De las guerras

De las guerras

¡Cuán lejos de la armonía ha vivido el hombre, desde que inició su tránsito sobre la Tierra!, de ello dan prueba sus incesantes tropiezos, el inagotable cáliz de sufrimientos que ha padecido, su falta de paz. Mirad la guerra, el hambre, la peste y la muerte, como un tétrico cortejo que va de pueblo en pueblo sembrando el luto, la desolación y el exterminio. ¡Cuánto daño se hacen los hombres con sus guerras fratricidas!

Los días, los meses y los años pasan sin tener un poco de paz en el corazón, viviendo en constante zozobra bajo amenaza de sus propios hermanos convertidos en enemigos. ¿Es vivir esto o por lo menos, luchar por un ideal elevado? No, los hombres se matan por sus humanas ambiciones que valen mucho menos que su vida, pero no quieren conocer el precio de una vida, no quieren saber que la existencia de un hombre es sagrada y que sólo puede disponer de ella Aquél que la creó.

¿Veis a los pueblos en eternas pugnas? ¿Veis esas guerras que son la negación más rotunda del amor que os enseñé? De esas guerras movidas por ambiciones humanas y de esas divergencias de credos, ¡cuánta miseria y cuánta amargura ha caído sobre la humanidad! Mirad los campos de batalla en donde sólo se escucha el estruendo de las armas y los ayes angustiosos de los heridos. Montañas de cadáveres mutilados que ayer fueron cuerpos fuertes de hombres jóvenes. ¿Imagináis a éstos, cuando por última vez estrecharon entre sus brazos a la madre, a la esposa o al hijo? Quién no haya bebido ese cáliz, ¿podrá imaginar el dolor de esas despedidas?

Millares de padres, de esposas y de hijos angustiados han visto partir a los seres amados hacia los campos de guerra, de odios, de venganza, obligados por la codicia y el orgullo de unos cuantos hombres sin luz y sin amor para sus semejantes. Esas legiones de hombres jóvenes y fuertes, no han podido volver al hogar porque quedaron destrozados en los campos de batalla; más ahí la tierra, la madre tierra, más misericordiosa que los hombres que gobiernan a los pueblos y que creen ser dueños de la vida de sus semejantes, ha abierto su seno para recibirles y cubrirles amorosamente.

Ved las caravanas de hombres de todas edades, de mujeres y de niños, huyendo de la destrucción, buscando fatigosamente un lugar de protección y de paz. Sus pies ya están destrozados y sangrantes; su corazón ya no resiste más dolor; pero aún les queda en lo más íntimo de su ser, ¡un destello de esperanza!

¿Por qué se desatan las guerras? Porque los hombres no escuchan los dictados de la conciencia, hacen mal uso de su libre albedrío y viven empeñados en conservar sus filosofías y doctrinas, no quieren contemplar la verdad. ¿No creéis que la división de la humanidad en pueblos y razas, es algo primitivo? ¿No meditáis que si vuestro adelanto en vuestra civilización de la que tanto os enorgullecéis, fuese verdadera, no estaría aún imperando la ley de la fuerza y la maldad?

Del Oriente al Occidente se levantarán las naciones desconociéndose y del Norte hacia el Sur también se levantarán para encontrarse todas en la encrucijada, con cuyo choque se producirá una inmensa hoguera en la que arderá el odio, se extinguirá el orgullo y se consumirá la mala hierba.

¿Por qué Dios permite las guerras? ¿Qué fuerza mueve a los hombres para desconocerse y destruirse, siendo que emanaron de la fuente límpida del Padre? ¿Cuáles son esas fuerzas y por qué Dios con su infinito poder, no ha detenido? ¿Por qué permite la maldad entre la humanidad? He permitido que el dolor, la destrucción y la muerte se dejen sentir en vuestra vida, para que esos frutos tan amargos os hagan comprender la clase de árbol que cultivasteis.

«Si para Dios no hay imposibles, ¿por qué no detiene la guerra y crea un nuevo mundo lleno de paz?» Yo os digo que así como en el hombre está la guerra también está la paz.

¿Cuál será la deuda de esos hombres delante de Dios y cómo tendrán que pagarla? Eso sólo Yo lo sé, pero de cierto os digo, que ninguno escapará a la ley de restitución.

¡Ay de los que han matado, y más aún de los que han aconsejado u ordenado matar!

Tarde o temprano, el malo será castigado… ( Proverbios 11:21)

Mi justicia siempre llega y aunque en apariencia llegue tarde o fuera de tiempo, lo cierto es que se manifiesta siempre en forma sabia, perfecta e inexorable. Mientras vuestros hermanos siguen destrozando el mundo que Dios les dio para vivir; velad y orad por ellos porque no saben lo que hacen, porque de saberlo, tiempo ha que con sus lágrimas, con su sangre y aun con su vida, estarían reconstruyendo todo lo que han destruido.

