De la Navidad
De la Navidad
Humanidad: en estos días en que conmemoráis el nacimiento de Jesús, es cuando dejáis llegar la paz a vuestro corazón y cuando parecéis una familia unida y feliz. Sé que no todos los corazones sienten una alegría sincera al recordar mi llegada al mundo en aquel tiempo, muy pocos son los que se entregan a la meditación y al recogimiento, dejando que la alegría sea interior y que la fiesta de recordación sea en el espíritu.
Hoy, como en todos los tiempos, los hombres han hecho de las conmemoraciones, fiestas profanas y pretextos para buscar placeres de los sentidos, muy alejados de lo que deben ser los goces del espíritu. Si los hombres tomasen este día para consagrarlo al espíritu, meditando en el amor divino, del que fue prueba absoluta el hecho de hacerme hombre para vivir con vosotros, de cierto os digo que vuestra fe, brillaría en lo más alto de vuestro ser, y sería la estrella que os señalara el camino que conduce a Mí, vuestro espíritu quedaría de tal manera saturado de bondad, que a vuestro paso iríais desbordando caridad, consuelo y ternura en los necesitados.
Os sentiríais más hermanos, perdonaríais de corazón a vuestros ofensores; os sentiríais embargados de ternura ante la vista de los desheredados, de esos niños sin padres, sin techo y sin amor. Pensaríais en los pueblos sin paz, donde la guerra ha destruido todo lo bueno, lo noble y sagrado de la vida humana. Entonces, la oración brotaría límpida hacia Mí, para decirme: “Señor, ¿qué derecho tenemos a la paz, mientras hay tantos hermanos nuestros que padecen intensamente?”
Mi contestación hacia vosotros, es esta: Ya que habéis sentido el dolor de vuestros hermanos y habéis orado y habéis tenido caridad, reuníos en vuestro hogar, sentaos a vuestra mesa y gozad esa hora bendita, porque Yo estaré allí presente, no temáis estar contentos si sabéis que en ese instante hay muchos que sufren, pues de cierto os digo, que si vuestra alegría es sana, de ella se desprenderá un hálito de paz y de esperanza, que irá flotando como nubecilla de amor sobre los necesitados.
Ninguno piense que vengo a borrar de vuestro corazón la fiesta más pura que celebráis en el año, cuando conmemoráis la Natividad de Jesús. Sólo vengo a enseñaros a dar al mundo lo del mundo y al espíritu lo del espíritu, porque si tantas fiestas tenéis para celebrar hechos humanos, ¿por qué no le dejáis esta fiesta al espíritu, para que él, convertido en niño, se acerque a ofrecerme su presente de amor, para que adquiera la sencillez de los pastores para adorarme y la humildad de los sabios para inclinar su cerviz y presentar su ciencia ante el dueño de la sabiduría verdadera?
No vengo a contener la alegría que en estos días envuelve la vida de los hombres. No es tan sólo la fuerza de una tradición, es que mi caridad os toca, mi luz os ilumina, mi amor como un manto, os cubre. Entonces sentís el corazón lleno de esperanza, de alegría, de ternura, de necesidad de dar algo, de vivir y amar, sólo que esos sentimientos y esas inspiraciones no siempre los dejáis expresar con su verdadera elevación y pureza. Porque aquella alegría la desbordáis en placeres del mundo, sin dejar que el espíritu, que fue por quien vino el Redentor al mundo, viva ese instante, penetre en esa luz, se purifique y se salve, porque aquel divino amor, que se hizo hombre, está presente eternamente en el camino de cada ser humano, para que en él encuentre la vida.
¡Alegraos, oh humanidad, al menos por esa noche, ya que no sabéis retener por siempre esa paz! Alegraos con sana alegría del corazón. Que es ternura y retorno a la bondad. Aquella noche marcó el momento en que nació el hombre en quien vino a encarnarse el Verbo, pero mi Espíritu estuvo tan cerca de los hombres, como lo estuvo antes y como lo está ahora. Noche Buena llamáis a esa noche, los que recordáis cuando Jesús llegó al mundo. Bajo el influjo de ese recuerdo, los seres se acercan, se evoca al ausente, se perdonan las ofensas, se reunen las familias, se visitan los amigos y se inunda de paz el corazón.
