La lucha espiritual del hombre

La_lucha_espiritual del hombre

En nuestro espíritu está la potestad para salir avante en las pruebas. No habrá mérito verdadero en nuestro espíritu sin haber vencido sus propias tentaciones, así como las debilidades de su carne.

Cuanto más hemos anhelado acercarnos a lo espiritual, más tentados y probados somos. Es la lucha de nuestro espíritu que refleja la verdadera semejanza con su Dios y la de nuestra carne, criatura hecha del polvo de este mundo. Nuestro espíritu siempre buscará lo verdadero, lo que lo eleva a la Luz divina; la carne buscará lo del mundo, porque a él pertenece.

En esta lucha, existen los méritos que nos son necesarios para llegar al Cielo verdadero del espíritu. No se puede dar un paso hacia la perfección espiritual sin haber vencido lo del mundo.

¿Qué nos ofrece lo del mundo que es un obstáculo en nuestro progreso y elevación espiritual? La avaricia, el hacernos señores y reyes de los demás, la lujuria, la vanidad, las pasiones insanas, lo nocivo. Ya encarnados, ¿cuál es nuestra particular debilidad espiritual, por la cual sucumbimos a lo del mundo? Nuestro Padre sabe con perfección donde adolecemos, en que somos débiles pasionalmente, y en nuestra existencia material vamos encontrando las pruebas que les son necesarias a nuestro ser primordial para triunfar sobre lo del mundo, pruebas que de las veces nos hemos impuesto individualmente y que al vencerlas, nos hacen ascender un paso más en el camino de nuestra propia Espiritualidad.

En verdad, la única lucha o batalla que Dios tiene dispuesto para cada uno Sus hijos es: La lucha del espíritu con la carne. No es que el espíritu deba de humillarla o menospreciarla, no, eso no debe de ser, porque también es criatura hecha con perfección divina; así como tampoco podemos despreciarla, porque ella es también la oportunidad que Dios nos otorga, para que nuestro espíritu pueda habitar en este plano terrenal por medio de un vestido temporal.

Armonizar nuestra parte material con nuestra parte espiritual es y debe ser nuestra meta en este mundo; dando a Dios lo que le pertenece y al mundo lo que le corresponde.

Nuestra carne necesita alimentarse, beber, vestirse, crecer, desarrollarse, multiplicarse, etc…

En cambio nuestro espíritu necesita de la oración, de la elevación, la purificación de sus propias faltas, engrandecer todas sus virtudes y desarrollar sus potencias espirituales, armonizarse con su parte material, poner en práctica todos sus dones; amar, perdonar, asemejarse a la humildad de Cristo, practicar el Ejemplo divino que nos enseñó. De igual forma le es necesario aprender las lecciones que le da este Valle y sus demás hermanos para forjar su ESPIRITUALIDAD; desprenderse de todas las cadenas que lo atan a este mundo; amar y vivir en paz con sus semejantes para sentirse cercas de su Creador, así como tener un conocimiento espiritual amplio que lo acerque más a ejercer la Sabiduría divina.

Cuando la carne usa de su potestad vence al espíritu, porque siendo fuerte el espíritu por sus virtudes, es vencido por la debilidad de los instintos de su propia carne. Si el espíritu utiliza a la carne como instrumento, para que otro hermano nuestro en estado espiritual pueda habitar en este mundo material al unirse la semilla del varón y la tierra fértil de la mujer, y de esta unión se moldea una criatura semejante a las carnes que se unieron, es mandato perfecto del Padre; ya nos lo ha dicho: “Henchid la Tierra y multiplicaos”. Pero si nuestro espíritu es vencido por el instinto de su carne, y el primero solamente quiere en demasía el placer sexual para sólo sentir las sensaciones que su carne le produce, el espíritu buscará como satisfacer aquellas sensaciones y muchas de las veces por caminos inciertos. Es aquí donde nuestro espíritu es vencido por lo del mundo, porque sólo buscará el placer por el placer, satisfacer sus instintos o las sensaciones que le produce tal o cual medio, sin medir las consecuencias que pudiese ocasionarle tanto a su parte material como a su parte espiritual. Es aquí, que hay veces nos es necesario la purificación espiritual, para detener a nuestro espíritu en su caída, y se hace necesario cuando los instintos de la carne han gobernado al espíritu.

