Oración, Padre nuestro
Explicación espiritual de la oración del Padre nuestro
Escucha Oh Dios, mis palabras; considera mi gemir. Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío, y Dios mío, porque a ti orare. (Salmos 5:2)
Humanidad, volved a Mí, empezad por orar como Yo os enseñé, para que sintáis la paz de mi llegada; orad espiritualmente, delante de Mí, sintiendo aquellas frases que os enseñé y que dicen: ¡Padre nuestro que estás en los cielos! ¡Cuántas veces estas palabras, que son una invocación para mi presencia, las habéis pronunciado sin sentirlas!
Al deciros que os elevéis espiritualmente, no borro de vuestro corazón aquella oración modelo, sólo quiero que en vez de hablarme con los labios lo hagáis, con el pensamiento y que en lugar de concretaros a repetir una por una las frases que componen esa oración, os inspiréis en ellas para que los pensamientos que forméis en vuestro espíritu, lleven, como el Padre Nuestro, amor, humildad, fe, respeto, conformidad y confianza en el Padre.
En el Segundo Tiempo mis apóstoles me preguntaron cómo debían orar, y les enseñé la oración perfecta, que vosotros llamáis el ¡Padre Nuestro! Ahora os digo a vosotros: inspiraos en esa oración, en su sentido, su humildad, en su fe y esencia, para que vuestro espíritu se comunique con el mío, porque no deben ser ya los labios materiales los que pronuncien aquellas benditas palabras, sino el espíritu el que me hable con su propio lenguaje. En este tiempo he venido a explicaros el sentido espiritual de esta oración.
Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así… (Mateo 6:5-9)
¡Padre nuestro!
Cuando me llamáis Padre, cuando ese nombre brota de vuestro ser, en el cielo se escucha vuestra voz y al arcano le arrancáis un secreto, pero no dejéis que sean solamente los labios los que me llamen Padre, porque muchos hacéis esto maquinalmente. Quiero que cuando digáis Padre nuestro, dejéis que esa oración brote de lo más puro de vuestro ser, meditando cada una de sus frases para que luego quedéis inspirados y en perfecta comunión Conmigo. Nadie se avergüence de llamar Padre a Dios, al Creador, porque ése es su verdadero nombre.
Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. (Éxodo 3:13-14)
¡Qué estás en los cielos!
Ciertamente, Yo habito en los cielos; mas no en aquel lugar determinado que habéis imaginado. Yo habito en los cielos de la luz, del poder, del amor, del saber, de la justicia, de la felicidad, de la perfección y la armonía. Estoy en el Más Allá, sí; pero Más Allá del pecado humano, del materialismo, y de la soberbia, de la ignorancia y de la pequeñez; porque os hablo de tal forma que vuestros sentidos me perciban y vuestra mente me comprenda, no porque llegue Yo de otros mundos o moradas, ya que mi Espíritu habita en toda la Creación.
Unos dicen que Dios está en los cielos, pero no saben lo que dicen ni comprenden lo que creen. El Cielo es la felicidad suprema a dónde llega un espíritu por el camino de su perfeccionamiento, en donde no existe el pecado ni el dolor.
Mucho habéis luchado y mucho tiempo habéis necesitado para transformar vuestras creencias y conceptos, y aún tendréis que esforzaros más para alcanzar la meta espiritual a que os he destinado y que es la de conocer a vuestro Padre, amarle y rendirle culto a través del espíritu; hasta entonces comenzaréis a presentir la verdadera gloria del espíritu, aquel estado de elevación, de armonía, de paz y bienestar que son el paraíso verdadero a donde todos habréis de llegar.
¡Santificado sea tu nombre!
Deberéis de santificar mi nombre con vuestras buenas obras, con la regeneración de vuestra vida, con la obediencia a mi Ley y practicando el amor y el perdón entre vosotros. Entonces sí podéis decir que habéis entendido mi Doctrina y comprendido mi voluntad.
Obras, palabras y oraciones, son los medios que debéis de emplear para cumplir con la misión de servir y amar a vuestros hermanos. Cuando miréis en cada semejante un hermano, cuando hagáis desaparecer la diferencia entre unos y otros y os perdonéis de corazón, entonces sí estaréis santificando mi nombre.
No queráis hacer grandes obras sin estar preparados; procurad alcanzar mayor espiritualidad, pues así, una palabra, una oración o una obra de caridad, podrán hacer mayores prodigios que aquellos que en vuestra vanidad pudieseis haber deseado realizar.
…sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; (1ª De Pedro 3-15)
¡Venga a nos tu reino!
