La Ley

LA LEY

En todas las Eras me he manifestado a vosotros para daros a conocer mis mandamientos. Ley, amor, sabiduría: he ahí las tres fases en las cuales me he mostrado al hombre para que llegue a poseer plena firmeza en su camino de evolución y un completo conocimiento de su Creador. Esas tres fases son distintas entre sí, pero todas proceden de un mismo principio y en su conjunto son la perfección absoluta.

En ninguna Era ha carecido el hombre del conocimiento de mi Ley; jamás le ha faltado un destello en el espíritu, una intuición en su mente o un presentimiento en su corazón.

La Ley espiritual que os sirve de norma y de guía, es la misma que os fue revelada en el monte Sinaí. El pan espiritual que os sustenta, está contenido en la palabra que os di por conducto de Jesús. Y en este tiempo he hecho descender, desde el infinito, la inspiración, para que no os desviéis nunca más del sendero de la verdad.

De lección en lección he llevado a la humanidad a la comprensión de que la Ley se resume en un solo mandamiento: Amad. De esa Ley brotan todas las demás. Si queréis saber si estáis cumpliendo mis Mandatos, preguntaos si vais recogiendo en el mundo una cosecha de amor.

Cuando os digo amad, ¿sabéis qué es lo que quiero expresaros? Amad la verdad, el bien, la belleza, la justicia; amad la vida verdadera: la vida espiritual.

Yo os he enseñado: Amarás a Dios más que a tus padres y a tus hijos, de todo corazón y espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo. Y os dije también: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y persiguen, para que seáis reconocidos como hijos de vuestro Padre. Si así lo hiciereis, sentiréis la paz en vuestro corazón, vuestras penas serán leves y los elementos, clementes con vosotros.

Ésta es Ley espiritual, eterna; ella no sufrirá cambio alguno. Sólo lo humano cambia y se transforma, lo Divino es inmutable.

La Enseñanza que es estoy entregando, contiene la misma esencia que inspiré a Moisés y que os confirmé a través de Jesús. Mi Palabra de justicia es fuerza que levanta al débil, al tímido, al cobarde, y lo convierte en valeroso, decidido y ferviente; es ley que guía y conduce por la senda de la verdad: maná que sustenta y, también, paz y bienandanza para los hombres de buena voluntad.

Mi Ley no esclaviza, mi Palabra libera. El que en Mí cree y me sigue, no es esclavo de las pasiones terrestres, deja de ser del mundo y se convierte en dueño de sí mismo, vence las tentaciones y el mundo queda a sus pies.

El camino recto está trazado con luz, amor y virtud, es el camino de la Ley. Los senderos torcidos retardan más la jornada, pero al final todos llegaréis a Mí.

El hombre terminará reconociendo que su espíritu está sujeto a evolución, llegará a presentir su grado de adelanto o retraso y a buscar la forma de lograr su verdadero progreso, comprenderá que no debe concretarse a vivir para él ni darle importancia solamente a la vida material.

Entonces volverá sus ojos a mi Ley y, a través de ella, llegará al conocimiento de la Doctrina que en este tiempo os he esclarecido y comprenderá que ella es Universal.

Nada hay contradictorio en la Ley del Padre, sencilla por sabia y sabia por estar saturada de amor. Amar fue el fin para el que fuisteis creados.

Amar a vuestro Padre y en Él, a todos vuestros hermanos: he ahí la Ley. Mi palabra es el camino. Siempre os he enseñado a vivir dentro del bien y la justicia.

Si desde los primeros tiempos hubieseis sido sumisos y obedientes a mis Mandatos, todas mis Revelaciones y Lecciones os hubiesen llegado a través de la conciencia. Pero cuando vi a la humanidad cautiva de las pasiones y de la ambición de los bienes del mundo, sorda a mi Voz y ciega para seguir la luz espiritual, que siempre alumbra su camino, tuve que dejarles mi Ley en el Primer Tiempo.

Os envié a Abraham, ejemplo de obediencia y fe, a un Isaac virtuoso y a un Jacob fiel y lleno de fortaleza. Del tronco de esa generación que supo conservar la intuición de un Dios de justicia y de bondad, formé al pueblo de Israel. De su seno hice surgir un varón fuerte de espíritu, para entregar por su conducto la Ley a los hombres. El varón fue Moisés, libertador y legislador, quien con fe inquebrantable y gran amor al Señor y a su pueblo, condujo a las muchedumbres a una tierra propicia para construir un santuario y elevar un culto grato al Dios viviente e invisible.

