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La familia, un tesoro divino

¡La familia, un tesoro divino!

He instituido desde el principio de los tiempos el hogar, formado por el varón y la mujer, y en él he derramado sabiduría y amor. He puesto sobre ambos una cruz, un destino perfecto. Las bases de ese hogar son el amor, la comprensión mutua. Y esa institución bendita no es mi voluntad que se desconozca o se profane, a pesar de las tempestades que azotan y amenazan por doquier.

Yo bendigo a todos aquellos que saben encontrar en el calor de su hogar los mejores goces de su existencia, procurando con su cariño de padres a hijos, de hijos para con sus padres, y de hermanos con hermanos formar un culto, porque en su unión y paz se asemejan a la armonía que existe entre el Padre Universal y su familia espiritual.

¡Cuán liviana sería la cruz y llevadera la existencia si todos los padres y los hijos se amasen! Las pruebas más grandes serían atenuadas por el cariño y la comprensión; su conformidad ante la voluntad divina la verían recompensada con la paz.

Haced de vuestro hogar un segundo templo, de vuestros afectos un segundo culto. Si queréis amarme, amad a vuestra esposa y amad a vuestros hijos, porque también de ese templo brotarán grandes obras, pensamientos y ejemplos.

Procurad que vuestro hogar tenga algo de templo, que sea un pequeño reino, un oasis en el desierto árido y hostil de vuestra vida.

Quiero que forméis hogares creyentes del Dios único, hogares que sean templos en donde se practique el amor, la paciencia y la abnegación. En ellos debéis ser maestros de los niños, a quienes debéis rodear de ternura y comprensión.

Enaltezco al varón y el lugar de la mujer, santifico el matrimonio y bendigo la familia.

En el hombre está la fuerza y debe éste usar siempre la comprensión. En la mujer, preparada con ternura y sensibilidad, anida el amor y el sacrificio, y así, ambos se complementan. De esa unión, de esa comunión de espíritus y cuerpos, brota la vida como un río inagotable. De esa semilla y de esa tierra fecunda, surge la simiente que no tiene fin.

A los padres de familia

Yo digo a los padres de familia que así como se preocupan por el futuro material de sus hijos, lo hagan también por su futuro espiritual.

Contemplo a los niños sin alegría, sin paz, llenando del saber material su entendimiento, sin haber aprendido nada de las leyes y virtudes espirituales.

Padres de familia, evitad errores y malos ejemplos; no os exijo perfección, solamente amor y caridad para con vuestros hijos.

Os recomiendo a los niños y os encargo que les conduzcáis por el camino certero. Congregadlos, habladles de Mí con amor y con ternura.

Velad por todos los niños a quienes pueda vuestro corazón brindar un latido de amor.

Enseñad a la niñez a orar por la humanidad, su oración inocente y pura como el perfume de las flores, se elevará hasta Mí y llegará también a los corazones que sufren.

Formad en el corazón de vuestros hijos un santuario de espiritualidad.

Cultivad el corazón de la niñez bendita para que desde su tierna infancia se amen los unos a los otros y sepan reconocer el camino del amor y de la justicia.

Vuestra ternura y vuestra inteligencia para conducirles, vuestra sabiduría para guiarles y corregirles, vuestro amor para dulcificar sus pasiones, serán el cincel que pulimente y dé forma a la parte moral y espiritual de esas generaciones.

Dad mi enseñanza a los niños, simplificándola y poniéndola al alcance de su mente, pero nunca olvidéis que la mejor forma de explicar mis lecciones, es a través de la virtud y ejemplos de vuestra vida, en la que ellos verán vuestras obras de caridad y de paciencia. Vuestra humildad y espiritualidad, será la mejor forma de doctrinar.

Haced que vuestros hijos reconozcan las consecuencias del bien y del mal.

Reclamo divino a familias

Amaos y vivid en paz en vuestro hogar, porque Yo he contemplado que de cinco que forman una familia, dos están contra tres y tres contra dos. Los hermanos, llevando una misma sangre, se sienten distantes, no se aman, ni se comprenden.

