡he ahí a tu hijo! Y diciendo al hijo, que en ese instante era Juan, el apóstol del Señor: Hijo, ¡he ahí a tu Madre!»
Con esto quiso el Maestro dejar a Juan, representando a la humanidad y crear en el corazón de los hombres un santuario de amor y de respeto para la Madre Universal.
Os bendigo diciéndoos que, doquiera se recuerde la Natividad de Jesús, estará presente el dulce manto de vuestra Madre Celestial, quien se hizo mujer para que, a través de su seno, pasara Dios al hacerse hombre.
Enseñanza de la Virgen María, la Ternura Divina
He aquí a la sierva del Señor entre sus hijos, manifestándoles una vez más mi amor y mi ternura, trayendo a vosotros el recuerdo de mi Hijo muy amado, su memoria y su nombre. Yo os saludo en el nombre del Espíritu Santo. Bienvenido seáis ¡oh, pueblo amante de la verdad! que tenéis sed de espiritualidad, en el nombre de mi Hijo que me inspiró en la cruz vuestra guía y protección. Noche de recuerdo es ésta, en que acompañáis con vuestro corazón a María de Jericó, la madre solitaria en aquel día de dolor.
María, que sufre en el presente, tanto como en aquel Segundo Tiempo, por el desvío y desconsuelo de los hombres, piensa en todos vosotros. Y la naturaleza, también sensible al dolor divino, manifiesta su pena. El sol se ha puesto triste esta tarde como todas las tardes de recordación. La Tierra está triste como el alma de todos los hombres y vosotros vivís en estos momentos la pasión del Redentor. Jesús era humilde, Jesús era todo amor, ternura y misericordia; tenía su corazón, su mirada y sus manos suaves, Él era como un lirio. Su voz era dulce y bondadosa a los que le oían y su palabra iluminaba como una estrella a los que lo rodeaban. Hablaba de cosas bellas, santas y buenas a los niños que le escuchaban, pues solía platicarles del reino de su Padre, se sentían transportados al oír la promesa de habitar después de esta vida en un mundo mejor. Su protección era la de un amante Pastor y su enseñanza la del mejor de los Maestros. Los niños lo amaban, gozaban cuando la mano de Jesús pasaba suavemente por sus cabezas y en su faz se veía la felicidad cuando eran mirados por Él. ¡Cuánto amó a los hombres y cuánto amó a los niños!
Jesús brillaba más que los rayos del sol, porque de Él se desprendía una luz divina que embellecía su ser. Su mirada no era como la de los demás hombres, como la de los otros maestros, sino que penetraba en los corazones vivificándoles y bendiciéndolos.
Sus ojos siempre serenos y tristes tenían un mensaje secreto, profundo, sublime, para la humanidad. Su voz tenía una armonía tan dulce y desconocida, que arrullaba y llamaba a los niños sus amigos. Los niños cuando se acercaban a Mí, buscándolo, me decían: buscamos a nuestro amigo Jesús, y era verdadero amigo de la niñez. ¡Cuántas cosas bellas mis ojos contemplaron y cómo me alegré de ser madre de Jesús! Después de mi embeleso y éxtasis con que miraba a mi Hijo, viéndolo tornarse de niño en adolescente, presentía el fin que le esperaba cuando hubiera concluido su misión.
Él como Maestro, desde su niñez me decía: «Mira Madre la limpidez de esa fuente, de la cual toman agua para cultivar el jardín y cuánta belleza después en las flores cuando llega la primavera. Así es el corazón del que ama, siempre dispuesto a dar sus mejores aguas y el pensamiento a dar sus primeras luces». Así amo a la humanidad, un canto eterno de amor hay dentro de Mí. Más allá de Jerusalén hay también otros hombres que viven como éstos y mi Padre, es el Padre espiritual de todos, también a ellos llegará su divino mensaje. El hablaba con una seguridad tan grande desde pequeño y me decía: «Mi Padre me habló esta noche y a Mí ha llegado su mensaje secreto: Lo he sentido en mi corazón.»
Una belleza muy grande lo cubría, cuando elevaba su Espíritu haciendo comunión con el Padre y después, cuando lleno del Espíritu Divino se encontraba e iba en busca de los tristes, de los enfermos, de sus labios parecían brotar rayos de claridad, de luz divina. Su lenguaje sencillo hacía que todos le comprendieran.
