Mensaje de María 6

1. Mi voz maternal os acaricia. Seguid mis pasos, venid por mi huella y llegaréis al Seno espiritual de vuestro Padre.

2. Yo estuve al lado del Maestro desde su nacimiento en cuanto hombre hasta que expiró en la cruz. Su amor y el mío, unidos, forman un solo Ser que vela por vosotros. Estad Conmigo y estaréis con Él, como Juan, el discípulo amado que acompañó a la Madre hasta el pie de la cruz, donde recogió del Maestro una postrer mirada y su última palabra. Venid Conmigo y os acercaré a la presencia del Señor, para que también vosotros recibáis sus preciosos dones.

3. Nada os pido para Mí, sino para vosotros. Mi dicha es que haya alegría y paz en vuestro espíritu.

4. El Padre me envió en aquel tiempo a la Tierra a traeros la esencia de Su ternura celestial; concedió a mi Espíritu encarnarse en una criatura llena de gracia como fue María, para entregar por su conducto mi mensaje maternal. El Corazón de la mujer en quien tomé forma humana, sumisa siempre a la voluntad del Señor, jamás flaqueó ante las pruebas por las que tuvo que pasar.

5. Jesús fue el Fruto que el Padre depositó en Mí, para que tomara forma humana; el Verbo encarnado que había de pasar de mi Seno al mundo, para darse en amor a la humanidad.

6. Así como grande fue mi dicha en cuanto mujer, por haberlo concebido y arrullado en mis brazos, así también fue mi dolor al recibirlo yerto en mi regazo, cuando su misión en este mundo quedó consumada.

7. Después de un breve tiempo, cumplida su misión, mi Espíritu se unió al Suyo en la eternidad, desde donde velo siempre por todas las criaturas, sobre las que tengo extendido mi manto de amor.

8. Yo bendigo a los que me buscan, a los que creen en mi existencia y tienen fe en mi protección, en mi caridad e intercesión. De la misma manera bendigo a quienes niegan mi existencia, perdono a los que blasfeman en contra mía e ilumino a los que tienen de Mí una idea confusa.

9. Os digo estas cosas para que aprendáis a perdonar a quienes no me reconocen. Sí, perdonadles y no les toméis en cuenta que no me amen o me nieguen. Ya veréis como en las grandes pruebas, mi presencia será con ellos, iluminándoles, brindándoles protección y apoyo en el instante de peligro, cuando sus labios involuntariamente exclamen angustiados: “¡Madre mía, ampárame!”

10. Esos corazones me sentirán y nunca olvidarán que en los momentos de aflicción fue suficiente invocar a la Madre, para que Ella se hiciese presente.

11. Orad al Señor, más comenzad Conmigo para que os ayude en vuestra elevación. Confiádmelo todo, depositad en Mí vuestra carga de tribulaciones y trabajos y seréis salvos.

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