En Moisés contempló la humanidad un reflejo de mi Majestad, vio en él justicia, rectitud, fortaleza inquebrantable; fe, obediencia y caridad.

Aquel enviado fue como una estrella en el desierto, como un índice que guía; fue pan, cuando el hambre se dejó sentir y agua que calmó la sed; fue amable compañía en la soledad de los desiertos y conductor del pueblo hasta las puertas mismas de LA TIERRA PROMETIDA.

¿Creéis acaso que cuando aquella revelación fue llevada a otros países, a tierras de gentiles y paganos, fue creída por todos? No. Muchos no concebían que aquella Ley fuese Divina: pero cuando manifestó su esencia espiritual y su justicia, los grandes incrédulos la aceptaron.

Hubo épocas en que el pueblo de Dios supo interpretar espiritualmente todo cuanto pasaba a su alrededor, porque vivía dentro de la Ley, me amaba y hacía una vida sencilla y virtuosa; las fibras de su corazón eran sensibles, como lo era su espíritu. Aquel pueblo vivía en continua comunicación espiritual con su Señor. Escuchaba la voz humanizada de su Creador, sabía recibir mensajes del mundo espiritual, de los seres iluminados a quienes llamaba ángeles; y en el reposo de la noche, en la paz de su corazón y por medio del don de los sueños, recibía mensajes, avisos y profecías, a los cuales daba crédito y obediencia.

Los patriarcas y los justos de aquellos tiempos os enseñaron, con su ejemplo, a ser felices en la Tierra gozando de los bienes naturales y cumpliendo con la Ley espiritual. Dios no sólo estaba en sus bocas, sino se albergaba en su corazón; la Ley no era para ellos nada más un escrito, sino algo viviente; era natural que su existencia estuviera llena de prodigios.

Por esa Ley encontró su salvación aquel pueblo, alcanzó complacencias y dicha sobre la Tierra y esperanza en el Más Allá. Pero llegó el día de la adulteración y de la familiarización con mis Mandamientos y nuevamente el mal cundió, hasta llegar a pesar más que el bien. ¡Cuántas pruebas atravesó aquel pueblo por su desobediencia! Cuando aquellos preceptos comenzaron a torcerse y se crearon nuevos caminos dentro del mío, hube de venir como Mesías hecho hombre, para enderezar las sendas y comunicarlas con el camino de verdad, para atraer a los hombres a la sabiduría y al bien e invitarlos al camino de la justicia y del amor. Mi Doctrina vino a unir entonces a todos los pueblos en una sola Ley.

Ciertamente Yo combatí las tradiciones de aquel pueblo, porque era el principio de un nuevo tiempo en que el hombre debía recibir enseñanzas más elevadas. Pero nadie podrá decir que Jesús desconoció la Ley de Moisés, porque con su sacrificio y ejemplo os enseñó a darle cumplimiento.

Jamás fue tan clara la Ley de Dios como en los labios de Jesús. Por eso el mundo se conmovió hasta sus raíces y se entregó a su Enseñanza. Era la segunda parte del gran libro de mi Sabiduría en que os enseñé una forma de vivir más elevada; se abría una nueva Era de luz que transformaría la vida de la humanidad.

Yo vine a enseñaros el verdadero cumplimiento de la Ley, para que convirtieseis este mundo en un gran templo donde vuestra vida fuese una constante ofrenda de amor a su Padre.

En el amor a Dios y a vuestros semejantes, resumí toda la Ley.

Ahora quiero veros caminar celosamente dentro de mis Mandatos, libres de errores, para que dejéis a vuestros descendientes una buena simiente, un ejemplo claro, un sendero luminoso.

Si decís en la Tierra que con mi Ley y mi Doctrina os he traído religiones, os digo que ante Mí sólo existe un culto que es el del amor: el que presentáis al Autor de la Vida, a vuestros hermanos y a todo lo creado. Las religiones se transforman según el desarrollo moral y espiritual de quienes las profesan, pero la Ley es eterna e inmutable.

La Divina máxima de amaros unos a otros, será la Ley que una a los hombres, que les ilumine para que se amparen, se ayuden y reconozcan, sin diferencia de razas o credos.

Todo lo que existe vive dentro de una Ley y el que la desobedece se ve juzgado por ella para que reconozca su error.

No os culparé ni os reclamaré de lo que hicisteis cuando dabais vuestros primeros pasos entre la niebla de la ignorancia, mas ahora que tenéis conocimiento pleno de lo que es mi Ley, si persistís en desconocerla, me manifestaré inexorable en vuestra conciencia. Cuando cumpláis con sus preceptos, viviréis en un mundo de paz y llegaréis a ser como una sola familia, regida por el amor, el respeto y la justicia.