Ya se ha desatado en el mundo una nueva contienda: Naciones enteras luchan con el afán de vencer a sus enemigos, otros buscan la superioridad para avasallar pueblos y tener esclavos, y otros para que su raza demuestre que es la más elevada entre todas, y no comprenden en su ceguedad el abismo que a todos espera. Mirad cómo la buena simiente ha sido arrasada por la maldad, unas naciones destruyen a las otras, las que hoy son fuertes, mañana quedarán aniquiladas.

Ahora veis sólo guerras y clamáis que es castigo de Dios, cuando os he enseñado que Dios es Padre amoroso y que no castiga, y que los acontecimientos se suceden por causa de los mismos hombres.

Desde el principio de la humanidad, han sido pocos los que han buscado la paz o los que han permanecido en ella una vez que la han alcanzado, porque el hombre sólo la busca cuando el dolor lo ha vencido.

Por eso veis cómo después de cada una de vuestras guerras inhumanas, fratricidas e injustas, se levantan millares de seres sedientos de la paz, que antes no supieron estimar, porque no se habían dado cuenta del valor que tiene ese don divino. No esperéis que se multipliquen las lamentaciones en la Tierra y aumenten los rumores de guerra para levantaros; orad y haced obras de caridad en cada día, que con esto contrarrestaréis la fuerza del mal.

En verdad os digo que allí, en medio de los ejércitos que combaten por ideales y ambiciones terrestres, he descubierto en los instantes de reposo a los hombres de paz y de buena voluntad, convertidos en soldados por la fuerza. De su corazón se escapan los suspiros cuando mi Nombre brota de sus labios y las lágrimas corren por sus mejillas con el recuerdo de los suyos: padres, esposas, hijos o hermanos. Entonces su espíritu sin más templo que el santuario de su fe, sin más altar que su amor, ni más luz que la de su espíritu, se eleva hacia Mí en demanda de perdón por las muertes que involuntariamente ha ocasionado con sus armas. Me buscan para pedirme con todas las fuerzas de su ser que les permita retornar a su hogar o que, al menos, si han de caer bajo el golpe del enemigo, que cubra con mi manto de misericordia a los que dejan en la Tierra.

A todos los que buscan en esa forma mi perdón, Yo los bendigo, porque ellos no tienen la culpa de matar, otros son los asesinos que habrán de responderme, llegada la hora de su juicio, de cuanto hayan hecho de las vidas humanas. Orad por la paz de las naciones. He hablado a los hombres a través de la conciencia, a los que gobiernan estos pueblos y he visto que su corazón es reacio, que de él no retiran su odio y su ambición. Mirad la estela de dolor que va dejando la guerra y los hombres no quieren despertar de su letargo, mas pronto surgirán en el mundo sucesos que conmuevan a la humanidad y la hagan cambiar de ruta.

Orad para que ayudéis a los representantes de las naciones que se reúnen para resolver los conflictos entre los pueblos. ¿Creéis que todos ellos tienen un concepto diferente para cada solución? No, ellos se engañan. Son los intereses materiales los que les hacen pasar sobre sus propias convicciones. Cuán fácil sería la solución de todos los conflictos, si cada quien obrase de acuerdo con la conciencia.

Contemplad a vuestros hermanos, a los que llamáis poderosos; quieren triunfar matando, quieren levantar su nuevo reino sobre escombros, ruinas y cadáveres.

Orad, humanidad, y pensad en la soberbia y la ambición que germina en los cerebros de los hombres que han llevado a la ruina, a la desolación y a la muerte a otros hombres que no tienen ninguna culpa. Pero si en vez de piedad, sentís cólera o desprecio hacia quienes causan tantos sufrimientos a la humanidad, en verdad os digo, que os despojáis de toda elevación espiritual y de toda comprensión. Cuando logréis elevar vuestros sentimientos por encima de tanta miseria humana, brotará de vosotros la más sentida y sincera petición en favor de vuestros hermanos y esa vibración de amor, esa pureza de vuestros sentimientos, serán las espadas más poderosas que destruyan las tinieblas, que las guerras y las pasiones de los hombres han venido formando.

Cuántas y espantosas guerras esperan a la humanidad, mucho más aterradoras que las que han pasado, en las que el furor de los elementos desencadenados, se confundirá con el estruendo de las armas; el mundo será pequeño para contener en su seno tanta destrucción. Todo ello traerá como consecuencia que los hombres, habiendo llegado al máximo de su dolor y desesperación, se dirijan suplicantes al Dios verdadero, al que no quisieron llegar por el camino del amor, para pedirle su divina paz. Entonces Yo, Cristo, el Verbo, resucitaré en los corazones, porque ese tiempo será el tercer día, en el cual cumpliré mi promesa de salvación al reconstruir el templo como os lo prometí.

Sólo la espiritualidad salvará de su caos a esta humanidad, no esperéis otra solución, ¡oh pueblos y naciones de la Tierra! ¡Podréis hacer tratados de paz, pero mientras esa paz no tenga por base la luz de la conciencia, seréis necios, porque estaréis edificando sobre arena!

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