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Las enfermedades de la humanidad… y su curación

Las enfermedades de la humanidad… y su curación

¡La salud es inmortal, porque es un bien que brota del Espíritu Divino!

Gran parte de la humanidad se encuentra enferma, del espíritu, de la mente y del cuerpo.

Existen ricos acaudalados que no tienen salud, ni conocen la alegría, y hombres pobres que teniendo salud no saben lo que poseen y viven amargados porque desean caudales o comodidades. No descubro ambiciones nobles en el corazón de los hombres y cuando llegan a tenerlas no persiguen aquel ideal por buenos caminos.

Ahora que he vuelto la humanidad, encuentro a unos ciegos, a otros paralíticos, leprosos a muchos, y a otros poseídos por espíritus turbados. A todos os voy a sanar, y en verdad os digo que ninguno perecerá, mas también debo de advertiros que debéis estar preparados, porque los milagros de este tiempo, mas que en vuestro cuerpo, vengo a hacerlos en vuestro espíritu.

¡Ved cómo también el espíritu puede ser un paralítico! ¡Si Yo os dijese que el mundo está lleno de paralíticos, de ciegos, de sordos y enfermos del espíritu! El espíritu que vive encerrado y sin libertad para desarrollarse, es un ser que no crece, ni en sabiduría, ni en fuerza, ni en virtud, por lo que ha permanecido enfermo.

Volverán a hablar los mudos, a ver los ciegos, a andar los paralíticos y a resucitar los muertos. Estos prodigios serán en lo espiritual para unos y también en lo material para otros.

Yo resucitaré a todos los muertos, pero como no todo ha de hacerlo el Maestro; he venido a enseñar a mis nuevos discípulos a curar las enfermedades del espíritu, de la mente y del cuerpo.

Debéis saber que Yo he venido, no sólo para que sepas que soy grande, sino también para que todos vosotros lo seáis. En esta Era voy a probaros el poder que poseéis como herencia o dones que deposité en vosotros; no es poder de la mente, sino del espíritu, porque el hombre no es poderoso, grande, ni sabio por la mente, lo es por el espíritu.

Por eso vengo a preparar a mis nuevos discípulos, para que alcancen mediante su fe y caridad, potestad sobre las enfermedades del cuerpo y del espíritu.

Quiero que os preparéis para que seáis en breve doctores del espíritu y del cuerpo; mas sabed que es más importante ante Mí el que sana al espíritu, que el que sólo cura el dolor del cuerpo.

Comprended que ya no es tiempo de que viváis en la ignorancia, hoy vivís en la Era de la Luz.

La curación atenuante o definitiva de la materia, según el Señor lo disponga, sólo podrá ser alcanzada por medio de la purificación, por la regeneración y cumplimiento del espíritu.

Veréis muertos a la fe y a la virtud, resucitar a la vida; enfermos de lacras morales que se limpian y ciegos que abren sus ojos a la verdad.

Por lo tanto, os digo estad preparados, porque a vosotros llegarán, hermanos vuestros con problemas graves, enfermos incurables, viudas, huérfanos, en busca de soluciones y salud espiritual y material.

¿Sabía el hombre de la antigüedad en qué forma se verificaba el contagio de alguna enfermedad, o cuál era la causa de la propagación de una epidemia? No, la ignoraban, de aquella ignorancia surgieron las supersticiones y los cultos misteriosos. Pero llegó un día en que la inteligencia del hombre iluminada por la luz del Creador, descubrió la causa de sus males físicos y comenzó a luchar por encontrar la forma de recuperar la salud. Entonces, lo que había sido oculto e invisible al hombre de ciencia, llegó a serle comprensible, con lo que la humanidad adquirió un conocimiento que los hombres de los tiempos pasados no tuvieron.

En la misma forma llegaréis a conocer el origen y la influencia de las fuerzas del bien y del mal sobre la humanidad; y cuando ese conocimiento sea del dominio público, no habrá quien al escuchar esta enseñanza, dude de la verdad de mi Doctrina.

Si la luz de mi Espíritu ha iluminado al hombre de ciencia para que descubra el origen de los males del cuerpo, a lo que llamáis enfermedad, también os ilumina a vosotros para que descubráis con vuestra sensibilidad espiritual el origen de todos los males que aquejan la vida humana, así sean los que turban al espíritu, como a los que ofuscan la mente o atormentan al corazón.

El origen de las enfermedades

La humanidad se encuentra enferma y decadente, por haberse alejado de la fuente divina. Es semejante al hijo pródigo que ha derrochado su herencia, ha hecho mal uso de su libre albedrío y ahora sufre sus consecuencias. (Lucas 15:11-32)

El amor es el principio y la razón de vuestra existencia, oh humanidad, ¿cómo podéis vivir sin ese don? Creedme, hay muchos que llevan en sí la muerte, y otros que están enfermos tan sólo por no amar a nadie.