Quiero que la humanidad sienta mi presencia espiritual, deseo que la niñez se regocije en Mí, que la juventud se detenga un instante a recordar al que se hizo hombre por amor a la humanidad y que los ancianos que recuerdan los días felices de su niñez, sientan en su espíritu mi paz. Quiero estar con vosotros, tan cerca de vuestro corazón, que sintáis verdaderamente mi presencia. Quiero que vosotros y Yo seamos uno en la armonía y ternura de esta noche; que tengáis presente que Yo soy vuestra luz primera, la promesa divina, el Maestro incansable que trabaja para hacer de vosotros espíritus perfectos, dignos de Dios.
Quiero estar con vosotros, aunque sea una hora tan solo, pero de tal manera que os sea imposible separaros de Mí; mirad que vengo a llenaros de ternura, de esperanza y de bálsamo, y quiero que recordéis que en una noche como ésta vine al mundo, para enseñaros con mi vida y ejemplos el camino que conduce al Reino de los Cielos. Acercaos a Mí, para que recibáis en vuestro corazón la esencia de esta palabra, y vuestra oración, que en silencio se escapa de vuestro corazón, se una a todos los cantos de los cielos y de la Tierra en esta hora solemne.
No hay uno de vosotros, por duro que sea vuestro corazón, que en estos instantes no se dulcifique; mas os digo también que, para poder pensar en los demás, es menester olvidarse de sí mismo; entonces sí, ellos, vosotros y Yo, seremos uno en esta hora de comunión espiritual.
Sabed que Yo soy vuestro y vosotros míos. Recordad que os probé mi amor viniendo a vivir entre vosotros, naciendo en la pobreza, luchando entre abrojos y muriendo en la ignominia. De Mí no podéis decir que no os comprendo, porque no sólo he visto vuestros dolores sino que los he vivido.
Pensad que los verdaderos necesitados representan a Jesús, que Él viene en cada uno de ellos para deciros: “Sed tengo”, sed de que os améis los unos a los otros. ¿Será posible que el corazón de los hombres no se conmueva ante los grandes cuadros de dolor y de miseria que presenta esta humanidad? Sí, sí es posible; Yo veo a los que no padecen miseria, acariciar con su mirada las riquezas que poseen, con más cariño que a los seres, hijos de Dios. Me habéis acompañado en estos breves momentos a visitar a los necesitados, por ello, benditos seáis; no creáis que me olvido de los ricos y de los poderosos, porque aunque en apariencia no me necesitan, Yo soy quien mejor sabe su miseria y sus amarguras, y quien mejor conoce sus desgracias; pero hoy creen tenerlo todo; entonces, ¿para qué acudir a Mí si soy, según ellos, el Cristo de los enfermos, de los parias, de los tristes? No saben que mi misión es salvarlos del falso esplendor para darles la verdadera y eterna felicidad.
Esta es la conmemoración más tierna de cuantas hacéis de vuestro Maestro; el corazón de los niños rebosa de júbilo y el de los mayores se inunda de paz y de esperanza en el Salvador. Vosotros, los que tenéis la gracia de escuchar esta palabra, sois de los pocos que conmemoráis esta fiesta sin ritos, celebrándola en lo más puro del corazón. Así no podréis caer en profanación. Es que a vuestro entendimiento ha llegado la comprensión de que la mejor conmemoración, la más agradable ante el Señor, es la que hacéis cuando aplicáis a vuestra vida los ejemplos del Maestro, cuando vivís su Doctrina.
