Los errores que duelen

Los errores que duelen

¿Por qué sufrimos? Cuántas veces nos hemos cuestionado esto, sin encontrar una respuesta adecuada que mitigue nuestro propio sufrimiento o aquella inquietud.

Nacimos para ser felices desde que surgimos del Seno divino, pero nos alejamos por propia voluntad de la Vida misma y de la paz que nos pertenecía por heredad.

No todos los espíritus encarnan, mientras unos permanecieron en la Voluntad divina, otros necesitaron ascender nuevamente al Reino que pertenecieron por medio de los méritos. La escala que contempló en sueños el patriarca Jacob, es una revelación que representa ese descenso y nuevamente nuestro ascenso espiritual al cumplir con la Ley divina.

Como humanidad tenemos todos los atributos espirituales que poseen, a los que hemos llamado, ángeles, somos semejantes a ellos; pero unos y otros nos diferenciamos sólo en una cosa: En la obediencia.

Es la falta de obediencia a nuestro Creador el origen de todos nuestros males y sufrimientos.

Cada ser humano que habita en este mundo es un ser espiritual teniendo una experiencia terrenal. Y en cierto, desde que surgió el primer hombre y la primera mujer simbolizados con los nombres de Adán y Eva, ha sido un cáliz muy amargo por nuestro libre albedrío el querer manifestar primeramente nuestra voluntad que la de nuestro Padre, en nuestros hechos cuando estos son opuestos a Su voluntad por medio de la obediencia y el amor.

Nuestro Creador siempre ha anhelado nuestra felicidad, nuestra liberación del dolor. Él también sufre con dolor divino nuestros quebrantos y llantos. No es un Padre que no siente ni se inmuta ante el dolor de Sus hijos, ya que el Ser que dio toda sensibilidad a todo espíritu es infinitamente más sensible.

Nuestro Padre sin lugar a dudas también es Maestro que enseña el camino del perfeccionamiento espiritual por medio de todo lo noble que emana de su Divino Espíritu; mas también en Su justicia divina como Juez inexorable deja que cada uno de Sus hijos reciban por sí mismos el fruto de sus obras.

Él nos creó con perfección, a semejanza Suya. Nacimos libres, con voluntad propia, con las facultades de la inteligencia y del razonamiento para discernir todo cuanto concierne a nuestra existencia, y por estas facultades tendremos la certeza que si anhelamos desterrar de nosotros el sufrimiento, lo será siempre que nos unifiquemos a la voluntad divina.

Si adolecemos como humanidad o en nuestra propia familia es porque no estamos unidos a Su voluntad divina. Cada ser humano de este Valle, así como cada integrante de nuestra familia terrenal debe de luchar por edificar la paz y la felicidad en conjunto, entonces el dolor y el sufrimiento desaparecerá.

Gran parte de la humanidad ha llegado a creer o, a sentir que aprender de lo espiritual es perder el tiempo, superficial, antiguo, sin valor, perjudicial y hasta nocivo. Y es que, hemos dado tanto valor a lo terrenal que hemos hecho de ello nuestra vida, nuestro valor y fortaleza.

Es cierto que necesitamos de todo cuanto nos ofrece este mundo para subsistir y a necesitar de otros para salir avante en lo material. Y es aquí donde está nuestro error, porque a todo lo que se refiere a nuestra existencia material no le hemos dado esencia espiritual.

La humanidad para poseer algo material ha tenido que lacerar, herir, menoscabar, menospreciar y hasta dar muerte al que ha llamado su Semejante. Hay veces que no le ha importado en lo absoluto las consecuencias que se originan por poseer algo de la Vida material y como resultado el dolor se hace presente, hasta parecerle un infierno. Ese infierno que ha sentido el hombre es prueba de lo mal que ha encaminado su libertad. Es prueba de que necesita salir de sus tinieblas y encaminarse nuevamente en la luz que le dicta su Conciencia.

La Ley espiritual se creó para que el hombre tuviese un báculo que le sirviese de apoyo, tener paz, felicidad y certidumbre, tanto en su existencia material como espiritual. Y es ella la que debería regir nuestros actos y obras, para no sufrir las consecuencias que originan el mal proceder de nuestro libre albedrío.