El odio, el rencor, el materialismo, la ambición, las guerras, las bajas pasiones los vicios, la infidelidad, la falta de perdón y de no practicar el verdadero amor entre unos y otros han originado que vuestro espíritu se enferme y con ello también vuestra mente y corazón. ¡Esa es la causa de vuestra enfermedad!

Es la herencia funesta de todas las generaciones pasadas, la que con sus ambiciones, vicios y enfermedades, está dando sus frutos en este tiempo. Es el árbol del mal que ha crecido en el corazón de los hombres, árbol que ha sido fecundado con pecados, cuyos frutos siguen tentando a la mujer y al hombre, haciendo caer día a día a nuevos corazones.

Bajo la sombra de ese árbol yacen hombres y mujeres sin fuerzas para librarse de su influencia; ahí han quedado virtudes rotas, honras manchadas y muchas vidas truncas.

Todo ha sido profanado por el hombre, no sólo su espíritu; las aguas están contaminadas, el aire está viciado y saturado de enfermedades y de muerte y Yo os pregunto: ¿Con qué doctrinas y en qué tiempo pensáis purificaros? ¿Cuándo llegaréis a limpiar vuestro espíritu y mente si sólo vuestro cuerpo queréis lavar? ¿Qué lograríais con ello? Engañaros a vosotros mismos. Limpiad primero el corazón y la mente que es de donde provienen todos los malos pensamientos y las malas obras. El ser encarnado necesita pan espiritual, para llegar a sentirse aunque sea por unos momentos lo que es: espíritu.

¡Ay de vosotros escribas, y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera esté limpio: (Mateo 23: 25-26)

El desaseo, el desorden, la falta de higiene moral y corporal, la pereza, la negligencia y la inmoralidad, han traído al hombre como consecuencia las enfermedades.

Si comprendieseis que son vuestras malas costumbres y vuestra indolencia por espiritualizar vuestra vida material, las que os acarrean males y enfermedades de toda índole, no exigiríais que os entregáramos medicamentos materiales; no ha existido en vosotros la preparación para que podamos entregar el fluido espiritual que sanaría todos esos males.

El origen de las enfermedades del cuerpo se encuentra oculto en lo profundo del espíritu, ahí donde los hombres de ciencia no han podido penetrar, y donde el Mundo Espiritual de Luz penetra a cada instante y en donde vosotros debéis aprender a penetrar.

Pero cuanto más sea la espiritualidad en esta humanidad, así como su regeneración y enmienda espiritual y humana, mayor irá siendo su emancipación de todas estas cosas, y se irá acercando a los principios de los tiempos, en los cuales no se había desarrollado tanto la ciencia médica porque no era necesaria, ya que no eran frecuentes las enfermedades, las dolencias físicas no aquejaban todavía al género humano.

Ahora tenéis nuevas y grandes enfermedades que son producto de la complicación en vuestras costumbres y en vuestra vida, y son prueba de la degeneración a que ha llegado la raza humana.

La salud espiritual y física serán, por el contrario, signo de regeneración.

El Señor ha puesto en su Creación, todos los elementos necesarios para la vida y para la salud; pero el mundo se aparta del camino del bien; camino donde se encuentran la vida y la salud.

Es, por lo tanto, hermanos míos, imperativo para la humanidad, reconocer las virtudes que encierran los elementos, para que recupere la salud en esa fuente inagotable que es el amor divino presente en toda la Creación, para que recupere esa salud que es la Naturaleza, el sol, el agua, el campo, los alimentos naturales y sencillos, el trabajo saludable, el ejercicio moderado, las buenas costumbres, el afecto, y todos esos placeres propios del espíritu, tanto interiores como exteriores.

Si esto enseñáis a la humanidad, veréis a un hombre renovado, que al tomar el camino del bien, retornará a la vida y a la salud.

También el mundo espiritual en tinieblas, los espíritus enfermos, los espíritus obsesores, están saturados de influencias maléficas, influencias malsanas que depositan en los seres encarnados, enfermándoles a su vez.

Esos espíritus que han sido tradicionalmente espíritus enfermos, manejan a su antojo a las materias y ejercen un efecto de sugestión sobre aquellos que les han dado cabida, a través de los hilos fluídicos que todo espíritu posee.

Existen fuerzas invisibles a la mirada humana e imperceptibles a la ciencia del hombre, que influyen constantemente en vuestra vida. Las hay buenas e insanas, las hay de luz y también obscuras.

De aquel mundo invisible que palpita y vibra en vuestro propio mundo, parten influencias que tocan a los hombres, ya sea en su mente, en sus sentimientos o en su voluntad, convirtiéndolos en siervos sumisos, en esclavos, en instrumentos, y en víctimas. Por doquiera surgen manifestaciones espirituales y sin embargo, el mundo sigue sin querer darse cuenta de lo que rodea a su espíritu.

