La Conciencia
LA CONCIENCIA
Yo doté a vuestro espíritu de fuerza, inteligencia y voluntad. En mi Amor infinito le confié un cuerpo para que, a través de él, encontrase el medio eficaz y perfecto para desarrollarse.
Como Padre previsor, sabiendo que surgiría en el interior del hombre la lucha entre el bien y el mal, encendí en él una luz que a lo largo de la vida fuese su juez interior que valorizara cada una de sus obras, su consejera y guía que lo orientara siempre al bien. Esa Luz es la conciencia.
Ahí tenéis las tres partes que forman al hombre, sus tres naturalezas: cuerpo, espíritu y conciencia, en una unión perfecta, en la que el espíritu triunfará ante las pruebas, las pasiones y tempestades del mundo y llegará a poseer el Reino espiritual.
En la conciencia tenéis la chispa Divina que jamás se apaga, al juez a quien no se puede sobornar, al faro que nunca cambia de sitio, al guía que jamás equivoca el camino. Ante la debilidad de la materia, está la fortaleza del espíritu guiado por esa luz que es Amor, Sabiduría y Justicia.
Si os hubiese negado uno solo de esos atributos, no tendría derecho a reclamar los errores cometidos en vuestra vida; por eso debéis saber que no podría existir un ser humano, que no estuviese dotado de espíritu y conciencia.
¿Por qué no siguió el hombre desde su principio los dictados de esa voz Interior? porque no había evolucionado todavía para comprender y cumplir los mandatos que ella le inspiraba y, en esa forma, dominar las pasiones de la materia.
El que obra mal, no es que carezca de oídos para percibir esa voz: los ha cerrado para no escuchar su propio juicio. No es que no tenga ojos para contemplar el buen camino, voluntariamente se hace ciego para caminar y tomar un sendero que ha creado bajo su voluntad.
Después de mucho luchar, se doblegará la materia ante la verdad eterna. El hombre al fin alcanzará la sensibilidad espiritual que hasta ahora no ha logrado. Hacia ese punto marcháis todos sin daros cuenta, mas cuando miréis en la Tierra el triunfo del bien y la justicia, entenderéis el porqué de tantos combates y pruebas.
No os sintáis débiles, ignorantes o enfermos. No sois pequeños, puesto que lleváis la fuerza y la luz de que os doté: no sois inocentes porque a través de la conciencia os dais cuenta perfecta de lo que hacéis. Y si os sentís enfermos, es porque os habéis alejado de las principales fuentes de vida: la comunicación espiritual conmigo y el contacto con la naturaleza.
¿Quién guía, orienta y aconseja al espíritu durante su libre trayecto en el mundo, para no perderse en el camino? La conciencia.
Cuando el hombre ha descendido al abismo, hasta allí le ha seguido esa voz interior, que pronto se hará oír en el mundo con una fuerza tan grande que no la podéis imaginar.
Os alejasteis de Mí en virtud de vuestro libre albedrío, pero retornaréis inducidos por la conciencia.
Doquiera estéis, me tenéis en vosotros: todos lleváis en lo más íntimo un altar Indestructible. El tabernáculo es el espíritu y el arca la conciencia, ella es como un templo que nadie podrá profanar, en el que habito y de donde sale mi Voz. Allí está mi Ley iluminando al hombre.
No vayáis a transformar ese santuario en tribunal, porque vuestro dolor será muy grande.
Ante ese altar interior lloráis vuestras faltas y malas obras, arrepentidos por la desobediencia a mis Enseñanzas. Allí se destruirá vuestra arrogancia y dejaréis de consideraros superiores por la raza o el poder humano. Entonces vendrán las renunciaciones y la restitución, y, como fruto legítimo de las obras de amor y humildad, la paz.
El hombre nunca ha sabido penetrar en ese santuario, porque al cuidar su personalidad, procura los medios de evadir la voz sabia que le habla en todo momento. Cuando el espíritu sepa elevarse sobre su materialidad, podrá al fin detenerse ante el umbral de ese templo y postrarse, oírse a sí mismo, examinar sus obras y escuchar interiormente mi Voz que le habla como padre, como maestro y como juez.
