Mensaje de María 1

1. El Espíritu de María es con vosotros.

2. Mi presencia invisible, sentida por quienes han sabido prepararse espiritualmente, es verdadera. Me place visitar a mi pueblo mariano, para que sienta cerca de su corazón mi presencia, para que escuche mi voz maternal con el amor y confianza con que el niño suele oír los relatos que su madre le hace.

3. Escuchad: En aquel tiempo, oculta entre las montañas de Galilea, existía una aldea llamada Nazaret, formada de casas humildes en las que reinaba la tranquilidad, la sencillez y la paz. Allí, ignorada y silenciosa, en espera de Su misión, vivía una doncella que era el tesoro de sus padres.

4. Me llamaron María, que significa Señora, y desde mi niñez supe que mi destino en el mundo era el de servir al Padre como la más humilde de sus siervas. Durante mi infancia pasé muchas horas entregada a la oración y a la meditación, en dulces éxtasis que daban fuerza a mi Corazón de mujer para poder resistir los trances que me aguardaban. Pero también, como todos los niños, supe de los juegos infantiles, porque siempre he amado a la niñez.

5. Cuántas veces se enterneció mi Corazón ante el candor de los pequeñuelos que buscaban mi compañía, para gozar de la ternura que para ellos guardaba mi Corazón. Eran las mismas criaturas que pasado un tiempo, en una tarde de infinita amargura para Mí, oirían al Divino Maestro consagrarme a los pies de la cruz, como Madre espiritual de la humanidad.

6. El conocimiento de Dios y de las cosas superiores que el Señor me revelaba, me permitió preparar a muchos corazones, haciéndoles saber que se acercaba el tiempo de la llegada del Salvador prometido; mas nunca salió de mis labios frase alguna que revelara que Yo era la elegida entre todas las mujeres para que en Mí se consumara la encarnación del Verbo. Yo debía esperar el momento en que la voz del Padre, a través de los labios de Jesús, revelara a los hombres mi verdadera Esencia.

7. En las noches silenciosas de Nazaret, oraba por la humanidad. Y cuánto dolor se apoderaba de mi Corazón por los enfermos del cuerpo y del espíritu. ¡Cómo padecía por los corazones solitarios que sufrían hambre y sed de amor! Mis preces también se elevaban por todos los que soportaban una cruz de ingratitud o de injusticia.

8. Yo presentía en lo recóndito de mi Ser el dolor que habría de traspasar mi Corazón de Madre en el Calvario.

9. ¡Oh, Nazaret, flor de Galilea, tú fuiste mi pequeña patria terrenal! Allí, humilde como todas tus mujeres, supe de las labores humanas, a las que me entregaba con amor y alegría, sumisa y obediente, reconociendo que el hogar es Templo donde habita el Espíritu del Señor.

10. Pero otro templo me esperaba al convertirme en doncella, y era aquél al que había de llegar para entregarme al servicio de Dios, donde mi Espíritu y mi carne se prepararían y fortalecerían en la oración y en la práctica de la Ley. De aquel templo saldría un día para unirme en matrimonio con José, el noble anciano que sería por breve tiempo mi compañero en la Tierra.

11. Una noche, transportada por la oración, conversaba con el Altísimo, cuando vino hasta Mí el Ángel del Señor para anunciarme que en breve concebiría al Unigénito del Padre. Absorta contemplé la celeste aparición, pero sin sorpresa por lo que acababa de anunciarme, ya que mi Espíritu conocía la misión que había traído al mundo. Sin embargo, mi Corazón de mujer y de esposa Virgen, se sintieron anonadados ante tanta gracia concedida a una humilde criatura y oré para dar gracias.

12. De mis ojos brotó un torrente de lágrimas de felicidad, de dolor también, y dije al Padre: Señor, mi Espíritu se regocija en Ti, mi Salvador, porque has hecho cosas grandes, porque eres Todopoderoso y tu Nombre es santo.

13. Pasaron los meses y se aproximó el día en que debían cumplirse las palabras del mensajero espiritual, para lo cual dispuse la humilde alcoba donde habría de nacer mi amado Jesús, el fruto de mi vientre.

14. Pero Dios tenía dispuesto todo en otra forma, pues habiendo tenido que salir en unión de José hacia Belén de Judá, obedeciendo una orden del César, el niño habría de nacer lejos de Nazaret.

15. Penosa y larga fue la jornada para Quién estaba próxima a ser madre, e inútil la búsqueda de un lugar dónde reposar en Belén. Ninguna puerta se abrió a mi llamado; mas todo lo había preparado el Señor, pues allí en las afueras de la ciudad, una gruta donde solían refugiarse humildes pastores con sus rebaños, fue el sitio elegido por Dios para que naciera mi Hijo amado, el Mesías prometido.