Quiero que todos sientan mi presencia. Si al menos en estos días de recordación los hombres supieran sensibilizar y espiritualizar su corazón, podrían encontrarme en cualquier sitio, en el camino de cada criatura, en los hogares, en los lugares donde hay dolor, pero aún debo esperar, no todos saben sentirme en su corazón; sin embargo, dejo en el sendero de cada uno de mis hijos un presente de amor. En este día en que los hombres conmemoran aquel amanecer en que el Mesías niño iniciaba su jornada sobre la Tierra, quiero que toda la humanidad sienta mi presencia espiritual. Quiero que la niñez se regocije en Mí, que la juventud se detenga un instante a recordar Al que se hizo hombre por amor para salvaros, y los ancianos que derraman sus lágrimas meditando en estas enseñanzas y rememorando los días felices de su niñez, sientan en su corazón mi paz.
Alegrías y tristezas tendrán que mezclarse recordando el maternal regazo que os meciera, el amor y las caricias de vuestros padres, la dichosa, pero fugaz infancia y luego todo lo que habéis ido perdiendo en el mundo: padres, niñez, alegrías, inocencia. Tendréis que recordar cómo se han enfriado muchos corazones para amarme y amar en el mundo a los suyos. Me decís: Es la noche en que recordamos cada año aquella en que llegasteis a nuestro mundo para traernos un mensaje de amor, y Yo os respondo, que aquella hora marcó el momento en que nació el hombre en quien vino a encarnarse el Verbo, pero que mi Espíritu tan cerca estuvo entonces de los hombres, como lo estuvo antes y como está ahora.
Pero mientras no llevéis una vida diaria apegada en todo a la ley, a la verdad y al amor de los unos hacia los otros, al menos procurad estar unidos espiritualmente en esta noche de recordación. Buscadme todos, venid todos a Mí, pero venid mansos y humildes, esperándolo todo de la caridad de vuestro Señor. Nadie venga con grandeza o vanidad, porque os digo que os prefiero menesterosos y pecadores, pero humildes, tratando de lavar vuestras manchas en las aguas cristalinas de mi perdón.
¡Ah, si pudieseis venir Conmigo en espíritu y contemplar desde aquí toda la miseria de la humanidad! Si los poderosos, los ricos y los que viven rodeados de comodidades quisiesen estar Conmigo esta noche, Yo les llevaría en espíritu a los lugares de dolor y de pobreza que ellos no quieren ver. Entonces les diría: Dejad por un momento vuestra fiesta y recorramos juntos los sitios donde viven vuestros hermanos los pobres, veamos cómo viven ellos esta noche bendita de tristezas para unos y de festines para otros. No temáis, les diría, que sólo unos instantes os pido, y luego podréis retornar a vuestro festín y a vuestra alegría; entonces les llevaría de sitio en sitio y les mostraría a una madre anciana, que en la soledad de su mísera alcoba llora la pérdida de sus hijos, que eran su esperanza, los cuales le fueron arrebatados por la guerra.
Esa mujer vive sólo de recuerdos y de oraciones; mientras hay muchos que llegan a embriagarse de placer, ella apura su cáliz de amargura. Su espíritu sólo espera la hora de dejar este mundo y penetrar en la eternidad, porque su esperanza en los hombres hace tiempo que ha muerto. Después les mostraría a la niñez, vagando entre la humanidad que no respeta la vida de su semejante, no ama ni comprende al necesitado.
Yo haría que esos hombres escuchasen las interrogaciones tan profundas de los niños, que en su inocencia humana se preguntan el por qué de tanta injusticia, de tanto odio, egoísmo, y crueldad. Luego les llevaría hasta aquellos lugares, donde se ahogan los ayes y lamentos del enfermo, del que ha visto doblarse su cuerpo, como se quiebra una rama cuando azota el huracán; son los enfermos, los vencidos, los olvidados. Más tarde haría que las puertas de las cárceles nos dieran paso, para que contemplaran los millares de seres que han caído en las tinieblas del cautiverio por falta de amor, de caridad, de luz, de justicia, de paz. Y así, de sitio en sitio, les presentaría en un solo cuadro toda la miseria y el dolor que han producido las ambiciones, la codicia, el odio, el materialismo y la sed insaciable de poder de los envanecidos que creyéndose poderosos, no lo son, ni dejan poseer a nadie lo que a cada quién en justicia le corresponde.