Desde tiempos pasados os he dicho que mi “Reino no es de este mundo”, y de cierto os digo que espiritualmente tampoco es la Tierra vuestra morada. El Reino del Padre está en su luz, en su perfección, en su santidad; ésa es vuestra verdadera morada, ésa es vuestra heredad. Recordad que os he dicho que sois los herederos del Reino de los cielos. Quien juzgue extraño que Yo deje mi Reino por venir en busca de pecadores, de cierto no me conoce. Dejo a los justos, porque ellos están a salvo y todo lo poseen, vengo hacia los desheredados, los perdidos, porque también son mis hijos, a quienes amo como a los justos y porque quiero llevarles a mi Reino.
Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. (Juan 18-36)
Comprended que del Reino de la paz, vengo al valle de lágrimas; de la mansión de los justos, desciendo a conversar con los pecadores. No traigo corona ni cetro de rey, vengo lleno de humildad a comunicarme con vosotros.
¡Hágase Señor tu voluntad!
¿Cómo se hace la voluntad de Dios? Primero, logrando vuestra armonía interior y luego armonizando con toda mi Obra. Os digo esto porque si os juzgaseis con sinceridad, prevalece más vuestra voluntad que la mía.
Sé, desde antes de que elevéis vuestra plegaria, lo que me vais a pedir, lo que os hace falta, y sólo os concedo aquello que es para vuestro bien, porque vosotros mismos no sabéis qué es lo que os conviene. Si confiáis en Mí y estáis conformes con mi voluntad, Yo os daré lo que os hace falta y vuestro corazón os hará notar que lo que habéis recibido es lo justo, lo que necesitáis, y me concederéis razón para regir vuestro destino.
Orad con humildad y dejad que en vosotros se haga mi voluntad, porque no siempre lo que pedís es lo justo, lo noble o lo bueno. Ahí Yo seré quien os dé lo que os convenga, para que tengáis una vida apacible y feliz.
Quiero que aprendáis a orar, a conversar con vuestro Padre Celestial, meditando y sintiendo todo aquello que queráis comunicarme, con aquel fervor y verdad con que os enseñó Jesús; mas no imitéis a los que diariamente repiten una y más veces: Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, y en realidad no saben lo que dicen, porque en verdad no están conformes con mi voluntad.
Aprended a pedir y también a esperar, sabiendo que nada escapa a mi caridad; confiad en que mi voluntad se manifieste en cada una de vuestras necesidades y pruebas.
Orad en los momentos de prueba, con una oración breve pero limpia y sincera, y os sentiréis confortados, y cuando logréis estar en armonía con vuestro Señor, podré deciros que mi voluntad es la vuestra y vuestra voluntad es la mía.
Ahora os enseño la oración espiritual, la que no brota de los labios, sino de lo más profundo de vuestro espíritu y que con humildad y confianza me dice: «Señor, hágase en nosotros vuestra voluntad».
Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. (Marcos 3:35)
¡El pan nuestro de cada día!
Recordad que os dije: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios», queriendo enseñaros con ello que en vuestro ser existe una naturaleza a la cual no podréis alimentar tan sólo con lo que en este mundo poseéis, sino que tendréis que buscar para satisfacerle aquello que existe más allá de lo material, es decir, de lo que sólo se encuentra en la región perfecta de donde procede el espíritu de vuestro Padre.
Sé que existe en vosotros hambre y sed que no son materiales, y para reconfortaros, os ofrezco el agua y el pan para vuestro espíritu.
Aquí me tenéis nuevamente en el Tercer Tiempo, vengo a entregaros el pan de la vida eterna del cual comerá la humanidad.
En el Segundo Tiempo, Yo fui a los corazones, en otras ocasiones, ellos me buscaron; pero en todos los casos, mi amor como ahora, es el pan de vida eterna, que les entregué en la esencia de mi palabra.
Fue en una de esas veces, cuando el Maestro realizó el milagro de los panes y de los peces, como una demostración de que cualquier pan alcanzará cuando sea repartido con amor y sin distinciones, porque la conformidad y la fraternidad serán también un sustento.
El pan con que representé mi cuerpo, fue tan sólo un símbolo. Hoy os digo, tomad el pan de mi palabra, bebed el vino de su esencia y os sustentaréis eternamente.
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. (Juan 6:31-33)
¡Perdónanos nuestras deudas!
Yo os enseñé la oración del Padre Nuestro, para que inspirados en ella, recurrieseis a vuestro Padre en vuestras necesidades y tuvieseis siempre presente la promesa de la venida de su Reino; para que a Él acudieseis en demanda de perdón, consultando con vuestra conciencia si antes ya habíais perdonado en la misma forma a vuestros deudores.
Recordad aquel ejemplo de oración que os di en el Huerto de los Olivos, al invocar ante el Padre el perdón para la humanidad. Se postró el cuerpo de Jesús ante el Padre Celestial, mas no ante imagen alguna, y elevé mis palabras a los cielos, las mismas que legué a la humanidad.