Son seres ya sin cuerpo, que en su turbación buscan cuerpos ajenos para expresarse a través de ellos, pero por su turbación y su influencia lo único que logran es perturbar la paz, nublar la mente o enfermar a aquellos a quienes se acercan.

De ese desequilibrio provienen las enfermedades, los errores y las bajas pasiones que atormentan al hombre hasta vuestros días.

Esos espíritus son el símbolo de la enfermedad, los habitantes de las sombras, los que no saben ni lo que es vida ni lo que es muerte.

Cuando a través de vuestra conciencia descubráis el origen de vuestras aflicciones y pongáis todos los medios para combatirlo, sentiréis en plenitud la divina fuerza, ayudándoos a vencer en la batalla y a conquistar vuestra salud y libertad espiritual.

Hay hombres y mujeres que arrastran enfermedades incurables, y que han buscado el alivio en manos de muchos médicos, que han llamado a muchas puertas, que han ido de comarca en comarca, de puerta en puerta y no han encontrado la vida que se les va; lo que esos enfermos necesitan no es otra cosa que la regeneración espiritual y moral, que les proporciona orden en su vida y paz, porque las lacras que están en sus espíritus, se manifiestan en enfermedades físicas.

Cuando esos hombres y mujeres enfermos, descubran a través de vuestra palabra el origen de sus males, cuando se regeneren, se espiritualicen, se moralicen, ordenen sus vidas y se eleven sobre el camino firme de la verdad y del bien, como jirones caerán de sus espíritus y de sus cuerpos todas las dolencias, todas las miserias y todas las lacras.

Ya podrán verter sobre de ellos los hombres del saber humano medicina tras medicina, que no encontrarán su salud.

Preparación espiritual, para saber curar

Es necesario que comprendáis que la sabiduría del espíritu es superior a la ciencia de la mente, porque la inteligencia humana sólo descubre lo que su espíritu le revela. Os hago esta advertencia, porque muchos de vosotros diréis: «¿Cómo voy a curar a los enfermos, si ignoro la ciencia de curar?»

El don espiritual de curación no está fuera del alcance de vosotros, pues el Señor os ha traído una doctrina y una enseñanza accesibles, practicables y comprensibles; mas para desarrollar tanto el don de curación como los demás dones del espíritu, precisáis de buena voluntad, fe y amor.

Tened caridad y verdadera comprensión de vuestros hermanos, tened fe, sabed orar y con esos méritos haceos dignos de mi gracia y en verdad os digo, que entonces veréis cómo es posible hacer prodigios.

Preparación espiritual es lo que necesitáis, mas cuando estéis practicando mi Palabra, causaréis conmoción en la vida de vuestros hermanos, porque se manifestará en vosotros el espíritu con todos sus dones y potencias.

Discípulos amados: Entregad el bálsamo de curación a los enfermos, hacedlo con amor, con verdadera preparación espiritual, para que logréis que ellos experimenten el consuelo divino.

Disponed vuestro corazón y ennobleced vuestros sentimientos. Desarrollad el don de curación con que os he enriquecido espiritualmente ya que tendrán que llegar enfermos muchos de los caminantes y otros agobiados por el cansancio. Enfermedades conocidas y desconocidas les aquejarán; mas Yo os doy un solo bálsamo para todas las dolencias, ya sean del espíritu o del cuerpo. Ese bálsamo para que obre prodigios necesita de la verdadera caridad, que tiene por base la oración. Debéis aprender a corregir sin lastimar ni juzgar, a curar una herida sin hacerla sangrar y a perdonar sin causar humillaciones.

Hallaréis a vuestro paso muchos enfermos que no serán curados por la ciencia. En cambio, entre vosotros encontraréis la forma de obtener curación a sus males. Los sanaréis con vuestro amor, por la influencia buena que ejerzáis; por la regeneración que les inspiréis y por el conocimiento de mi Doctrina que les transmitáis y encontrarán que el bálsamo está en la paz del espíritu y en el cumplimiento de los deberes, en el amor de los unos hacia los otros.

No dejéis que sea solamente el enfermo el que por su dolor se haga merecedor a mis beneficios, debéis unir a sus méritos los de vuestra caridad y en ambos se manifestará mi gracia. Doquiera que estéis, debéis hacer méritos para que cada vez que intercedáis por vuestro hermanos, seáis dignos de pedirme lo que hayáis menester, en favor de vuestros semejantes.

Enseñadle a cada quien, hermanos míos, a ser doctor de sí mismo, por medio de la oración espiritual, para que obtenga la comunicación directa con el Divino Espíritu que es el Doctor de los doctores, para que en los momentos de prueba sepa encontrarle y pedirle consejo y remedio para todos sus males, tanto del espíritu como de la materia.

¿Qué pueden pedir los hijos que sea para su bien, que el Padre no les conceda? Esto os ha dicho el Señor, y os decimos también nosotros lo mismo: ¿Qué nos podréis pedir en beneficio vuestro que no os concedamos?

