La Última Cena

La Última Cena
Y el Maestro se sentó con Sus discípulos, todos se disponían a comer la vid y el pan material, ninguno de ellos podía advertir lo que Él les diría en aquella Última Cena. Partió el pan y con Su mano sujetó el recipiente y les dijo: Es mi cuerpo, mi sangre, comed y bebed,… haced esto en memoria mía.
Inolvidable sería esos momentos no sólo para Sus discípulos que convivieron tantos instantes con el Maestro, que oyeron grandes lecciones que les hicieron comprender un Reino prometido, que no pertenecía a este mundo ni del Más Allá, sino del propio espíritu.
La humanidad tendría por evocar este suceso una y otra vez,… como Israel evocó cada año su salida del Egipto, comiendo el pan sin levadura, sacrificando al cordero en representación de esa señal marcada en sus puertas con sangre, y al final, su liberación del Faraón.
Sí,… a Israel se le pidió evocar, conmemorar como una tradición su salida del Egipto, el cómo Yo Soy el que Soy con Su fuerza y poder, hizó tal prodigio, para después con ellos formar Su pueblo. El Maestro también pediría a Sus discípulos traer a su memoria en representación del pan y el vino material, aquel pan y vid espiritual que por tres años les doctrinó con Su enseñanza.
En cierto, ellos fueron los primeros en vislumbrar la Tierra Prometida, su liberación de lo del mundo. El Maestro fue Su guía en ese desierto espiritual llamado Tierra, Él les condujó y con Su índice divino les señaló aquél Reino prometido. Sí, el Mesías vinó a liberar al espíritu de la humanidad. Fue el Guerrero Prometido para Israel; mas sus armas no eran materiales, Su poder no provenía de los poderes del mundo. Su gloria y poder provenían de un Reino muy superior, donde legiones Le acompañaban por doquier,… sus armas eran y son espirituales.
La misión de aquél Gran Guerrero no tenía que ver con glorificar un reino del mundo, tenía por glorificar el Reino del Yo Soy el que Soy, en los espíritus de quienes algún momento todos serán Su pueblo, la humanidad. A Su disposición eran las grandes legiones espirituales; mas el Eterno quizó servirse de doce discípulos en este mundo para llevar Su mensaje por los rincones de la Tierra. Ellos con el paso de los tiempos tuvieron otros tantos discípulos, y a todos les hicieron evocar la reunión de la Última Cena, los acontecimientos de ellos con el Maestro.
¿Qué encerraba simbolícamente ese acto de partir el pan y la vid material? La vida espiritual de los discípulos con su Maestro. No sólo de aquellos, sino de todos quienes al paso de los tiempos serían adoctrinados con la Sabiduría del Eterno. Ya que ellos también a similitud de su Maestro se convertirían en pescadores de hombres,… en libertadores de espíritus.
No irían por el mundo a glorificar un reino material, ni sus armas serían para dar muerte. Irían por el orbe a proponer la conquista de la Tierra Prometida, aquella Tierra espiritual que tiene por asiento en el Reino de los Cielos. Sus armas serían para dar vida espiritual. Los primeros apóstoles lo comprendieron y lo hacían conocer así a sus discípulos.
No irían por el mundo a glorificarse a ellos mismos, ni hacerse una riqueza efímera por el mundo. Ellos como sus discípulos tendrían por misión como lo fue el de su Maestro, el de liberar espíritus.
Sí, la Sabiduría del Maestro tiene ese poder sobre los espíritus, el de hacerles libres espiritualmente. El libertarles de esas grandes y pesadas cadenas, que cargan de reencarnación en reencarnación. No los liberta con la fuerza de un verdugo, sino con la fuerza de quien viene a salvar a su oveja perdida de la profundidad.
Los discípulos al evocar la Última Cena, hacen un compromiso con el Maestro, de repartir el pan y la vid espiritual como el Maestro lo hizó por los distintos senderos.
La humanidad llegará a una comprensión al evocar ese acontecimiento, que el Dios de Israel, vino a liberarles, a señalar con Su índice divino la Tierra Prometida.
Todavía el espíritu de la humanidad está atrevesando su desierto espiritual, está purificándose de sus tantas idolatrías… Mas cuando su corazón y espíritu por fin se hayan acrisolado, el Eterno bien tendrá que exclamar con orgullo divino: ¡He aquí mi Pueblo! ¡Mi voluntad es la de él, y su voluntad la Mía!