Pero no les llamo, porque sé que, aunque en su conciencia se escucha mi voz, se hacen sordos a ella. Mas vos, que me estáis escuchando, que sabéis de privaciones, de soledad, de frío y de orfandad también, y que por lo tanto vibráis junto con esa humanidad que llora su hambre y sed de justicia, venid a Mí, y juntos visitemos en espíritu a los enfermos, a los tristes, a todos los pobres y olvidados del mundo. Venid, para que veáis cómo extiendo mi manto y lo uno al vuestro para cubrir amorosamente a toda la humanidad; venid para que escuchéis mi voz espiritual diciendo a los que lloran: No lloréis más, no estéis tristes, despertad a la fe y a la esperanza que son luz en el sendero de la vida; de cierto os digo que si volvéis a orar y a velar con fe verdadera, estos días de dolor para la humanidad serán acortados.
Sí, desde ahí, desde el asiento donde reposáis para escucharme, podéis dejar que vuestro espíritu se acerque a mi morada, para que contemple, comprenda y sienta mejor la tragedia de los hombres, de sus hermanos. ¿Veis aquellas muchedumbres, que llenas de animación se encuentran? Son soldados que han dado breve tregua a su combate para ofrendarme unos minutos de oración y de recuerdo; pero su alegría y animación son ficticios, comen y beben para calmar sus penas, mas en su corazón hay un gran dolor.
Sufren, sufren mucho y sobre todo en esta noche que es para ellos de tortura; cada recuerdo es una espina, cada nombre o cada rostro que evocan es una herida.
Mientras vosotros tenéis paz a pesar de vuestras pobrezas, mientras vosotros podéis ver a vuestros padres, hijos y esposas, ellos tienen que resistir la amargura de no poderles estrechar y la angustia de pensar que tal vez no volverán a mirarlos. Muchos, muchos de ellos sufren segando vidas, destruyendo hogares y ciudades, sembrando dolor luto y lágrimas, y entonces creen haber perdido todo derecho a volver al hogar, a la paz, al seno de los suyos. Yo sé que muchos de ellos no son culpables, no llevan odio ni perversidad en el corazón; sé que son víctimas, son esclavos e instrumentos de los verdaderos malvados. Sólo Yo puedo rescatarlos, sólo mi amor puede cubrirles, están solos en el mundo.
Vos, que no podéis imaginar lo que esa prueba significa, pero que hoy por mi palabra habéis sido tocados en vuestras fibras más sensibles, enviadles vuestros pensamientos llenos de caridad y de luz; porque en verdad os digo, que ellos, sin saber por qué, se sentirán fortalecidos y alentados a orar y a esperar que al fin la guerra fratricida cese y en vez del ronco estruendo del combate, sus oídos vuelvan a escuchar aquellas dulces frases que dicen: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Orad, y con ello haced que el mundo espere la luz de un nuevo día; que los hombres recuerden mi promesa, aquella que habla de tiempos mejores, de espiritualidad y bienandanza.
También a vosotros os digo: Vamos ahora al corazón de los niños y busquemos a aquéllos a quienes todo les falta. Miradles, duermen, en su sueño no hay reproches para nadie, aunque su lecho es muy duro. La mesa hoy no tuvo pan, sin embargo, descansan confiados en el nuevo día. Visten harapos, mas no sienten vergüenza, porque son inocentes y sonríen aunque a sus cuerpos les falte calor. Son ángeles en la Tierra, porque en sus sonrisas sin maldad reflejan algo de la pureza de los cielos. ¡Oh, inocencia! ¡Cubridles con vuestro fino manto porque de ellos es el reino de los cielos!. Llamáis todos Noche Buena a esta noche, y Yo derramo una lluvia de bendiciones sobre todos.
Llega hasta Mí el gozo espiritual con que recordáis en estos días la noche bendita en que el Verbo se hizo hombre para habitar entre vosotros. Mas Yo os pregunto, humanidad: ¿Creéis que sólo esta noche sea digna de llamarse Buena? ¿No podéis con un poco de amor, hacer buenas todas las noches y los días de vuestra existencia, con el fin de que vieseis que toda la vida, sin excepción de un instante es buena?