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La humildad

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El único que conoce nuestro verdadero ser es Quien nos dio vida y eternidad. Quien puede adentrarse hasta el fondo de nuestro corazón y conocer con certeza la veracidad del espíritu en su virtud.

Ante los ojos de los demás pasan imperceptibles nuestras virtudes espirituales, y muchas veces no interesan. Hay ocasiones que los hombres son engañados ante la belleza exterior, y sin embargo, a quien admiran por su encanto, interiormente guarda el sepulcro. Hay quienes se maravillan por aquellos que tienen un florido verbo, ese encanto les hace pensar que lo que expresan exteriormente a similitud lo tienen interiormente,… pero se olvidan que en esa elocuencia, su corazón está en el vacío.

Hay quienes no tienen un florido verbo ni el encanto exterior, pero sí poseen la virtud de Dios en su interior. Conocen el lenguaje del espíritu, ese lenguaje que abre de par en par el Arcano divino. Para ellos son los secretos de los cielos;… para ellos son las grandes aureolas, que son como coronas que no van ceñidas en la frente, sino en el mismo arcano que cada espíritu posee por Cielo y Gloria. Allí humildemente permanecen esas coronas, que sólo pueden ser contempladas en la luz del espíritu. Ningún soberbio puede poseer los secretos de los Cielos. Mas como lo dice el Maestro, cuando el soberbio se torne humilde, Él será quien engalane aquel espíritu con los grandes tesoros espirituales.

El humilde pasa desapercibido ante los ojos humanos, incluso parecer que no guarda virtud alguna. Y sin embargo, ese espíritu elevado desde el interior de su templo espiritual, por su elevación a cada instante si lo desea tiene por dicha, la llave que abre el arcano de Dios.

¿Quiénes vestirán como una túnica blanca y resplandeciente la virtud? Todos. Así cada quien abrirán los cielos conforme su anhelo de conquistarlos. Pues nadie puede perder la luz de la virtud con que fue engalanado cada espíritu al nacer del Espíritu Divino. Podrá quedar oculta o empañada, pero no perderse. Ya que sólo basta un instante de voluntad, para volverla hacerla brillar, acrecentarla cada vez más y entregarle su pureza original, conforme pasa la gran eternidad en los hijos de Dios.