¿Qué es la Conciencia?
¿Qué es la Conciencia?
El ser humano está formado de espíritu, conciencia y materia, y es la conciencia mi propia voz, por eso es menester que el hombre sepa que me lleva en sí, que en su espíritu y en la luz de su conciencia tiene la presencia pura de lo divino.
Debéis comprender que no existe ni ha existido un ser humano en quien no haya estado un espíritu animándole, ni ha existido jamás un espíritu que careciese de conciencia.
Es la conciencia la expresión más pura y elevada del espíritu. Es la conciencia, que le hace ser entre todas las criaturas que le rodean, la primera, la más grande y la más noble. Ella es la que eleva al espíritu a una vida superior por sobre la materia y sus pasiones.
Libertad para actuar, o sea, el libre albedrío, y la luz de la conciencia para distinguir el bien del mal, son dos de los mayores dones con que mi amor de Padre heredó a vuestro espíritu. ¿Cómo se puede saber lo que es bueno y lo que es malo? Yo soy la justicia divina y como tal me manifiesto en cada uno de vosotros por medio de la conciencia. Por ella podéis saber si el camino en el que transitáis es lícito o lo habéis equivocado.
Que diferente será la conducta de los que habiendo rechazado de su corazón toda buena simiente, han consagrado su ser a una vida egoísta, a una vida materialista y perversa, cuando han llegado a mirar hacia su interior, cuando han tenido un instante de comunicación con la conciencia, se han contemplado en aquel espejo que nunca se empaña, que nunca miente y se han horrorizado del monstruo que en sí llevan y al cual no pueden reconocer como obra de ellos mismos.
Si por un instante escuchasen la voz de la conciencia y de la razón, ella los derribaría de su pedestal, mas al perverso no le agrada conocerse tal cual es, y cuando por un instante contempla al hombre miserable que lleva dentro, prefiere dirigir su pensamiento a otro punto, no le agrada contemplar y valorizar sus errores. La conciencia nunca se equivoca, porque es mi propia voz, es luz de mi Espíritu Divino, ella es como un espejo en el cual se contempla vuestro espíritu.
El mundo es valle de expiación en el que así como se peca, también se purifica; de cierto os digo que el Más Allá es diferente a lo que en la Tierra conocéis, porque el que llega a él envuelto en pecado e impurezas tiene que sufrir dolores infinitamente más grandes que aquellos que sufrió como humano; porque ya en espíritu, la conciencia se hace oír con más claridad por el espíritu, el cual al encontrarse ante tanta pureza quisiera desaparecer o por lo menos volver al mundo material que dejó, donde según él, no se notaban sus múltiples imperfecciones.
¡Cuán decisiva será en ese instante la voz de vuestra conciencia!, porque nadie podrá callar la voz de ese juez que vive unido indisolublemente a vuestro espíritu. Analizaréis todos los actos de vuestra vida y ninguno se sentirá juzgado con exceso de rigor o sobra de benevolencia.
Y aquel instante puede ser el de la suprema felicidad para el espíritu, o también de mucho dolor, al comprobar sus faltas y ver sus manchas, que le harán desear una nueva materia, como una oportunidad para empezar el camino.
¡Cuán dichoso se sentirá vuestro espíritu en el Más Allá si su conciencia le dice que en la Tierra sembró la semilla del amor! Todo el pasado se hará presente delante de vuestros ojos y cada miraje de lo que fueron vuestras obras, os dará un gozo infinito.
Cuando comprendáis que en la conciencia está vuestro verdadero valor, viviréis en armonía con todo lo creado por vuestro Padre. Entonces, la conciencia embellecerá la pobre vida humana, pero antes será necesario que el hombre se aleje de todas las insanas pasiones, para seguir el sendero de la justicia y la sabiduría.
Al hombre le falta saber mirarse en su interior, examinar sus actos y sus pensamientos. ¿Nada os reclama esa voz interior? ¿Sentís verdadera paz, o vivís engañados con un falso razonamiento? ¡Ah, hombres de la Tierra, hasta cuándo escucharéis el mensaje de esa voz interior de la conciencia que a cada paso se levanta para reprochar vuestros actos indignos!
Cuando el espíritu sienta que está frente a la conciencia, que le reclama sus errores, ése ser se siente sin fuerzas para escucharse a sí mismo, quisiera no haber existido nunca, porque ante sí, en un instante, pasa delante de su mente toda su vida, y de la cual ha llegado por fin a rendir cuentas.
Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia. (Samos 16:7)