En cierto, el placer que sienten nuestras carnes en lo sexual no es pecaminoso, malo o nocivo ya sea que estemos en pareja o individualmente, porque también esas sensaciones que sentimos son obra hecha perfecta del Creador, así lo dispuso para nuestros cuerpos, y Su determinación es perfecta. Sólo debemos preguntarnos, ¿en qué forma o manera buscamos ese placer? Pues únicamente que no sea para perjuicio de nuestro espíritu ni para nuestra parte material, ni tampoco para daño en su parte física, emocional y espiritual de un Semejante nuestro.

¿Habrá algo que nuestro Creador haya hecho para tentar o perder a Sus hijos? No lo hay. La sabiduría de esto es, ¿qué hemos llegado a hacer con nuestra carne con el libre albedrío que se le ha otorgado a nuestro espíritu? Ya que nuestro espíritu debe ser el guía de la carne y no la carne el guía del espíritu. Eso es sabiduría: Dejar que el espíritu guíe a su carne por el camino certero de la Ley y Enseñanza divinas.

Si a nuestra carne lo enviciamos con sustancias no apropiadas para ella, ¿cuál es la consecuencia de ello? Que ella pierda fuerza para que nuestro espíritu pueda cumplir su misión aquí en este plano terrenal.

¿Qué pasa si abusamos del fruto de la vid? El deterioro es en ella; nuestra mente se pierde, y el espíritu deja ser el guía. Por el abuso del vino, damos paso a las palabras hirientes en nuestra familia, como también al maltrato material, emocional y espiritual a nuestros hijos, esposa o esposo, o amigos. Es la consecuencia al perdernos por falta de fuerza de voluntad.

En la Creación no hay nada que se haya hecho para nuestra perdición, la sabiduría de esto, es que: Lo que hagamos en demasía o en abuso ya no es sano, se vuelve nocivo. Son nuestros Semejantes que nos rodean, los que sufren constantemente las consecuencias de nuestra caída espiritual, del vicio y la depravación en la que se sucumbe voluntariamente.

El hombre ha creado diversas sustancias nocivas que envenenan, enferman y destruyen sus carnes poco a poco. El hombre siendo culpable por hacer un uso indebido de lo hecho en la Creación, es más culpable quien los consume, ya que en sí mismo, tiene a favor la potestad de su fuerza de voluntad, para desistir el consumir algo que más tarde le acarreará una gran purificación en su carne, al haber descuidado su vestimenta material.

Es prioridad el preguntarnos a la luz de nuestra Conciencia, ¿qué hacemos con nuestra carne, con el libre albedrío que con Amor divino se otorgó a nuestro espíritu? Pues lo que hagamos con ella nos pertenece a cada uno de nosotros y a nadie más. Las causas son nuestras así como los efectos… si son para bien dichosos seamos; pero si son para mal, valientes hemos de ser al acercarse nuestra purificación.

Armonicemos nuestra parte material con la espiritual; dando oportunidad a que el espíritu sea el guía de nuestra carne, y no que la carne llegue a corromper al espíritu.

En verdad, NO DEBEMOS ABORRECER A NUESTRA CARNE, NI LLEGARLA A MALDECIR, ESO NO DEBE DE SER JAMÁS, puesto que de esa forma no honramos nuestro espíritu, ni a Quién nos dio la oportunidad de encarnar. Dios es Perfecto y con perfección da a Sus hijos. Si otorgó la carne para nuestro espíritu es sabiduría divina y perfecta ella es, para que él pueda elevarse de este mundo al haber conseguido la armonía con su parte material, amando encarnado a sus demás hermanos. Ese es el secreto: El Amor de los unos a los otros.