Cuántas veces me habéis prometido perdonar a vuestros hermanos, sea cual fuere la ofensa que os hiciesen, me habéis pedido fuerzas para poder cumplir y os las he dado; mas cuán pocas veces habéis cumplido con vuestras promesas.
Vuestra conciencia que pide y espera de vosotros obras perfectas, será la que no os deje tranquilos hasta que sepáis practicar con vuestros hermanos el verdadero perdón.
Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan. (Salmos 86:5)
¡No nos dejes caer en tentación!
La tentación os inspira odio, rencor, bajas pasiones y materialismo y el hombre que es débil por naturaleza, sucumbe ante sus propias obras insanas e indignas.
Mas no por ello culpéis de vuestras faltas y caídas a determinado ser que personifique esa fuerza; pensad que para cada tentación existe una virtud en vuestro espíritu, para combatir el mal.
Os enseñé en aquel tiempo a vencer las tentaciones del mundo y a la muerte, haciendo que el amor y la verdad salieran triunfantes. Ahora quiero que me imitéis, que arrojéis de vuestro corazón las pasiones, para que ahí, en vuestro interior, se aloje la paz de mi Espíritu Divino y me invitéis a tener en vosotros mi santuario. Mas cuando hayáis vencido el mal, os sorprenderéis al comprender que la tentación la habéis formado con vuestras pasiones, tendencias, debilidades y pecados.
Comprended que si queréis dominar vuestras pasiones y rechazar la atracción que el mundo ejerce sobre vosotros, en mi palabra podéis encontrar la luz y la fuerza para hacerlo.
Yo sólo os digo: velad y orad, para que no caigáis en tentación.
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. (Mateo 26:41)
¡Líbranos de todo mal!
¿De qué sirve que Yo os sane y aparte vuestro dolor, si no apartáis de vosotros vuestros errores, pecados, vicios e imperfecciones? No es el dolor el origen de vuestros males, sino vuestros pecados. ¡He ahí el origen del dolor! Combatid el pecado, apartadlo de vosotros y seréis sanos, mas eso a vosotros corresponde hacerlo, Yo sólo os enseño y os ayudo.
El mal, que es el conjunto de todos los pecados humanos, de los vicios y de la ignorancia, ha imperado por mucho tiempo sobre los hombres, mas es mi voluntad que ellos mismos destruyan ese poder. Para ello Yo les ayudaré, les prestaré mi espada, para que con ella venzan al mal. Ese poder caerá destrozado, su influencia será rechazada de todos los corazones, sus voces serán desoídas y sus indicaciones ya no serán obedecidas. El espíritu se emancipará y estará sobre el pecado, la materia se doblegará por fin y las pasiones llegarán a ser contenidas.
Humanidad: ¿Os parece imprevisto el dolor, la miseria y el caos que os envuelve en este tiempo? Si estáis sorprendidos, es porque no os interesasteis por mis profecías y no os preparasteis. Todo estaba previsto y todo estaba anunciado, pero faltasteis a la fe y ahora apuráis las consecuencias como un cáliz muy amargo.
A quienes me piden con verdadera angustia que os libre de cuanto os acecha, amenaza y aflige, a todos estos Yo os digo como lo hice en aquel tiempo: «¿Qué puede temer el que está Conmigo?» No os alejéis de Mí y os sentiréis seguros en cualquier tiempo y en cualquier sitio. Si teméis, es que, o no estáis en el camino, o estando en él, habéis debilitado en vuestra fe.
¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? (1ª De Pedro 3-13)
Si queréis que una ley más elevada, venga en vuestra ayuda, no sólo para libraros del dolor, que es lo que más teméis, sino también a inspiraros los nobles pensamientos y buenos sentimientos, orad, llamadme, e id luego a vuestro camino a luchar para ser cada vez mejores, para ser fuertes en las pruebas, en una palabra, para llegar a pagar con amor la deuda que tenéis con vuestro Padre y con vuestros semejantes. No desmayéis ante la lucha, ni os desesperéis si aún no contempláis ningún resultado de vuestra labor. Reconoced que vuestra misión es luchar hasta el fin; y solamente así cumpliréis con una mínima parte en esta obra de regeneración y de espiritualidad entre vuestros hermanos.
Vosotros podéis hacer mucho. Con un poco de buena voluntad apartaréis las ruinas, los escombros de un pasado de errores y profanaciones, dejando de ello sólo la luz de una experiencia larga y dolorosa. Si os esforzáis por conduciros por el el camino de los buenos sentimientos, para que vuestra mente se ocupe en las virtudes y vuestros labios sean el fiel instrumento de la verdad e inspiración que germine en vuestro espíritu. Yo os bendeciré y os haré vislumbrar la luz de aquel reino de paz que entre todos construiréis. En esa forma os libraréis de muchas tentaciones.