Contemplad el dolor por doquier, la niñez abandonada, la juventud penetrando en el fango, la infidelidad en los esposos. Es que los hombres han perdido la semilla de amor, que sin saberlo, llevan en lo más puro de su corazón, tan dentro que ellos mismos no alcanzan a descubrir.

Por eso he venido a dignificar la familia y el hogar, porque hace tiempo que habéis roto esa bendita armonía.

Niñez bendita

Dedico algunas de mis palabras a la niñez, a la cual exhorto para que se fortalezca en la virtud y huya de la corriente de maldad que ha arrastrado a tantos corazones al precipicio.

A los pequeños que me escuchan les digo: no vayáis a dejaros llevar por los malos ejemplos de vuestros mayores, no os apartéis del camino de sumisión, obediencia y buenos sentimientos. No os dejéis contaminar, huid de la influencia del mal. Confiad en Mí y dejad que mi luz os guíe, iluminando el sendero de vuestra evolución.

Niñez bendita, conozco vuestra oración y entiendo vuestro lenguaje; no os toman en cuenta porque os juzgan pequeños y débiles, sufriendo el espíritu que en vos se oculta.

A la juventud

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento. (Eclesiastés 12:1)

Mientras el hombre es niño aun, ora y piensa en Dios; lo mismo hace cuando ha traspuesto la cumbre de la montaña de su vida y comienza a hundirse como el sol en el ocaso. Pero cuando su corazón es como una ave, que está ansiosa de volar y su carne vibra al contacto de las tentaciones del mundo y se siente fuerte, entonces se aleja de las lecciones divinas.

Huid de los vicios para que vuestra sangre sea semilla fértil y los frutos del mañana sean agradables.

Doncellas, sólo Yo os comprendo; vuestro corazón se ha abierto a la vida como la corola de las flores; soñáis con el amor, con la ternura, con la dicha y os digo: No soñéis más, despertad que mucho tenéis que prepararos para que cumpláis con la sublime misión que os espera.

Apartaos de tantas tentaciones que acechan vuestro paso. Orad por las ciudades pecadoras, donde tantas mujeres se pierden, donde tantos santuarios se profanan y donde tantas lámparas se apagan.

Especialmente le hablo a las doncellas, las que mañana habrán de iluminar con su presencia la vida de un nuevo hogar; que sepan que el corazón de la esposa y el de la madre, son lámparas que iluminan ese santuario, así como el espíritu es quien ilumina el templo interior.

Desde ahora disponeos para que vuestra vida nueva no os sorprenda; desde ahora id preparando la senda por la que habrán de caminar vuestros hijos.

No está el hombre ligado a sus padres, porque para cumplir este destino, se aleja de ellos y queda en la senda de la lucha. Sus hijos también, cuando es llegado el tiempo de ir en busca de su destino, se alejarán y abandonarán el hogar paterno, y sólo quedará cerca del corazón del hombre, la compañera de su vida, la mujer que eligió, la que ha compartido sus alegrías y sufrimientos, y cuya unión sólo la muerte puede separar.

A todos os digo: Velad por las rosas y los lirios que son el corazón de la juventud y de los niños y mañana os deleitaréis con el florecimiento de su virtud. Para ellos, tened comprensión y sabed ayudarlos, para que salgan adelante en la difícil jornada de la vida.

Ha mucho tiempo que se os dijo: “Honrad a vuestro padre y a vuestra madre”; y la mejor forma de honrarlos es llevando una vida recta y virtuosa. Honrad con vuestra vida a quienes por mi voluntad os dieron la existencia, y mañana vuestros hijos os honrarán.

Si sois hijos, entended y estimad la bondad de vuestros padres. Si sois padres, sabed comprended a vuestros hijos. Si sois esposos conoceos y amaos el uno al otro; mas si aun no lo sois y esperáis a quien se una a vuestro destino, preparaos para recibirle, para comprenderle.

Os hablo de los ancianos, de aquellos que ha tiempo dejaron la primavera de la vida y ahora sienten el frío del invierno. Con la vejez va faltándoles la fuerza, la energía, la salud; el trabajo se hace pesado, los miembros se tornan torpes y ya no se les solicita para desempeñarlo.