La existencia del hombre, separada de la Ley de Dios, es vacía y sin cimientos firmes. Reconoced que una sola es la verdad, una sola la Doctrina y una sola la voz que os ha hablado en todos los tiempos. Esa voz única, eterna, que a través de diversas expresiones os ha manifestado mis Mandamientos, os muestra el camino en el que encontraréis la salud, la felicidad y la vida eterna.

Por eso vengo a recordaros la Ley, la que no puede ser borrada de vuestra conciencia, ni olvidada por vuestro corazón, ni discutida, porque fue dictada por la Mente Universal.

En este tiempo, a imitación de Moisés, atravesáis el desierto de la vida humana. Yo os invito a subir al monte de vuestra elevación para que recibáis nuevamente mi Voz en vuestra conciencia; después comenzaréis a mirar la “Tierra prometida” que se encuentra en la perfección del espíritu.

Mi manifestación en este tiempo, es una nueva invitación a que toméis el camino de la Ley. Hoy puedo deciros nuevamente: No vengo a abolir la Ley sino a darle cumplimiento.

No os estacionéis en vuestra forma de amarme y rendirme culto. No seáis conservadores de hábitos, formas o tradiciones. Buscad siempre vuestro perfeccionamiento. Pero no toquéis la Ley, no la alteréis ni la cambiéis: ella siempre os encaminará a la perfección; venid a Mí por el camino de la fraternidad.

Debéis comprender que no vengo a complicar vuestra vida con mi Palabra, sino a simplificarla. Mi Ley no ata al cuerpo ni al espíritu. Para agradarme, no es menester que os olvidéis de los bienes del mundo ni de vuestros deberes, porque mientras estéis en materia, debéis satisfacer las necesidades humanas; lo que vengo a enseñaros es a tomarlo todo dentro de la Ley, en beneficio de vuestro espíritu, a comprender que el camino de la felicidad no es una fantasía sino una realidad y la forma de transitar por él es hacer obras lícitas; lo que el espíritu cultive, eso será lo que recoja: ésa es la Ley y la Justicia.

El tiempo del despertar del espíritu ha llegado y quiero que os acerquéis a la ciudad bendita, “la Nueva Jerusalén” que os he prometido.

Tened fe en mi Palabra y haréis maravillas. Esta luz despertará de su sueño a la humanidad.

Poned en práctica mi Ley; no existen obstáculos que os impidan su cumplimiento. No vengo a pediros obras perfectas, porque aún os contemplo débiles, pero si perseveráis, todos llegaréis a Mí.

Éste es el tiempo en el que he venido a fundir en una sola Ley los mandamientos de Moisés, la doctrina de amor de Jesús y la enseñanza espiritual que os estoy revelando como un faro luminoso, como una barca salvadora.

Mi Palabra siempre os aconseja el bien y la virtud: Que no habléis mal de vuestros hermanos ni causéis su deshonra; que no menospreciéis a los que sufren enfermedades contagiosas; que no protejáis las guerras y la división, ni tengáis ocupación vergonzosa que quebrante la moralidad y proteja los vicios; que no maldigáis nada de lo creado, ni toméis lo ajeno sin permiso del dueño, ni propaguéis supersticiones. Que visitéis a los enfermos, perdonéis a los que os ofenden, protejáis la virtud, deis buenos ejemplos y me estaréis amando y al mismo tiempo amando a vuestros hermanos.

No sólo con hablar de mi Doctrina estaréis cumpliendo la Ley, sino poniéndola en práctica. Tampoco será suficiente que seáis los grandes analizadores de mi Obra para nombraros mis apóstoles, porque más grande será el humilde que no sabiendo expresar mi Palabra, practique el amor y la caridad entre sus hermanos.

Muchos gustáis de aprender de memoria los preceptos de la Ley y los nombres de las virtudes espirituales, mas Yo os digo: es menester que todo lo sintáis. Saber no es sentir. El que quiera poseer mi Verdad, debe sentirla en lo más profundo de su corazón. Yo os digo que ni elevación ni sabiduría tendrá, ni hará grandes obras, quien no ame con toda la potencia de su espíritu.

La Doctrina que vengo a revelaros y a la que dais el nombre de espiritualismo, es la esencia de la Ley que os entregué en los tiempos pasados, su práctica cambiará la faz del mundo y transformará la vida de los hombres materializados.

Cuando la humanidad comprenda la verdad de esta Enseñanza, su Justicia y los infinitos conocimientos que revela, desechará de su corazón todo temor, todo prejuicio y la tomará como norma de su vida.

