Mensaje de María 4

1. María, vuestra Madre, va a hablaros de cómo fue Jesús en la Tierra.

2. Él fue humilde, todo amor, comprensión y caridad; su mirada era dulce, sus manos suaves. Era semejante a un lirio. Su voz acariciaba y su palabra iluminaba como estrella. Era como un bálsamo, como un arrullo de paloma. Hablaba siempre del Reino de su Padre, de cosas bellas y buenas, y los hombres y los niños le escuchaban transportados a un mundo superior.

3. Su protección era la de un amante Pastor y su enseñanza la del mejor de los maestros. Los niños lo amaban, gozaban cuando la mano de Jesús se posaba sobre sus cabezas, y en su faz dejaban ver la felicidad cuando eran mirados por Él. ¡Cuánto amor a los hombres! ¡Cuánto amor a los niños! Cuando éstos se acercaban a Mí, me decían: Buscamos a nuestro amigo Jesús. ¡Cuántas cosas bellas contemplaron mis ojos! ¡Cuánta alegría experimenta mi Espíritu por haber sido la Madre de Jesús!

4. Los hombres contemplaron sus prodigios. Siendo niño se acercó a Él un anciano diciéndole: “Sé que posees ciertas virtudes y vengo a Ti en busca de ayuda. Mi siembra se marchita por falta de agua”. Jesús acompañó al anciano hasta aquellos campos y después de elevar sus ojos al Cielo, dijo algunas palabras y el agua cayó torrencialmente, fecundándolo todo. El anciano recogió abundante cosecha y me dijo: “Este niño tiene una virtud que el Señor le ha dado, pues nunca mis campos produjeron tanto, ni mis graneros fueron tan llenos”. Y la Madre fue feliz mirando el cumplimiento de la palabra del Padre y la obediencia del Hijo.

5. Aquel niño, convertido más tarde en Maestro, habló en parábola para instruir a sus discípulos acerca de las leyes del Padre y de su plan perfecto. ¡Y cuántas veces por hablar a los que le seguían, olvidaba que no había llevado un pan a sus labios!

6. El Maestro les hablaba acerca de un mensaje que no aprendió de los hombres. Les doctrinaba como nadie antes los había hecho y muchas veces los discípulos que convivieron con Él y conocían su lenguaje, no entendían el significado de sus palabras. Es que les hablaba en un sentido espiritual que ellos a veces no alcanzaban a comprender.

7. Después del embeleso con que miraba a mi Hijo, viéndolo tornarse de niño en adolescente, mi Corazón de Madre presentía el fin que le esperaba al concluir su misión en la Tierra.

8. Él, desde niño, se extasiaba admirando las cosas creadas por su Padre. En ocasiones me decía: “Madre, mira la limpidez y transparencia de las aguas; cuánta belleza en las flores que se abren en primavera. Así es el corazón del que ama. Así amo a la humanidad. Un canto eterno de amor hay dentro de Mí”.

9. Jesús brillaba más que los rayos del Sol, porque de Él se desprendía una luz que embellecía su Ser. Su mirada no era como la de los hombres o como la de otros maestros, sino que penetraba en los corazones vivificándolos. Parecía que la luz del día se sumaba a su belleza para acariciar cuanto veía. Sus ojos, siempre serenos, tenían un mensaje secreto, profundo.

10. Me hablaba con una gran seguridad desde pequeño y me decía: “Mi Padre me habló esta noche y he recibido su mensaje: Lo he sentido en mi Corazón”.

11. Una belleza muy grande lo envolvía cuando elevaba su Espíritu para penetrar en comunión con el Padre. Después, cuando iba en busca de los tristes y enfermos, de sus labios brotaban frases llenas de amor y de luz. Su lenguaje sencillo y profundo a la vez, llegaba a todos los corazones.

12. Mi vida cerca de Jesús era un día luminoso; lejos de Él, una noche oscura y sin estrellas. La vida al lado de Jesús era un poema.

13. Toda su vida fue una lección de espiritualidad, y Yo, la feliz Madre de aquel Hijo que el Cielo me había confiado, lo acompañé paso a paso en su tránsito por este mundo. Después del gozo vendría el sufrimiento; más el Hijo y la Madre acatarían la voluntad divina.

14. Magdalena, hablándome de Jesús, me dijo: “Sólo un rayo de su mirada bastó para que mi pensamiento cambiara. Mi espíritu se conmovió al despertar de su letargo. Mi corazón se estremeció al sentir el amor espiritual. La luz de su mirada fue suficiente para cambiar mi vida”.

15. Cuántas veces, a la caída de la tarde, siendo niño Jesús, le estrechaba en mis brazos y conversaba con Él. Le hablaba de Dios o de los anuncios de los profetas y le decía: “Los iluminados han enseñado que el Hijo de Dios vendrá a salvar a los hombres”. Entonces, para no revelar su misión, permanecía silencioso y parecía dormir. Yo continuaba hablando: “Sabemos que un profeta vendrá cuando el mundo duerma espiritualmente y esté entregado al pecado, para anunciar la proximidad del Reino de los Cielos”. Y Él sabía quién era ese profeta, más permanecía ensimismado en profundos pensamientos. Otras veces le hablaba de su nacimiento, diciéndole que hasta Él habían llegado unos sabios para rendirle el tributo de su amor, y sólo sonreía.