Así, los ancianos se ven excluidos de la lucha de los demás, se ven abandonados, y su corazón abatido tiene que hundirse en la tristeza y tiene que conocer la necesidad, la miseria, el hambre, la soledad. Os hablo de ellos, porque necesitan también de vuestra ayuda y consuelo. Amadles y tendréis derecho a sentaros en la gran mesa del banquete espiritual, donde os diré: Bienaventurados vosotros que a imitación del Maestro supisteis comprender a todos los que sufren.

Ancianidad

Os habéis doblegado bajo el peso del tiempo y de las luchas, vuestros labios callan, vuestro corazón está triste; mucho habéis aprendido en la vida, no podéis aspirar a las glorias del mundo, porque vuestra juventud quedó atrás y sólo ponéis vuestra esperanza en la vida que más allá de la muerte espera a vuestro espíritu. Os sentís inútiles porque vuestros hermanos creen que para nada servís, porque no ayudáis materialmente, pero sabéis que en vuestro corazón arde una luz y existe un libro.

Conversad Conmigo, mirad cómo os envuelve mi amor. Esperad tranquilamente la hora del llamado, no os inquietéis, ahí os espera la vida verdadera, ¡la juventud eterna!

¡Ah, si supieseis vivir con la sencillez de las aves que viven amándose y que cuando sienten que el invierno se aproxima, emprenden el vuelo en busca de mejores climas, pero dejando preparados sus nidos en los árboles para que sirvan de hogar a sus hermanos! El invierno de vuestra vida es la vejez, pero no miréis en ese invierno la frialdad de la muerte y del fin sin comprender que siempre después del invierno llega la primavera con sus renuevos, sus trinos y sus perfumes.

Corona de honra es la vejez, que se halla en el camino de justicia. (Proverbios 16:31)

…Y la hermosura de los ancianos es su vejez. (Proverbios 20:29)

Del matrimonio

He instituido desde el principio de los tiempos el hogar, formado por el varón y la mujer, y en él he derramado sabiduría y amor. He puesto sobre ambos una cruz, un destino perfecto. Las bases de ese hogar son el amor, la comprensión mutua. Y esa institución bendita, no es mi voluntad que se desconozca o se profane, a pesar de las tempestades que azotan y amenazan por doquier.

En un principio el ser humano fue dividido en dos partes, creando así los dos sexos, el uno, el hombre, el otro, la mujer; en él fuerza, inteligencia, majestad; en la otra ternura, gracia, belleza. El uno, la simiente, la otra, la tierra fecunda. He ahí dos seres que sólo unidos pueden sentirse completos, perfectos y felices, porque con su armonía formarán una sola carne, una sola voluntad y un solo ideal. A esa unión, cuando es inspirada por la conciencia y por el amor, se le llama matrimonio.

Cuando vine en Jesús al mundo, penetré en el hogar de muchos matrimonios unidos por la ley de Moisés, y, ¿cómo encontré a muchos de ellos? Riñendo, destruyendo la simiente de paz, de amor y de confianza; miré guerras y discordias en sus corazones, en su mesa y en su lecho. Penetré también en el hogar de muchos otros que sin haber sido su matrimonio sancionado por la ley, se amaban y vivían como hacen las alondras en el nido, acariciando y protegiendo al ser querido.

Cuando estuve en la Tierra, gustaba de visitar los matrimonios y las familias. Mi presencia en los hogares santificaba aquellas uniones y bendecía sus frutos.

Ahora que me encuentro nuevamente entre vosotros, os pregunto: ¿Qué habéis hecho del matrimonio? ¡Cuán pocos podrán contestar satisfactoriamente! Mi institución sagrada ha sido profanada, de aquella fuente de vida, brota muerte y dolor. Sobre la blancura de la hoja de esa ley, están las manchas y las huellas del hombre y la mujer. El fruto que debiera ser dulce, es amargo, y el cáliz que beben los hombres es de hiel.

Yo sé que en este tiempo, existen problemas en el seno de los matrimonios, a los que sólo les encuentran una solución: el distanciamiento o la separación. Muchas veces al estar juntos en su alcoba, sus espíritus viven distantes uno de otro. Las atenciones y la ternura de otras veces, han dejado paso a las palabras violentas y a las frases hirientes; entonces la flama de la fe, que debe arder en el corazón, se estremece y se apaga azotada por la tempestad de las pasiones y de los sentimientos exaltados.