Haced que en el momento de vuestro trabajo espiritual, cuando vayáis a impartir bálsamo a los enfermos, vuestra mente esté clara y despejada y vuestro corazón se limpie y tenga buenos sentimientos, para que sintáis toda la ternura, caridad y preocupación por el semejante enfermo, por el hermano caído, por el hermano que sufre, sangra y llora.

Si queréis que en vosotros se desborde el don de curación, es menester que vuestro corazón sienta el dolor de los demás, y que vuestro espíritu se despoje de todo egoísmo, despojando a la vez de pasiones a su materia, consciente de que lleváis un don precioso. Identificaos con nosotros, y el Mundo Espiritual de Luz llegará por medio de vuestra inspiración, como emisarios del Doctor de los doctores, para hacer sentir en los enfermos, la emanación sana, la emanación limpia y pura, llena de consuelo y luz, que brote de nuestros espíritus, las cuales fundidas con vuestras propias emanaciones saludables y benéficas, obrarán el prodigio en los necesitados. Mientras más se limpie vuestro espíritu, mientras más se sature de amor, mientras más adquiera el conocimiento verdadero de la vida espiritual, más sanas, saludables y benéficas serán vuestras emanaciones.

¿Veis cómo entonces, en vosotros se encuentra el secreto de la salud de vuestros hermanos así como de la vuestra?

En vuestro espíritu existe una fuente de salud y de paz, un manantial inagotable de bendiciones.

Cada uno de vosotros puede ser un doctor de sí mismo y de los demás, al tener una intuición, un conocimiento y una espiritualidad amplios, para resolver todos los casos difíciles y curar todas las enfermedades.

Llegará el día en que vosotros ya preparados, vayáis a la humanidad con vuestras pupilas abiertas y vuestra intuición desarrollada, para penetrar con respeto en el interior de los corazones y descubrir su dolor, su pobreza espiritual y con mi enseñanza podréis calmar su necesidad y alentar a su espíritu.

Conservad la preparación espiritual y material, porque no sabéis el momento en que necesitéis hacer una obra de caridad y será muy grato para Mí, haceros depositarios del bálsamo de la paz o de lo que más falta les haga a vuestros hermanos. Comprended lo hermoso de la misión que habéis venido a cumplir en vuestra restitución, para que os abracéis de vuestra cruz, con todo el amor de que seáis capaces.

Cuando encuentro que alguno de vosotros está ocupado en la ejecución de una buena obra, elevado en oración, pidiendo por algún hermano necesitado y me hace presente su corazón lleno de angustia por el dolor de su semejante, mi divino amor deposita en aquél una gota de mi bálsamo de curación y le concedo el prodigio que ha estado pidiendo.

A los que creyendo pertenecer a este mundo, vivan turbados y confundidos en su espíritu, ayudadlos con amor a salir de su gran error. No uséis la violencia, pero llenad de ternura y de compasión vuestro corazón para tratar a todos los seres.

El fluido y el bálsamo como medios de curación.

Os vamos a hablar ahora, de la curación fluídica y comenzaremos por preguntaros: ¿Qué cosa es ese fluido espiritual que cura a los enfermos? El fluido espiritual, hermanos míos que brota de nuestros espíritus para derramarse en curación, en beneficio y salud para los enfermos, no es otra cosa que el fluido universal que viene de la misma Divinidad.

Os hemos dicho que Dios es la fuente de la salud, que de su Espíritu proviene todo bien, todo bienestar, toda paz, toda salud; y de estos atributos nos ha colmado, tanto a los seres espirituales como a las criaturas humanas.

De nuestro espíritu y de vuestro ser brotan emanaciones espirituales que son en su origen benéficas, pero hay que saber algo, hermanos: según la índole y la tendencia del espíritu, según los sentimientos de su corazón, así son las emanaciones que brotan de él.

Si el espíritu es bueno, si ha permanecido en él su principio que es el bien, que es Dios, de ese espíritu brotará emanación de paz, de luz, de salud y bienestar; si por el contrario, ese espíritu, por los tropiezos del camino, por las tentaciones, por las tempestades y por las pasiones se tornase en espíritu en tinieblas, en un espíritu al servicio del mal, entonces de él sólo podrán emanar las enfermedades espirituales, la turbación, las mala influencias y la tiniebla.

Sucede en el espíritu justamente lo que acontece en la materia. De una materia enferma brota el contagio para las sanas, de un ser humano sano brota y emana salud, porque no solo transmitís la enfermedad, también se transmite la salud, y ésta es más poderosa que la enfermedad, y aunque pasajeramente pueda ser vencida la salud, al final ella acaba por vencer.