La hora del examen de conciencia se acerca para toda la humanidad: allí estarán los sabios, los teólogos, los científicos, los poderosos de la Tierra, los ricos y los jueces, preguntándose a sí mismos cuál ha sido la obra espiritual, moral o material que han realizado. Ellos reconocerán que a pesar de la gloria que tuvieron en el mundo, les faltaba algo para llenar el vacío que había en su espíritu, el que sólo puede alimentarse con los frutos de una vida espiritual fecunda.
¿Cuáles son las facultades y atributos que permiten al hombre escuchar la voz de su conciencia? La intuición, la razón y los sentimientos.
Yo os digo: vivid de acuerdo con esa voz interior para que, llegado el instante de vuestro juicio, podáis responder de vuestros actos. De Mí no esperéis castigo. Cada quien es su propio juez. Sed por lo tanto jueces de vuestras acciones, sabiendo que la voz de la conciencia siempre os hablará con verdad. Ella os hará comprender si sois lentos para caminar, si vais de prisa o si estáis estacionados; pero por mucha comprensión que tengáis del valor de vuestras obras, en ese juicio definitivo sólo el Padre, que es el supremo Juez, podrá dar el fallo.
Meditad unos momentos cada día, juzgaos y formad un propósito de mejoraros. Servidme y estaréis en paz con vuestra conciencia.
Si aún haciendo ese diario examen no tomáis el buen sendero, seréis responsables de vuestros errores y tropiezos.
Cuando os alejáis del camino y olvidáis vuestra misión, sentís una inquietud que no os deja punto de reposo. Esa intranquilidad, nace del reclamo de vuestra conciencia, en la que están escritos indeleblemente mi Ley y vuestros cargos. Intimad con ella, es la voz amiga, dejaos conducir por ese guía interno y de cierto os digo que vendrá a vosotros una profunda paz y una satisfacción verdadera.
Los tiempos en que necesitabais de un guía espiritual en el mundo, han pasado; desde ahora, todo el que penetre en este sendero no tendrá más camino que el de mi Ley, ni más guía que su propia conciencia. Pero no por eso dejará de haber varones y mujeres de gran luz y fortaleza, que ayuden con su ejemplo e inspiración a sus hermanos.
No vengo a juzgaros por vuestros actos, sino por la intención con que los realizáis. Estoy en vuestra conciencia y más allá de ella. No vayáis nunca a cerrar vuestros oídos a esa voz, porque podría abrirse un precipicio ante vuestros pies y ya puestos en la pendiente seria difícil que os detuvieseis.
Cuando acariciáis a un niño desvalido, socorráis a un necesitado o protegéis a un indefenso, ¿no habéis escuchado interiormente una voz que os bendice y anima a continuar por esa senda? ¿De dónde proviene ella?, de la conciencia, en la que está la luz del Padre que premia al hijo cuando sabe imitarlo. ¡Dejad que esa voz os dicte siempre la forma en que debéis entregar la caridad, y si en ella va la necesidad de despojaros de algo vuestro, no os duela hacerlo! Tended la mano a quien lo necesite y sentiréis la dicha en vuestro espíritu.
Velad por vuestras obras, palabras y pensamientos; que no sea el hombre el que juzgue vuestras imperfecciones, sino el Maestro el que os corrija.
Fortaleceos en mi Palabra, para que lleguéis a mirar con verdadera caridad a vuestros hermanos y no seáis jueces del pecador, del vicioso, del fanático, porque recordaréis mis Palabras de aquel tiempo: el que se encuentre limpio de culpa, que arroje la primera piedra. Debo deciros que vuestra responsabilidad crece a medida que aumentan vuestros conocimientos, porque vais siendo cada vez más sensibles a los dictados de esa voz que es fuego de amor que consume toda impureza. No vengo a reclamaros: la conciencia será la que señale las faltas o méritos de vuestras obras. Si no queréis caer en errores en la práctica de mi Doctrina, analizad vuestros actos por medio de ese juez infalible; orad y meditad y él os hablará con verdadera sabiduría; si os reclama, buscad la mancha y borradla.