¿Habéis olvidado vuestros juramentos? ¿Por qué faltáis a vuestras promesas? ¿Por ventura no es una burla a mi ley y a mi Nombre? El pacto que habéis hecho Conmigo, no es un compromiso material, es un cargo espiritual que habéis aceptado contraer con vuestro Padre, con aquél que ha hecho todo lo creado.

Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios. (Hebreos 13:4)

Nunca rompáis un pacto sagrado, como son el del matrimonio, el de la paternidad y el de la amistad.

Todo el que se une en matrimonio ante mi Divinidad, aun cuando su unión no esté sancionada por ningún ministro, hace un pacto Conmigo, pacto que queda escrito en el libro de Dios, en donde están anotados todos los destinos. ¿Quién podrá borrar de ahí esos dos nombres entrelazados? ¿Quién podrá en el mundo desatar lo que en mi ley ha sido unido?

¡Cuántos hay que viviendo bajo un mismo techo no se aman, y al no amarse no están unidos, están distantes espiritualmente! Mas no hacen pública su separación, por temor a un castigo divino o a las leyes humanas o al juicio de la sociedad y eso, no es un matrimonio; en esos seres no hay unión ni hay verdad. Sin embargo, visitan los hogares y los templos, van por los caminos y el mundo no los juzga porque saben ocultar su falta de amor. En cambio, ¡cuántos que se aman tienen que esconderse, ocultando su unión y sufriendo incomprensiones e injusticias!

Si cada matrimonio pensara que la unión definitiva de dos seres no es confirmada por ningún papel, ministro o juramento, sino por la afinidad espiritual de dos seres que comprenden su misión y deciden enfrentarla haciendo que donde había dos sólo exista uno, el mundo no vería tantos fracasos de parejas que no se aman, que no se respetan, que no se miman, que no se ayudan.

Todavía la evolución del hombre no es tan grande como para contemplar que dos seres se unen en Nombre mío. Pero ese tiempo vendrá y entonces no habrá duda en el hombre ni en la mujer cuando se encuentren, ellos conocerán la hora destinada por Mí y sabrán prepararse para penetrar con firmeza y confianza en su unión matrimonial, y la sociedad no los juzgará mal por no haber sido sancionada por un ministro ante un altar.

La unión del uno con la otra significa pacto con el Creador. El fruto de esa unión es el hijo, en el que se funde la sangre de sus padres, como prueba que lo que una la voluntad de dos seres ante Dios, no podrá ser desatado en el mundo.

Esa dicha que el padre y la madre experimentan cuando han dado un hijo al mundo, es semejante a la que el Creador experimentó cuando dio vida a sus hijos. A través de los tiempos, mi Ley y mis revelaciones han hablado a la humanidad de lo sublime de esa misión.

Yo he colocado a la mujer a la diestra del hombre para endulzar su existencia, para llenarla de encanto. Es el hombre en la vida de la mujer, escudo, guardián; porque en él he puesto mi luz, mi Ley, mi fuerza. Así os he unido en este mundo trazándoos el camino que debéis seguir.

¿El amor humano es ilícito y abominable delante de Dios y sólo aprueba el amor espiritual? No, bien está que al espíritu le corresponden los más elevados y puros amores, mas también en la materia deposité un corazón para que amase y le di sentidos para que a través de ellos amase cuanto le rodea.

El amor humano es bendecido por Mí cuando está inspirado por el amor del espíritu. Desde la antigüedad se os ha dicho que el hombre es la cabeza de la mujer; no por ello debe sentirse menospreciada, porque ahora le digo que ella es el corazón del hombre. He ahí por qué he instituido y bendecido el matrimonio, porque en la unión de esos seres, espiritualmente iguales pero corporalmente diferentes, se encuentra el reflejo del estado perfecto.

A los varones:

A la mujer que os diere por esposa la cuidaréis, la honraréis y en ella haré fructificar vuestra simiente. No tratéis mal a vuestra esposa, tened caridad, ella es parte de vosotros mismos.