Vosotros gozáis del don bendito del fluido que está en todo vuestro ser y que es vuestro principio vital: la fuerza de vuestro espíritu; con él podéis sanar a los enfermos, pues con las emanaciones de vuestro espíritu podéis levantar a los desahuciados, a todos aquéllos que envueltos están por enfermedades extrañas e incomprensibles para la ciencia humana. Mas ese don no ha encontrado en vosotros todavía su máximo desarrollo, y vuestro don curativo espiritual ha encontrado muchos obstáculos debido a que no tenéis fe, a que carecéis de la confianza absoluta en ese don.

Si os entregáis con fe y absoluta confianza, con amor y espiritualidad al desarrollo de ese don, contemplaréis como en breve tiempo, se realizarán ante vuestros ojos los verdaderos prodigios profetizados y prometidos por el Padre.

El desarrollo de los dones espirituales requiere de vosotros esfuerzo, aún más abnegación y sacrificio, mayor entrega, espiritualidad y preparación, porque si no contribuís vosotros de esa manera, no podréis alcanzar un buen desarrollo de esos dones que latentes se encuentran dentro de vosotros. Para que el don curativo florezca, se desenvuelva y se manifieste ampliamente entre vosotros sin necesidad de recursos materiales o de acudir a la ciencia humana, tendréis que poner más espíritu, más corazón: en una palabra, más amor.

No infrinjáis las leyes humanas; sanad a los enfermos con la palabra, con la oración y con el fluido. Se abre ante vosotros una nueva etapa de buenas obras y de espiritualidad. Los científicos no podrán mofarse de vosotros, la justicia humana no os sancionará y las religiones tendrán que concederos que poseéis potestad espiritual.

Muchos enfermos han sanado sin necesitar mas que el fluido espiritual, mas esos casos no han abundado; es vuestro deber hacer que esos casos se multipliquen, para que todo enfermo que se acerque a vosotros, tenga la dicha de experimentar en su espíritu y en su materia el verdadero fluido espiritual, para sentirse saturado de esas emanaciones.

Lo que necesitáis, para poder derramar ese fluido verdadero en los enfermos, es mayor preparación espiritual, mayor desarrollo de vuestros sentimientos y de vuestras virtudes.

Son los espíritus los que se encuentran enfermos por el pecado, por el vicio, por el fanatismo y las tinieblas; por los desengaños, por las ambiciones; es ahí, en el espíritu enfermo, donde deben caer la gota de bálsamo y el fluido curativo, y es en vuestra oración y en vuestra palabra donde irá ese vuestro fluido como rocío que envuelva a esos espíritus y a sus materias.

Id a vuestros hermanos como Jesús en el Segundo Tiempo, llevando antes que mi palabra, el bálsamo. Y, ¿cuál es el bálsamo, oh discípulos? ¿Acaso el agua de los manantiales bendecida y transformada en medicina para los enfermos? No, ese bálsamo de que os hablo está en vuestro corazón, ahí lo he depositado como esencia preciosa y sólo el amor puede abrirlo para que brote como un torrente; cuando queráis derramarlo sobre algún enfermo.

No serán vuestras manos las que unjan al enfermo, sino vuestro espíritu y corazón inundado de amor, de caridad y de consuelo, el que lo haga cuando en él se encuentren los sentimientos elevados del amor. Y ahí donde vosotros dirijáis vuestro pensamiento, se obrará el prodigio.

Fluido llamáis a esa fuerza con que los seres de luz, sanan vuestras dolencias físicas o morales. Y en verdad, en ese fluido está el bálsamo; es el mismo con el que Jesús dio vista al ciego, movimiento al paralítico, habla al mudo, con él curó al leproso y resucitó al muerto.

Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora. (Mateo 8:5-13)

Llevad a vuestros hermanos, en mi palabra de consuelo de luz y amor, el bálsamo que os he confiado.

También podéis visitar a los enfermos y ungirles con vuestro amor en mi Nombre, que en vuestra fe hallaréis la potestad para curar y vuestra caridad será el mejor bálsamo. Nadie dude de sí tendrá don para hacerlo o no.

El hombre desahuciado por la ciencia, volverá a la salud y a la vida, al contacto de ese bálsamo.

A vosotros os he entregado dones, uno de ellos es el de la curación espiritual, para que podáis cumplir una de las misiones más hermosas entre la humanidad, ya que vuestro planeta es el valle de lágrimas, donde siempre se encuentra el dolor. Por medio de ese don, tenéis un vasto campo para sembrar el consuelo y ese bálsamo lo he depositado en vuestro ser, en las fibras más tiernas de vuestro corazón.

Entregad ese bálsamo que no está en vuestras manos, porque él se desborda en miradas de compasión, de consuelo, de comprensión, pasa a través de los buenos pensamientos y se convierte en sanos consejos y en palabras de luz.

Grabad bien en vuestro corazón, que no será con actos exteriores e impresionantes con los que tratéis de persuadir a vuestros hermanos, debe ser con la esencia espiritual de mi Doctrina. Podéis impresionar a aquellos que vienen con su fardo de sufrimientos en busca de consuelo y que en su anhelo de encontrar alivio a su dolor ni siquiera reparan en la forma con que reciban el bálsamo; pero, pensad que ellos abrirán sus ojos y comprenderán que no les fue entregado en toda su pureza el bálsamo que de Mí recibieron los labriegos. En verdad os digo que la siembra hecha en esa forma, dará muchos frutos vanos.