Su vida fue ejemplo de espiritualidad y Yo la feliz madre de aquel hijo que el cielo me había dado, lo acompañé en su tránsito por el mundo. Después de mi gozo, fue el sufrimiento; mas el hijo y la madre acataron la voluntad divina. Y aquel Jesús tan dulce, tan tierno, que amó tanto a los hombres, fue por ellos crucificado y cuando fue depositado en mis brazos no había donde poner en Él un dedo, porque todo su cuerpo había sido herido. Entonces contemplé cuán duro es el corazón del hombre y qué ciega es la humanidad que sabe levantar sobre un trono al que no lo merece y aquel que sólo vino a enseñar y a ser ejemplo, fue burlado y sacrificado.
Sus manos que acariciaron tanto, fueron traspasadas por clavos. Sus enemigos, a pesar de su ofuscación, muchas veces oyéndolo hablar lo admiraron; y es que dentro de ellos le reconocían pero callaban por no confesar que les había cautivado. Dentro de ellos le admiraban y fuera le despreciaban. Él lo sabía todo y no tuvo para ellos reproche alguno. Amó tiernamente a sus discípulos, aún a Judas que lo entregó. Habló a sus discípulos como nadie ha hablado en este mundo y muchas veces ellos que convivieron con Él y conocían su lenguaje, no comprendían su sentido y se preguntaban unos a otros el significado de sus palabras. Y es que les hablaba con tanta perfección, como Dios, que ellos como hombres no alcanzaban a comprenderlo.
Cuántas veces a la caída de la tarde, siendo niño Jesús, le estrechaba en mis brazos y conversaba con Él. Le hablaba de Dios o de los anuncios de los profetas, diciéndole: «Los profetas, han enseñado que el Hijo de Dios vendrá a salvar a los hombres» y entonces para no revelar por humildad su misión, permanecía silencioso y fingía dormir. Yo continuaba diciendo: Sabemos que un profeta ha de venir cuando el mundo duerma espiritualmente y esté entregado a su pecado a anunciar la proximidad del Reino de los Cielos y Él sabía quién era ese profeta, mas parecía abstraerse en profundos pensamientos y no atender a mis palabras. Otras veces le hablaba de su nacimiento, diciéndole que hasta Él habían llegado tres sabios para rendir el tributo de su amor y solo sonreía.
Muchas veces lo sorprendía hablando con alguien que Yo no veía. El sabía que era el Hijo de Dios, Yo también lo sabía y muy poco hablaba de lo que ambos conocíamos. Los sabios “magos” atestiguaron que Él era el Mesías. En el templo dijeron: «He aquí al Enviado», y Él no habló de estas cosas hasta que fue llegado el momento de su predicación. Cuando un pobre llamaba a la puerta de aquella morada humilde, pidiendo caridad, mi hijo acariciaba su cabeza y le decía: Yo he venido a vosotros para haceros dueños de un Reino, y hablaba a aquel largamente, entonces aquel menesteroso olvidaba su pobreza y se alejaba satisfecho.
Jesús tenía tanto poder, que cuando decía a los hombres: Seguidme, ellos lo seguían dejando las cosas materiales. Porque el que le había oído, ya no podía vivir sin su palabra. Olvidaban sus afectos y necesidades porque su palabra era cautivadora, llena de verdad, de ese amor y caridad de que está siempre hambrienta la humanidad. Cuando conversaba Conmigo me decía que el amor del Padre Celestial es el primero y último amor. Que Él es principio y fin de toda criatura y que, lo que de Él procede a Él tiene que volver. Cuando oraba, parecía transportarse a otras regiones y después de volver de su éxtasis me decía: Madre, en breve partiré porque hay misiones que mi Padre me ha confiado y voy a cumplirlas. La humanidad me llama, me necesita y debo ir a ella a dar lo que el Padre me ha ordenado.
Su corazón siempre compasivo, se complacía en consolar lo mismo a los hombres que a los seres inferiores, también necesitados de amor. El venía curando y restaurando seres y cosas y al paso de su mano las heridas se cerraban.
Los hombres palparon sus prodigios. Siendo niño todavía, se acercó a Él un anciano y le dijo: Sé que posees ciertas virtudes y vengo a Ti en busca de ayuda, mi siembra se marchita por falta de agua; yendo en pos del anciano llegó a aquellos campos y después de elevar sus ojos al cielo habló algunas palabras y las aguas cayeron a torrentes fecundando los campos. Aquél anciano recogió abundante cosecha y el sembrador me dijo: Este niño tiene una virtud que el cielo le ha dado, pues nunca mis campos produjeron tanto, ni mis graneros fueron tan llenos. Y la Madre era feliz mirando el cumplimiento de la palabra de Dios y la obediencia de mi hijo. Yo también necesitaba verlo, oírlo y estar cerca de Él para ser dichosa.