Sufrimos porque nuestro libre albedrío no está unido a la Ley espiritual, pues en verdad, el que la infringe, en ese mismo instante también se hace acreedor a restituir su falta.

Anteponemos el odio, el rencor, los resentimientos a la virtud del perdón en nuestras familias. El mundo se ve envuelto en guerras y sangre, porque no hay amor entre hermanos espirituales. Las epidemias y los elementos de la Naturaleza azotan las naciones, porque no hay armonía de la humanidad con la Creación.

Adolecemos porque nos hemos alejado y tenido como un absurdo y de poco valor la Ley espiritual. ¿Si nosotros respetáramos la Ley divina, y lo pusiésemos como cimiento primordial para conducirnos en nuestra existencia material, sufriríamos? De cierto no.

La Ley dice no robarás, no matarás, no codiciarás lo ajeno, ciertamente y se resume toda la Ley en Amar a Dios sobre todas las cosas y Amarnos los unos a los otros.

¿Acaso nuestro Padre es egoísta por querer ser el primer amor? De cierto no, ya que si hay amor primeramente hacia Él, como consecuencia no haríamos daño alguno a nuestro Semejante, ya que en él también se encuentra nuestro Creador. En amar a Dios sobre todas las cosas no hay egoísmo ni vanidad en Él, sino todo lo opuesto, porque al amarlo, la paz y la felicidad serían una promesa hecha realidad en cada uno de nosotros.

Nuestro Padre sabía que todos nosotros necesitaríamos una prueba palpable para conducirnos en la vida y sólo espero el tiempo preciso para manifestarse y encarnarse Él mismo en Jesús. El amor fue y sigue siendo a través de los tiempos Su enseñanza divina. Si meditamos, nuestro Padre siempre nos dio el medio para ser felices y apartar todo sufrimiento: EL AMOR. Y es por esto, que como humanidad en conjunto no tenemos pretexto ni excusa alguna para reclamar a nuestro Padre, el del por qué sufrimos y derramamos nuestras lágrimas, ya que unos y otros hemos infringido la Ley del amor.

Sufrimos porque nos ha faltado la obediencia de Amar a Dios sobre todas las cosas y el Amarnos los unos a los otros, porque hemos dejado en un segundo término y hasta en un último lugar la Ley espiritual, Ley que fue creada para que al cumplirla tuviésemos un Edén los unos a los otros aquí en la Tierra.

En este Valle para ser felices y abundantes en lo material hay que tener cimientos espirituales. Abundantes sí; una cosa es tener cuanto necesitamos para sentir que nada falta en nuestra mesa y otra cosa es la ambición. Ambición que de las veces habla que nuestro espíritu está cautivo de lo mundano.

Es necesario volver a ser ángeles, nuestra verdadera patria no es este mundo. Más allá de lo terrenal, hay un Reino infinitamente mayor que tenemos como promesa al seguir la Voluntad divina. Un Reino que se puede percibir y sentir desde este Valle, cuando unos y otros andemos con fidelidad con Dios.

Somos iguales a los ángeles, mas hemos descendido por voluntad propia y nuevamente volveremos a ascender por nuestra propia voluntad. La cúspide que contemplo Jacob, nos dice que todos llegaremos a fundirnos con nuestro Creador, y nuestro espíritu no tendrá limites como hoy lo tiene por su carne. Nuestra prisión es semejante al ave en su jaula, su vuelo es limitado, pero que al ser liberado encuentra un mundo entero que tiene por heredad; así nuestro espíritu será semejante en su libertad al emanciparse de su carne, para encontrar ya en su perfeccionamiento espiritual un infinito por heredad en toda la Creación material y espiritual para amar y ser amado.

Este Valle terrenal nos ha servido tan sólo para aprender a amar y liberarnos del dolor cuando nos unifiquemos a la Voluntad divina. Y cuando suceda esto, nuevamente nuestras alas serán puestas como simbolismo de libertad y de unión verdadera con nuestro Creador.

De cierto, en cada uno de nosotros está la llave de la libertad, y esa llave es la obediencia.

Quien sigue la Ley divina se hace libre y por heredad le corresponde el infinito.  Seamos luz y verdad nuevamente.

Reflexión espiritual del Tercer Testamento