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La semilla del bien y del mal

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Ningún espíritu puede decir que a algunos se les dio más que otros, o que nuestro Padre tiene preferidos,… así como no permitió que algunos se manchasen con el pecado, y a otros sí. Desde el más pequeño al más grande espíritu, todos han tenido en su ser semejanza con Quién les dio vida y eternidad. Mientras unos han amado la luz desde el principio, otros han preferido encauzar sus atributos espirituales en otro camino distinto al de la luz.
Quienes han encauzado su existencia en la luz, nada deben, nada temen consigo mismos. Pues no es a Dios a quien debemos, sino a nosotros mismos,… somos la siembra y la cosecha, y el fruto lo hemos degustar. Amargo o dulce así se presenta a nuestro espíritu, conforme es llegado la hora de recoger lo sembrado.
Hay ocasiones en que no comprendemos el porqué de una existencia tortuosa, donde pareciera que la aflicción nos persigue sin descanso. Y es que la semilla que se siembra espiritualmente, tiene el poder de multiplicarse. Así la semilla del mal tiene el poder de convertirse en árbol, y ese árbol dar fruto al uno por cien. A semejanza acontece también con la semilla del bien, tiene el poder de convertirse en árbol y dar fruto al uno por cien. Así consideremos y reflexionemos qué semilla vamos sembrando en nuestra eternidad, el de la luz o el de la oscuridad,… pues ella tiene el poder de multiplicarse una y otra vez.
No es Dios el que sega la siembra, somos nosotros mismos. Por ello a Dios nada debemos culpar. No es Él, el que llena de infortunio nuestra existencia,… mas bien nos dice, nos enseña, nos persuade pacientemente el cómo debemos cortar de raíz el árbol del mal: con la práctica de la virtud.
Nunca sea el arrepentimiento en nuestro ser por sembrar luz, por practicar la caridad, por manifestar la virtud en nuestra existencia, por dar bien. Todo esto es la forma en que estamos cortando nuestro propio árbol del mal, multiplicado al ciento por uno. Puede que no lo hayamos sembrado en la existencia presente, pero sí en otra, y hoy en nuestros días ese árbol nos sigue dando sombra. Es necesario cortarlo de raíz, y el Padre nos ha dicho el cómo hacerlo.
A nuestro Padre nada debemos,… es nuestro árbol, es nuestro fruto. Pues así como el árbol del mal nos da sombra, llegará el tiempo en que por la práctica de la luz, otro árbol nos de sombra, el del bien. Entonces comeremos de sus frutos, de sabores distintos y exquisitos, y la eternidad por fin será delicia y descanso bajo la sombra de ese árbol, que cada quien tendrá por dicha el verlo multiplicarse una y otra vez.