En el amor que demostramos a nuestro Padre encontraremos todas las respuestas a nuestras interrogantes. Pues si decimos amarle, tengamos en cuenta que lo que hagamos a un hijo Suyo, también se lo hacemos a Él. Mas si somos vacilantes en el amor que le profesamos, pues en verdad, Él nos ha amado con la misma intensidad y limpidez desde que nacimos de su Seno divino. Si le herimos Él nos bendice, o acaso, ¿el Sol ha dejado de alumbrar, de dar calor a alguno? En su Amor divino que tiene para cada uno, Él nos seguirá bendiciendo hasta la eternidad, seamos reacios o nobles. No hay ninguno en la Tierra, en el espacio o en Valle espiritual que Él haya dejado de amar; pues también es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que Su amor divino cambiase. Así es Él, no hay átomo de odio, rencor o venganza en su Divino Espíritu.

Es en nosotros Sus hijos donde debe de nacer el amor verdadero hacia su Divinidad, hacia nosotros mismos y nuestros Semejantes, ¿y cómo surge ese amor verdadero? Llevando a la practica la Ley divina, y que dice la Ley: “Amar a Dios en Sus propios hijos”. Pues también se nos ha dicho con amor: “No hagáis lo que no quisieras que te hicieran a ti”.

También es cierto, que en el Amor divino está el Juez Divino, ese juicio, el dejar que cada uno de Sus hijos recoja la cosecha de su siembra, o que es lo mismo, que cada uno saboreé el fruto de sus actos; pues todo lo que hagamos en nuestra existencia material o espiritual tiene sus efectos, ya sean para dicha o aflicción nuestra. Deuda que hagamos, deuda que tendremos que saldar: Eso es Justicia divina.

En Su justicia divina cada quien recoge y saborea el fruto amargo o dulce de sus propios actos, sean ya hechos en palabras, obras o pensamientos. Toda deuda nuestra tiene que ser saldada; pues no se llega a la perfección espiritual sin haber limpiado nuestros diversos caminos. Menos faltas que hagamos, menos amarguras en nuestra eternidad; más faltas a la Ley divina, más méritos nos son necesarios ya sean por el sendero del amor o del dolor, hasta recuperar nuestra luz original, y al recobrarla poder sentir nuevamente la paz verdadera en nuestros espíritus.

De cierto tenemos la eternidad, más la pregunta sería, ¿cómo queremos avanzar en nuestra propia eternidad? La elección es nuestra, con luz o con tinieblas. Cada uno de nosotros elige el camino por el que se quiere transitar; pues también es verdad, que nadie carga con las faltas ajenas, sino siempre son las propias.

Dios es Amor, y ese Amor lo tenemos por heredad divina. Él no quitará nunca de algún hijo suyo el libre albedrío. La libertad es nuestro mayor privilegio. Él no quiere maquinas, quiere hijos obedientes que por sí mismos reconozcan que su Ley divina es el Camino, y por el cumplimiento que hagamos de ella, nos lleve por promesa suya a la paz y felicidad verdaderas.

El Camino es el AMOR, así lo ha dicho y lo seguirá declarando por siempre en su Ley divina. He aquí la respuesta a la confusión y por esa confusión el vacío que hemos llegado a sentir: “AMA A TU SEMEJANTE, TAL COMO DIOS AMA A TU HERMANO”. Aquí nos es muy útil meditar y preguntarnos: “¿Cómo ama y obra con Sus hijos?” En las respuestas que hallemos a esta interrogante encontraremos el mejoramiento de nuestra existencia de los unos a los otros, ya que nuestra principal potencia espiritual, es el del amor, potencia divina con que hemos sido dotados todos por igual.

¿Cómo perdonarnos a nosotros mismos? Amando a nuestro Semejante. Reflexionando y considerando todas las formas en que fuese posible entregarles la virtud de nuestro amor, y de esa forma el perdón lo llegaremos a sentir como una caricia que viene de Aquél que nos formó, y la paz anhelada volverá a nuestros espíritus.

Esto también es sabiduría: Dejar que el amor y no el dolor sea el que nos purifique.

Si nuestro espíritu cae por la debilidad de su carne, levantémonos, usando la potestad que él tiene, ya que el espíritu es quien refleja la verdadera semejanza con su Dios. Los caminos de la carne son diversos, y para obrar bien en beneficio del espíritu, debemos obrar, pensar y hablar a nuestros Semejantes tal como lo quisiéramos con nosotros mismos. Siempre en el Amor de los unos a los otros hallaremos las respuestas.

Reflexión espiritual del Tercer Testamento