16. Cuando levantaba sus ojos al Cielo brillaban más que el mismo Sol. Muchas veces lo sorprendí hablando con alguien que Yo no veía. Él sabía que era el Hijo de Dios; mi Corazón de Madre también, pero poco mencionaba lo que ambos conocíamos.

17. Cuando algún necesitado llamaba a la puerta de nuestro hogar pidiendo caridad, mi hijo lo recibía con dulzura y le decía: “Yo he venido a vosotros para haceros dueños de un gran Reino”; y le hablaba largamente, entonces aquel menesteroso olvidaba su pobreza y se alejaba satisfecho.

18. Me decía que llegaría un tiempo en que los altares hechos por la mano del hombre desaparecerían, y que Dios se manifestaría de otra manera, que enviaría rayos de luz sobre los hombres, y es lo que tenía reservado para este tiempo, a fin de elevaros con Su palabra y así consumar Su obra.

19. Jesús tenía tanto poder que cuando decía a los hombres: “Seguidme”, ellos lo hacían, abandonando sin pensar las cosas materiales. Porque quien le escucho, ya no pudo vivir sin Su palabra. Es que Su mensaje era cautivador y lleno de verdad. Cuando conversaba Conmigo, me decía que el amor del Padre Celestial es el primero y el último, que Él es principio y fin de toda criatura; lo que de Él procede a Él habrá de volver.

20. El nunca descansaba, porque decía que debía aprovechar el tiempo para dar a los hombres lo que era de ellos: El divino Mensaje. Por eso, al presentir cuanto a Él le esperaba, su mirada llena de ternura parecía ocultar aquel secreto. Yo sabía por las profecías que el Hijo de Dios sería sacrificado.

21. Cuando oraba, parecía transportarse a otras regiones, y después, al volver de su éxtasis, me decía: “Madre, en breve partiré, porque hay misiones que mi Padre me ha confiado y voy a cumplirlas. La humanidad me llama, me necesita y debo ir a ella, a dar lo que el Padre me ha ordenado. Yo he venido a restaurar, a redimir”.

22. Aquel Jesús tan dulce, tan tierno, que amó tanto a la humanidad, un día fue por ella crucificado. Cuando lo llevaron al Calvario, Yo pregunté: “¿Qué ha hecho a los hombres sino darles la fragancia de su exquisito Corazón?” Y cuando su cuerpo fue depositado en mis brazos, no hubo dónde poner en Él un dedo. ¿De qué manera tocar sus heridas, si todo su cuerpo era una llaga?

23. Sus manos, que acariciaron tanto, estaban traspasadas. Sus pies, que recorrieron los caminos en incesante siembra de amor, también estaban taladrados, todo estaba herido. Sus enemigos habían concluido su obra; más en su corazón presentían que Jesús había sido justo. Algunos de ellos sintieron en Él la presencia del Mesías. Jesús lo sabía todo; sin embargo, no tuvo para ellos reproche alguno. Amó a todos tiernamente, aun a Judas, que lo entregó.

24. Su última mirada fue muy triste. “Madre, -me dijo- he ahí a tu hijo”, se refería a Juan, su discípulo. Yo amé a Juan y lo tomé desde esa hora como a mi hijo, pues tenía en su virtud semejanza con Jesús; él fue báculo en mi ancianidad.

25. Cuando la voz de Jesús cesó, no pude con todo mi amor cerrar sus heridas.

26. ¡Oh, Hijo mío, en ti se ocultó la verdad del Padre! Yo te recuerdo como niño, te admiro como Verbo y te amo como Enviado. Los que te escucharon como hombre en el Segundo Tiempo y hoy te oyen como Espíritu, te recordarán siempre.

27. Amado mío: Fuiste una constante entrega a tus hijos al consagrar tu vida a los pobres, a los enfermos, a los pecadores. Tus labios, que hablaban de amor, se cerraron por causa de la incomprensión humana. Tu sed era de amor y no supieron calmarla. Falta prudencia en la Tierra, porque el hombre rechaza la iluminación divina. Las virtudes se apagan poco a poco y sólo busca la falsa luz que da la ciencia. Y Tú vienes a hablarles de la luz que no se extingue jamás.

28. ¡Aliento mío, causa de mi felicidad y mi dolor! Yo bendigo a tus hijos, a tus discípulos, y como Madre de ellos, seguiré instruyéndolos.

29. Bendigo al género humano y que mi caridad sea con las madres que van por el camino de flores y espinas. Os deseo que nunca oigáis el grito de una turba pidiendo que vuestro hijo muera. ¿Podéis imaginar lo que pasó en el Corazón de María en aquellas horas de infinito dolor? Que nunca sepáis de estas cosas, ¡oh, madres! porque si tuvieseis que soportar esta prueba, no la resistiríais.

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