Ésta es mi Doctrina que os enseña la forma más práctica y sencilla de dar cumplimiento a la Ley. Comprended que son vuestra ignorancia y pequeñez las que os hacen mirar complicado lo que es simple, y misterioso lo que es diáfano.

Hoy me acerco nuevamente a vosotros para borrar formas, ritos y tradiciones, para que os concretéis al cumplimiento de la Ley y no hagáis ya lo que en los tiempos pasados: entregaros a las tradiciones y festines y olvidaros de la Ley.

Os digo en verdad que no debéis aferraros a lo que os fue revelado en los tiempos pasados, como si fuera la última palabra de mi Doctrina.

Yo me he acercado nuevamente a los hombres a darles mi Enseñanza y puedo deciros que mi última palabra no está dicha. Buscad siempre en mi Libro de sabiduría la nueva página: cada revelación confirma la anterior y todas coinciden entre sí.

¿Queréis un modelo perfecto para llegara Mí? Imitad a Cristo, amadme en Él, venid a Mí por su Divina huella; mas no me améis en su forma corpórea o en su imagen, ni cambiéis por ritos o formas sus Enseñanzas. Amadme en Cristo, en su Espíritu, en su Doctrina, y estaréis cumpliendo con la Ley eterna, porque en ella están resumidos la justicia, el amor y la sabiduría, que siempre he manifestado a la humanidad.

Cuando comprendáis que habéis venido a este mundo a recoger experiencias de vidas pasadas y a poner en práctica la Ley de amor y caridad, comprenderéis la armonía que existe en todo lo creado. Esa Ley no pertenece sólo al espíritu. Meditad sobre la vida que os rodea compuesta de elementos y organismos en número infinito y llegaréis a comprender que cada cuerpo, cada ser, marcha por el camino que le he trazado, guiado por una fuerza en apariencia extraña y misteriosa: esa fuerza es el Amor del Padre, que da vida a cada una de sus criaturas.

Además de mis Preceptos para el espíritu, la vida humana tiene leyes que debéis cumplir para estar en armonía con ella; la naturaleza también exige de vosotros su tributo. Dad a cada ley el cumplimiento que corresponda y me estaréis glorificando.

Cumplid con la Ley aun cuando tengáis que sacrificar vuestro corazón o cambiar las costumbres establecidas en este mundo.

Vengo a limpiar este planeta de su maldad, para que surja una nueva humanidad la cual sabrá dar cumplimiento a mi Ley. Se amarán unos a otros, comerán el fruto del Árbol de la Vida, calmarán la sed de su espíritu en la fuente de la gracia y mi Espíritu Santo los iluminará como el astro rey. Entonces el género humano me alabará y bendecirá.

Aún os falta un breve tiempo para comprender muchas de mis Lecciones. Apartad vuestros titubeos, fortaleced vuestros propósitos y levantaos sobre las bases firmes que os señala mi Ley. No os olvidéis que os he enseñado a simplificar prácticas, culto y creencias, apartándoos de toda rutina.

El cumplimiento de mi Ley no es un sacrificio. Practicar el amor y la caridad no significa dolor, sino alegría y vida para el espíritu. Quien cumple mis Mandatos, encuentra la verdadera felicidad, la paz, la sabiduría y la grandeza espiritual.

Mi Obra irá creciendo hasta que al fin todos los espíritus se unifiquen en mi Enseñanza y esta morada se convierta en un mundo de perfección. Mientras la humanidad no edifique su futuro sobre los cimientos firmes de mi Ley, no podrá tener paz ni luz en su espíritu.

Ya os he dicho que no seréis únicamente vosotros los que en este tiempo recibáis la iluminación de mi Espíritu sino toda la humanidad, pues llegará el instante en que, reunidos todos los mensajes recibidos bajo diferentes formas, constituyan una sola fuerza espiritual en este mundo: la herencia de la gran verdad.

Mis mandamientos no se impondrán por la fuerza, el hombre los aceptará como una invitación al bien. Mi voz en este día es de amor y de justicia, la misma que escuchasteis en el Sinaí. Hoy, como en aquel día, contemplo la incredulidad de muchos.

La lucha de mis discípulos de esta Era para lograr que se establezca mi Ley, será mayor que nunca y para que llegue a reinar en el mundo la espiritualidad, de la cual proviene toda justicia, antes habrán de beber los hombres el cáliz de amargura.

Entonces quedará destruido para siempre el becerro de oro, abolidos los sacrificios inútiles, no serán ya objeto de lucro los bienes espirituales y el hombre, ya alcanzada la evolución plena de su espíritu, sabrá valorizar los dones y atributos con que le he agraciado desde su formación.