A la mujer se le ama con el amor que eleva, no con la pasión que envilece. Entonces veréis cual es la obra que mancha y cuál la que redime. Veréis las maravillas que hace el verdadero amor.

Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. (Proverbios 5:18-19)

Debéis ser dulces y comprensivos y encender el fuego del amor que es la llama que debe dar vida a vuestra unión.

Yo contemplo entre vosotros hogares destrozados, en los que habéis desatendido vuestros deberes y os habéis creado fuera de ellos nuevas obligaciones, sin importaros el dolor y el abandono de los vuestros. Ved por doquiera cuántos hogares destruidos, cuántas mujeres en el vicio y cuántos niños sin padre. ¿Cómo podrá existir en esos corazones, la ternura y el amor? ¿No juzgáis que quien ha dado muerte a la felicidad de esos seres y ha destruido lo que era sagrado, es un criminal?

¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña? (Proverbios 5:20)

Para que te guarden de la mala mujer, de la blandura de la lengua de la mujer extraña. No codicies su hermosura en tu corazón, ni ella te prenda con sus ojos; (Proverbios 6:24-25)

No sólo asesinan los que quitan la vida del cuerpo, también los que destrozan el corazón con el engaño. Los que matan los sentimientos del corazón, la fe, el ideal, son asesinos del espíritu. Y cuántos de éstos van libres, sin presidio ni cadenas.

Desde ahora moralizad vuestra vida, reconstruid vuestros hogares y unificad vuestra familia. Que el padre vaya en busca de su hijo que huyó de su hogar y los hijos busquen a quien les abandonó; que la esposa vuelva a los brazos del compañero y que el esposo que había renunciado a sus deberes, busque a la compañera y construyan una nueva y mejor existencia.

Enaltezco al varón y el lugar de la mujer a la diestra de él, santifico el matrimonio y bendigo la familia.

Bienaventurado el corazón de la esposa, porque es refugio del hombre. Bendito el corazón de la madre, porque es manantial de ternura para sus hijos. Es grande la misión espiritual de la mujer, es delicado su corazón, su mente, su seno, todas sus fibras son delicadas. Sólo así puede ser capaz de desempeñar tan noble misión.

Del amor con que os he dado la vida, pocas pruebas o señales dan los hombres. De todos los afectos humanos, el que más se asemeja al amor divino es el amor maternal, porque en él existe desinterés, abnegación y el ideal de hacer la felicidad del hijo aun a costa del sacrificio.

De la dicha de ser Padre quise que el hombre participara, y así le hice padre de hombres para que forjase seres semejantes a él, en los que palpitaran los espíritus que Yo enviara. Y si en lo divino y eterno existe el amor maternal, el amor de María la madre universal, quise que en la vida humana existiese un ser que la representara y ese ser es la mujer.

Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol. (Eclesiastés 9:9)

A la ancianidad

Libro de la Vida Verdadera

A la ancianidad

¡Ah, sí supieseis vivir con la sencillez de las aves que viven amándose y que cuando sienten que el invierno se aproxima emprenden el vuelo en busca de mejores climas, pero dejando preparados sus nidos en los árboles para que sirvan de hogar a sus hermanos! El invierno de vuestra vida es la vejez; mas vosotros que sois hombres de poca fe, miráis en ese invierno la frialdad de la muerte y del fin sin comprender que siempre después del invierno llega la primavera con sus renuevos, sus trinos y sus perfumes. 3-64-63

Ancianidad: Os habéis doblegado bajo el peso del tiempo y de las luchas, vuestros labios callan, vuestro corazón está triste; mucho habéis aprendido en la vida, no podéis aspirar a las glorias del mundo, porque vuestra juventud quedó atrás y sólo ponéis vuestra esperanza en la vida que más allá de la muerte espera a vuestro espíritu. Os sentís inútiles porque vuestros hermanos creen que para nada servís, porque no ayudáis materialmente, pero sabéis que en vuestro corazón arde una luz y existe un libro. Yo, vuestro Maestro, os comprendo, conozco vuestro corazón y os digo: Conversad Conmigo, mirad cómo os envuelve mi amor. Esperad tranquilamente la hora del llamado, no os inquietéis, ahí os espera la vida verdadera, la juventud eterna. 3-67-50 Leer Más