Aquel niño convertido más tarde en Maestro, habló en parábola para instruir a sus discípulos conforme a su entendimiento; habló de la eternidad, de las leyes del Padre y de su plan perfecto. Y cuántas veces por hablar y preparar a los corazones, olvidaba que no había llevado un pan a sus labios. No descansó en su tarea, pues decía que debía dar a los hombres lo que era de los hombres. Y después de leer en el corazón de los que le habían oído y saber que muy pocos le comprendían, ¿creéis pueblo, que su mirada era alegre? Jesús tenía su mirada bella pero siempre triste.
Cuando lo llevaron al Calvario y su cuerpo fue sólo una herida, yo pregunté: ¿Qué ha hecho a los hombres sino darles la fragancia de su exquisito corazón? Por eso al presentir Él, todo lo que había de ser, su mirada triste parecía ocultar un secreto. Habló también de un tiempo en que Él enviaría rayos de luz sobre los hombres y es lo que tenía reservado para el tiempo presente, la irradiación de su Espíritu. Esta es la forma en que habría de comunicarse con vosotros, para elevaros con su palabra divina y consumar su obra. Amados míos: ¿Cómo estaría el corazón de la Madre en aquel día de dolor? Yo sabía por las profecías que el Hijo de Dios sería sacrificado, por eso cuando Él se ausentaba para ir a predicar, mi alma angustiada preguntaba si le habían visto, y me decían: ¿Quién eres tú que has perdido a tu hijo? Soy la Madre de Jesús, y contestaban: Anda predicando el Reino de Dios en la conciencia del hombre. Y predicaba así: «El Reino de Dios dentro del corazón del hombre limpio y justo se encuentra». Y el Reino vino a ellos y teniéndolo en Jesús no lo reconocieron.
¡Oh, Hijo mío, en quien se ocultó el Verbo Divino, te recuerdo como niño, te admiro como Verbo y te amo como Enviado! ¡Los que te escucharon como hombre en el Segundo Tiempo y hoy te oyen como Espíritu Divino, te recordarán siempre!
Su palabra es semilla que florece en los cielos y será fruto en la Tierra. Dios en los cielos se sirve de los ángeles para llevar a cabo sus designios y en la Tierra se sirve de los hombres. Amado mío: fue tu vida una constante entrega a tus hijos. Consagraste tu vida a los pobres, a los enfermos, a los pecadores, y tus labios que hablaban tanto de amor, se cerraron por causa de la incomprensión humana. Tu sed era de amor y caridad entre los hombres y no supieron calmarla, porque la sed de la humanidad es de guerras y de pasiones terrestres y sólo el agua de gracia apartará la sed que los consume. Falta luz en la Tierra porque no quiere el hombre esa iluminación divina. Las virtudes se apagan poco a poco y sólo persiguen esa falsa luz que da la ciencia, y Tú vienes a hablarles de esa luz que no se extingue jamás. Su última mirada fue tan triste…Madre, me dijo: ¡Ahí tienes a tu hijo! Yo amé a Juan y lo tomé desde esa hora como mi hijo, pues tenía en su virtud semejanza con Jesús. Fue báculo en mi ancianidad.
Aquella voz cesó en aquel día y Yo con todo mi amor no pude cerrar sus heridas.
Su alma y su cuerpo estaban destrozados. Heridas sobre heridas sufrió en su martirio. En esta noche Yo os bendigo, madres. Os deseo que nunca oigáis el grito de una turba enloquecida pidiendo que vuestro hijo muera en la cruz. ¿Podéis imaginar lo que pasaba en el alma de María?
¡Que nunca sepáis de esas cosas, oh, madres, porque si tuvieseis que soportar esta prueba no la resistiríais! Sus últimas miradas fueron para alentar mi corazón desgarrado. ¡ Aliento mío, causa de mi felicidad y mi dolor! Yo bendigo a tus hijos, Jesús, a tus discípulos, y como sucesora tuya, seguiré instruyéndolos. Bendigo el género humano y en este día mi caridad sea con las madres que van por el camino de flores y de espinas.
¡Mi Paz Dejo en Vosotros!