Es estrecho el sendero, eso ha mucho lo sabéis. Nadie ignora que mi Ley y mi Enseñanza son estrictas y limpias para que alguien pensara en reformarlas a su conveniencia y voluntad.

El camino espacioso y la puerta amplia no serán los que lleven a vuestro espíritu a la luz, a la paz y a la perfección. El camino amplio, del libertinaje y la desobediencia, es el que los hombres egoístas siguen, buscando huir de su responsabilidad espiritual y del juicio de su conciencia.

Os confío un gran cargo y espero vuestra comprensión: basad todos vuestros actos en la Ley, que es rígida y estricta y así, preparados, caminad con seguridad y firmeza. Sentid temor de infringir mis Mandamientos, de no obrar conscientemente, mas también tened confianza porque Yo soy guía y sostén en la senda de cada uno de vosotros.

Sed celosos siempre de mi Enseñanza. Mi Ley y mi Palabra jamás se contradicen: en lo Divino todo es orden, armonía y perfección.

La Ley es inmutable; el hombre es el que pasa, con sus culturas, civilizaciones y leyes, quedando de todo ello solo lo que el espíritu ha construido con obras de amor y caridad. Después de cada jornada, de cada prueba, al interrogar a Padre, contemplará la piedra inconmovible de mi Ley y el libro siempre abierto que contiene la Doctrina del Espíritu.

Pero escuchad: La parte exterior de la revelación del Padre en el Sinaí, fue la piedra que sirvió como medio para que en ella se grabara la Divina Ley. Lo exterior en la comunicación con los hombres a través de Jesús, fue la forma humana de Cristo, y en este tiempo, la parte exterior de la comunicación ha sido el portavoz, por lo que esta forma, como la de los tiempos pasados, tendrá su fin.

Mi Doctrina y mi Ley son una preparación para que penetréis en la vida espiritual.

Vigilad vuestras obras y vivid en oración y preparación, para que seáis fuertes ante las tentaciones. En el principio vuestros pasos serán vacilantes como los de un niño que empieza a caminar, pero después os iréis fortaleciendo, adquiriendo conocimientos hasta alcanzar el desarrollo de los dones, cuyo valor es inapreciable. Id paso a paso por el camino que os he trazado. La lucha es incesante. A veces beberéis cálices amargos, mas también recogeréis grandes satisfacciones al experimentar en vuestro espíritu la paz de vuestro Señor.

Han pasado muchos milenios sobre el hombre en la Tierra y aún no ha sabido ser feliz en ella, ¿por qué? Porque no ha querido encontrar esa felicidad en el sendero verdadero.

A todos os digo: Quiero que comprendáis esta gran verdad: Ni Dios ni la naturaleza tienen misterios para el hombre. Es la flaqueza y la debilidad ante las lecciones divinas, lo que ha incapacitado al hombre para practicar mi Ley y poder penetrar en mi Arcano.

La Ley os encamina al perfeccionamiento. ¿De qué os sirve decir que creéis en Mí si vuestros pensamientos y obras revelan todo lo contrario?

Día llegará en que os heredaré mi Gloria para que veáis que soy el Padre que está en vosotros y que vosotros estáis en Mí, y a esta alianza la llamaré la alianza de la paz. Entonces se cumplirá la Ley, me reconoceréis como único Señor, no habrá distinción entre vosotros, porque todos os amaréis como un solo hombre, como un solo ser. Y si queréis, si vosotros hacéis el esfuerzo, si deseáis ser los verdaderos trabajadores de mi campiña, hoy mismo podremos establecer esa alianza de paz. No creáis que para ello debéis dejar este planeta, no, lo que necesitáis es voluntad y amor al Padre.

La mesa está puesta, os invito a sentaros; venid y tomad vuestros lugares, dejadme conduciros y serviros. Tomad conmigo el pan de la verdad, alumbraos con la antorcha del amor; dejad caer la venda que cubre vuestros ojos, romped los lazos de las pasiones y permitid que mi Luz os ilumine.

El escudo invisible de mi Ley os protegerá contra las asechanzas y los peligros; llevaréis en vuestras palabras una espada invisible de amor para vencer a los adversarios; un faro de luz alumbrará la ruta en medio de las tormentas; un prodigio constante estará a vuestro alcance siempre que necesitéis de él.

Venid conmigo, Yo os invito; saturaos de bendiciones; entregadme vuestras penas y tristezas, y sentidme, que Yo estoy siempre con vosotros.

¡Mi paz sea con vosotros!

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