Cuando seáis llamados para curar al enfermo, practicad la caridad y cuidad de que vuestras obras sean espirituales, elevadas y libre de todo materialismo.

Analizad, hermanos, que si el fluido benéfico verdadero brota del espíritu, él, entonces, buscará al espíritu, no a la materia del enfermo; ni siquiera os es necesario que vuestras manos materiales toquen o unjan al enfermo. El fluido espiritual bien puede darse en una mirada, en un pensamiento de amor, o en una palabra de consuelo; la forma mas material de entregar la curación fluídica es tocando al enfermo, y es más espiritual el usar la palabra, palabra que contenga esencia, consuelo y bálsamo.

El cumplimiento espiritual y material en la curación

Trabajad sin cansaros; enseñad, haced obras que conviertan; y ya que habéis resucitado, velad por los que creyendo vivir, han muerto a la fe y a la esperanza. Los que ahora sois fuertes y los que estáis sanos, velad por los enfermos. Orad por los que no oran y fortaleced a los que atraviesan por grandes pruebas.

Dejad de preocuparos tan sólo de vosotros y comenzad a preocuparos por vuestros semejantes. Quiero que descubráis el supremo deleite que se alcanza aliviando el dolor ajeno.

Elevad vuestro espíritu y pensad en los enfermos del mundo, a los que podéis contar por millones y sobre todos ellos derramad el bálsamo de vuestra oración.

Con vuestra paz, la luz espiritual y el bálsamo, formaréis en vosotros un solo ser, de tal manera, que con vuestra palabra, con vuestro pensamiento, y vuestra mirada transmitiréis salud, paz y fortaleza y en muchos casos, vuestra sola presencia emanará estas virtudes.

Pero no creáis que os bastará con saber que Yo os he concedido estos dones, además debéis comprender que necesitáis el poder para manifestarlos, y es indispensable conquistarlo con la fe en Mí, con la caridad hacia vuestros semejantes, con la limpidez de sentimientos y el desinterés. Quien no obre bajo estos principios, aunque esté donado por Mí, nada bueno entregará; porque esos dones sólo florecen y se prodigan a través de sentimientos nobles, puros y elevados.

Ciertamente hay muchos que a pesar de que no están preparados espiritualmente, van dejando huella de prodigios a su paso, pero no son ellos los que van entregando, soy Yo que tengo caridad de los necesitados, de los enfermos, de los pobres de espíritu y de los hombres de buena fe, y entonces, aquellos labriegos se atribuyen a sí mismos mis prodigios.

El labriego que haga su labor en la práctica de una caridad verdadera, bien entendida, que además de llevar el alivio a los males del cuerpo, encienda la luz de la fe en Dios, e imparta conocimientos espirituales; aquel que olvidado de sí mismo, consagre algunos instantes al servicio de sus semejantes, ese hará sentir el Espiritualismo en sus hermanos, hará sentir mi presencia a través de sus obras y por consiguiente su parcela será fértil y su cosecha buena y abundante.

Dad, siempre tenéis algo que dar. No imitéis a los ricos avaros; no arrojéis a los enfermos, a los menesterosos, juzgándolos imprudentes. No despreciéis a los hambrientos. Si sabéis penetrar en su corazón, descubriréis su dolor y sentiréis piedad de ellos.

Yo os he dado en el amor, el bálsamo para curar todos los males. ¿Teméis ser censurados porque al hacer la caridad me imitáis? ¿Qué teméis de esta humanidad injusta y egoísta que nada sabe de Mí? Venid y refugiaos en mis leyes inmutables, bebed mi esencia y sentíos llenos del Espíritu de Verdad.

Yo os hablaré de Espíritu a espíritu y os guiare en el camino; pero quiero que antes que lleguéis a la humanidad como maestros, lleguéis como doctores. Buscad antes la herida, la llaga o enfermedad y curad sus dolores, los cuales están en el espíritu.

Si queréis apartar de vuestro hermano las manchas que lleva en su espíritu, antes tenéis que desmancharos; si queréis ser perdonados, antes tenéis que perdonar.

Aprended todo esto y en vuestro camino seréis reconocidos como mis discípulos. Habrá quienes al contemplar vuestro don curativo quieran comprar vuestro secreto, unos con buena fe, otros con fines de lucro; mas a ellos diréis que el secreto para sanar el dolor del hermano es la caridad, y ese don todos lo poseen.

Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. (Hechos 8: 18-20)

A vosotros, os digo que no olvidéis ese don divino, ya que por medio de él haréis luz en los espíritus, llevaréis consuelo a los que sufren y convertiréis a muchos, al salvarlos de sus aflicciones.