¡Cuán fácil será para los hombres entenderse, cuando penetren en meditación y escuchen la voz de su razón superior, a la que no han querido oír! Ya no tarda mucho la victoria absoluta de la conciencia.
La conciencia no quedará en la Tierra, sino vendrá con el espíritu para mostrarse ante él como un libro de sabias y profundas lecciones. Ella será semejante a una espada de luz que luchará denodadamente, impidiendo que el espíritu se turbe. Cuando él se serene y pueda juzgar su pasado, una sucesión de mirajes pasarán por su memoria espiritual y sabrá distinguir lo justo y provechoso de lo falso e impuro.
Después de analizar todos los actos de vuestra vida, ninguno se sentirá juzgado con exceso de rigor o sobra de benevolencia. Muchas de vuestras obras que en el mundo os habían parecido perfectas, dignas de ser presentadas al Señor, os resultarán pequeñas en ese juicio. ¿Quién hizo justicia entonces? ¿No fue el mismo espíritu quien formuló su juicio?
¡Cuánto anhela el Padre que todos os sintáis delante de Mí como hijos muy amados y no como reos! Siempre que dejáis la Tierra y os presentáis a darme cuenta del cumplimiento de vuestra misión, os sentís abatidos bajo los cargos que os hace la conciencia. Ya es tiempo de que lleguéis entonando un himno de triunfo, para que podáis decir a vuestro Padre: -Señor, todo está consumado.
Mi Lección está siendo escrita en vuestra conciencia: ahí está el arca que guarda mi Ley. Y cuando los tiempos pasen y estas horas de recreo espiritual que tenéis con vuestro Maestro queden distantes, la esencia de mi Palabra vibrará llena de vida en vuestro espíritu, fresca, palpitante de amor y sabiduría.
Mi Voz está llamando a las grandes multitudes, porque para muchos espíritus se está acercando el final de su peregrinaje. Ese abatimiento, ese hastío, esa tristeza que llevan en el corazón, son la prueba de que anhelan ya una morada más alta, un mundo mejor; pero es necesario que la última etapa de su vida en la Tierra, la vivan obedeciendo los dictados de la conciencia, para que la huella de sus pasos sea de bendición para las generaciones venideras.
La conciencia será por fin escuchada y obedecida; los llamados del espíritu serán atendidos; los anhelos espirituales serán tomados en cuenta y respetados, y en todas partes brillará el deseo ferviente de conocer a Dios y sentirlo, de acercarse a Él y no separarse más.
¡Cuán lejos de la realidad se encuentran en estos momentos millones de seres que sólo viven para su presente material! ¿Cómo podrán abrir sus ojos a la realidad? Solamente escuchando esa voz interior que, para ser oída, requiere de la concentración, de la meditación y la oración.
Si escucháis la voz de la conciencia como os he enseñado, vuestra comunión conmigo será eterna: no habrá nada ni nadie que aleje a los discípulos de su Maestro.
Esa voz siempre os guiará al bien, mas si escuchaseis una que os guiase hacia el mal, ésa no es la de vuestra conciencia, es la voz de vuestras pasiones que os inspira la materia.
Confesaos delante de Mí, ante quien no podéis ocultar una sola de vuestras faltas, y sentiréis a través de la conciencia mi Divina absolución. El hombre volverá a oír mi Voz que lo invita a cumplir la Ley para morar conmigo: ése es el único camino para llegar a Mí.
Las puertas del Reino se encuentran abiertas en espera de todo el que quiera penetrar en él. Bendito el que busca estar en paz consigo mismo. Bendito el que siembra la semilla de la paz en su camino.
Tened siempre presente esta enseñanza, elevad la razón a la altura de la conciencia, porque sólo ella conoce la esencia del espíritu. Si así lo hacéis, vuestra existencia en la Tierra será un perpetuo edén.
¡Mi paz sea con vosotros!