16. Hijos míos: De cierto os digo, que no existen en vuestro idioma palabras que puedan expresar lo que mis ojos contemplaron en el instante en que el Verbo, hecho hombre, nació a la luz del mundo y reposó en mi regazo. Una luz radiante iluminaba aquel Ser que, al abrir sus ojos, me envolvió en una sonrisa de infinito amor.

17. ¡Qué gozo tan grande invadió entonces mi Corazón de Madre! Pero había tanta soledad y pobreza en nuestro derredor, que me sentí angustiada. Hubiese querido cubrir de galas aquel cuerpecito, sabiendo que era Rey, mas sólo pude arroparlo con mis besos de amor, darle el mejor de los lechos y sólo le ofrecí por cuna un pesebre.

18. Un silencio augusto envolvía aquella noche bendita, sin que los señores de la Tierra ni los reyes del mundo, dormidos en el letargo y la tiniebla presintiesen que el Hijo de Dios había llegado entre los hombres.

19. Fueron los pastores de Belén de corazón sencillo y humilde, los que sintieron en lo recóndito de su ser los dulces pasos del recién llegado.

20. En mitad de la noche, el Ángel del Señor apareció ante ellos y les dijo: “No temáis, pues vengo a anunciaros un gozo muy grande para este pueblo, porque hoy ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, el Cristo, el Mesías que esperabais; y la señal es que lo hallaréis recostado en el pesebre de un establo. Ese es el Mesías”.

21. Al instante el cielo se iluminó con una luz radiante y un ejército de ángeles entonó con dulce voz: “Gloria a Dios en lo alto de los Cielos y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

22. Absortos, extasiados, recibieron el divino mensaje anunciado siglos atrás por los profetas del Señor.

23. Cuando la visión hubo pasado, los pastores, con el corazón rebosante de felicidad, fueron en busca de familiares y amigos para comunicarles la Buena Nueva. Después, la luz del Señor guió sus pasos hacia la gruta, donde postrado en la paja de un pesebre, reposaba el Hijo de Dios.

24. Un cuadro de humildad y de luz se ofreció a los ojos de los pastores. Aquel niño, al que de hinojos adoraron, era el Dios Hombre que llegaba al mundo a salvar del yugo del pecado a la humanidad.

25. ¡Oh, Padre mío, que en todos los tiempos has buscado corazones sencillos para revelarles tus altos designios, sabiendo que los sabios y los poderosos te desconocen y te niegan!

26. Vosotros, labriegos de mi pueblo amado, que venís a escuchar a vuestro Señor, sois los corazones sencillos que busca mi Padre en este tiempo, para que llevéis a vuestros hermanos la noticia de su nuevo advenimiento.

27. Hombres, mujeres, ancianos y niños que oís en estos instantes la voz de vuestra Madre Celestial, sois los corazones humildes que habéis sabido escuchar en este tiempo la voz del ángel del Señor anunciando la presencia espiritual del Divino Maestro. Yo bendigo vuestra sumisión a ese llamado de amor y os comparo con los pastores de aquel tiempo, porque no os escandalizasteis de encontrarlo en la más completa humildad, ajeno a las pompas del mundo. Y por la fe que mostráis ante estas revelaciones, el Señor quiere reposar en el lecho que le habéis preparado en vuestro corazón.

28. Yo recibo los presentes de amor que me ofrecéis, convirtiéndolos en paz para todos los pueblos de la Tierra, en caricia para la niñez y en fortaleza para los hombres que luchan por la vida. Envuelvo en mi manto de amor a las mujeres y enjugo las lágrimas de las madres, esposas, viudas o abandonadas, que beben gota a gota su cáliz de amargura.

29. Humanidad: Os amo infinitamente. Nada reprocho a quienes no me reconozcan como Madre, porque no solo amo a los que me aman o creen en Mí. Todos sois míos y todos llegaréis a la presencia del Padre, donde me veréis con mis brazos amorosos esperándoos, para haceros sentir el calor de mi regazo del que nunca volveréis a alejaros.

30. ¡Oh!, niñez bendita, orfandad amada, juventud que camináis desorientada y sin rumbo: Llevad mi luz. Doncellas y mancebos: Sed fuertes ante las tempestades de la vida para que no perdáis vuestra fragancia. Niñez bendita: Recibid mi caricia y mis dones.

31. Corazones solitarios, hambrientos de amor y sedientos de ternura y comprensión: Yo os anuncio que pronto encontraréis el tesoro anhelado.

32. Para ello dejo encendida una antorcha de fe en vuestra existencia.

33. Manos que ungen enfermos y alivian penas y dolores, aún cuando en el corazón llevéis oculta una herida, os bendigo y os doy mi bálsamo para que continuéis la jornada sin desmayo. Manos que acarician niños, Yo os bendigo.

34. Os cubro con mi manto de paz.

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