En vuestras manos espirituales ha depositado el Señor, con su palabra y su Doctrina, la fuente de la salud, el gran milagro, el gran don, la maravilla, el don precioso que vosotros todavía no habéis desarrollado y que se encuentra latente en vosotros; desarrolladlo, ponedlo en práctica y experimentad, que muy pronto obtendréis los grandes frutos.

Cuando vayáis a experimentar el alcance de vuestro don curativo, iniciad vuestro trabajo sobre una caridad sentida y profunda; que vuestro corazón se encuentre vibrando de ternura y compasión por todos los enfermos, ausentes y presentes, sin distinción alguna. Y pensad también, en aquellos enfermos que ya no tienen cuerpo, son las legiones de seres confundidos que vagan por los espacios, para que a ellos llegue también el bálsamo que brota de vuestro espíritu, porque os encontraréis entregando curación no por vuestra materia, sino por vuestro espíritu.

Debéis aprender a ungir al enfermo y a resucitar al que ha muerto a la vida de la gracia; pero si hay quienes aún dentro de este camino buscan riquezas, galas y honores, es que no saben con cuánto dolor se purifican esas manchas.

El que sólo busca lo que pertenece al mundo no es Conmigo. Los bienes de la Tierra los obtenéis con vuestro trabajo material, mas los bienes del espíritu sólo los alcanzáis con la preparación y el cumplimiento espiritual.

En cuanto a los poseídos y a los confundidos en su mente humana, también podéis curarlos, porque tenéis esa facultad y debéis ponerla al servicio de esos seres que han caído en la desesperación y en el olvido. Libertadlos y manifestad esta potestad ante los incrédulos.

Los poseídos se libertarán de sus obsesiones, de sus perseguidores y opresores, ante la palabra, la oración y la potestad de mis nuevos discípulos.

Este es el tiempo en que la luz divina brillará en plenitud en mis seguidores, los cuales manifestarán los dones del espíritu, demostrando que no necesitan de los bienes terrenales ni de las ciencias materiales para hacer la caridad y obrar prodigios. Ellos curarán en mi Nombre, sanarán a los enfermos desahuciados y levantarán de su lecho a los muertos a la vida de la gracia. Su oración tendrá la potestad de aplacar los vientos, de apaciguar los elementos y combatir las epidemias y las malas influencias.

Os convierto en labriegos y os doy mi semilla de amor para que la sembréis en los enfermos, en los tristes, en los delincuentes, y si alguno se siente indigno de recibirla, hacedlo llegar a Mí que Yo sabré dignificarlo, para que no se sienta menospreciado. Evocad a vuestra Madre celestial y su amor divino os ayudará en esta lucha y a todos os conducirá a Mí.

Cuando las grandes epidemias se desaten y los hombres de ciencia por su falta de amor y caridad no logren curar a los que sufren, surgirán los labriegos, llevando con amor su misión de curar y consolar a sus hermanos. Y el mundo espiritual uniéndose a ellos, impartirá sus beneficios entre la humanidad agobiada por el dolor.

Apartad de vuestro corazón el horror que pudierais sentir por los que sufren enfermedades que vosotros llamáis asquerosas y rechazad la repulsión que pudieseis experimentar al encontraros frente al homicida o al que ha enloquecido en los vicios. Tendedles vuestra mano, dedicadles las frases más sentidas. Orad por ellos. Sólo Yo sé lo que se esconde en cada una de esas existencias, sólo Yo conozco las causas de su caída.

Tenéis la ayuda de vuestro Padre y del Mundo Espiritual de Luz; no desmayéis en la lucha, que no os atemorice el no tener pan, ni el contagio de las enfermedades por muy repugnantes que os pudieran parecer; no se os pide que derraméis vuestra sangre ni que paséis hambre.

Los milagros en las curaciones

En aquel Segundo Tiempo sané a multitud de enfermos. Curé ciegos, leprosos, poseídos, sordos, paralíticos y mudos. Todos eran enfermos del cuerpo, mas, por el milagro hecho en sus cuerpos resucitó su espíritu.

Pero, así como muchos negaron, también muchos creyeron aquella palabra que penetraba hasta lo más escondido del corazón; aquella forma de sanar dolencias y males incurables, tan sólo con una caricia, con una mirada de compasión infinita, con una palabra de esperanza; aquella enseñanza que era la promesa de un mundo nuevo, de una vida de luz y de justicia, no pudo borrarse de muchos corazones, los cuales comprendieron que aquel hombre divino era la verdad del Padre, el amor divino de Aquél a quien los hombres no conocían y por lo tanto, no podían amar.

Cristo en su perfección, dominó la materia y por eso hizo el milagro de dar vista a los ciegos y hacer andar a los paralíticos. Vosotros debéis evolucionar para que vuestro espíritu pueda dominar a la materia y manifestarse a través de ella.

Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? (Juan 10:34)

Esto es lo que vine a enseñaros cuando habité en el mundo con vosotros, y esto vengo ahora a recordaros. Si a través de Jesús, tocando con mi mano sané a los enfermos, también en este tiempo vengo a tocarlos para devolverles la salud y hacerlos entrar de nuevo en el milagro de la vida.

Hoy no tengo manos para tocar vuestro cuerpo enfermo, porque vengo en Espíritu, mas el espíritu también puede tocaros con su amor y haceros sentir su presencia.

A Jesús atribuís muchos milagros y de cierto os digo, que sus obras fueron el efecto natural del amor, de esa divina fuerza que estando latente en cada espíritu, vosotros aún no la sabéis usar, porque no habéis querido conocer la virtud del amor.

¿Qué existió en todos los prodigios que realizó Jesús, sino amor?

Para que el amor de Dios se manifestara a la humanidad, era necesaria la humildad del instrumento, y Jesús fue siempre humilde, y como de ello vino a dar ejemplo a los hombres, os dijo que sin la voluntad de su Padre Celestial, nada podría hacer. Con estas palabras Jesús os dio una lección de humildad.

Él sabía que esa humildad, esa unidad con el Padre, le hacía todopoderoso ante la humanidad. Ahora vengo primero a dar luz al espíritu, a despertarle, a darle libertad, a encender su fe y a sanarle de todo mal para que después él se encargue de fortalecer y sanar su cuerpo.

¿No creéis que de tiempo en tiempo debo encontraros más adelantados y que por lo tanto mis lecciones tienen que ser cada vez más elevadas?

¡Oh, inmensa y hermosa transfiguración que da el amor, la humildad y la sabiduría!

Ahora sabéis porque Jesús, aun diciendo que nada podía hacer si no era por la voluntad de su Padre, en realidad todo lo podía, porque fue obediente, porque fue humilde, porque se hizo siervo de la Ley y de los hombres, y porque supo amar.

Conociendo vosotros algunas de las virtudes del amor espiritual, no lo sentís y por eso no podéis comprender el porqué de todo lo que llamáis milagro, o misterio, y que son las obras que hace el divino amor.

¿Qué enseñanzas os dio Jesús que no fuesen de amor? ¿Qué ciencia, prácticas o conocimientos misteriosos empleó para dejaros sus ejemplos de poder y sabiduría? Sólo la dulzura del amor con la cual todo se puede hacer. Nada hay contradictorio en las leyes del Padre, sencillas por sabias y sabias por estar saturadas de amor.

Entended al Maestro, Él es vuestro Libro. ¿He de volver a hacer las obras que llamáis milagros como en el Segundo Tiempo, para ser creído? ¿Tendré que dar vista al ciego, movimiento al paralítico y devolver la vida a Lázaro, para despertar vuestra fe? En verdad os digo: que en este tiempo, muchos ciegos han visto la luz, muchos tullidos han caminado y muchos muertos se han levantado a la vida de la gracia.

Grande será el asombro de esta humanidad materializada cuando hasta su misma ciencia y sus observaciones le demuestren la verdad de muchos de aquellos hechos que no querían aceptar; entonces sorprendida dirá: Fue verdad; mas todo aquello que hoy llamáis milagro, no es más que la materialización de un mensaje divino, mensaje cuya voz os habla incesantemente de algo que está más allá de vuestra razón, de algo que viene directamente de mi Espíritu al vuestro.

He ahí por qué Jesús os asombró con las obras que llamáis milagros. Comprended que nada hay sobrenatural ni contradictorio en lo divino que vibra en toda la Creación.

Os enseñé a curar. Jesús era el bálsamo, Él era salud, su palabra sanaba al que la escuchaba. Su mirada impartía consuelo infinito al que la recibía. Aún su túnica, cuando era tocada por la fe de los que a Él llegaban cargados de amarguras y dolencias, les devolvía la paz, y hasta su sangre, cayendo sobre el rostro del centurión le devolvió a sus ojos la luz perdida.

Esos milagros sólo el amor y la caridad, que es hija de ese amor, los pueden realizar. Con ellos podréis curar.

En aquel Segundo Tiempo, las multitudes me buscaban más como doctor que como Maestro, porque siempre han creído los hombres, que es más grande el dolor del cuerpo que el del espíritu. Jesús era complaciente y dejaba que los enfermos se acercarán a Él; sabía que ese dolor era el camino que atraía a los hombres hacia la luz de su palabra.

Cuando los ciegos volvían a ver, y los leprosos se limpiaban, cuando los paralíticos abandonaban su lecho y los poseídos se liberaban de sus influencias y obsesiones, eran testimonios vivientes de que Jesús era el Doctor de los doctores.

¿Cuándo volveréis a buscarme con aquella fe, con que se acercaban a Mí los enfermos en el Segundo Tiempo? Es necesario que os diga que tengo sed de vuestra fe y que cuando depositéis en Mí vuestra confianza, os haréis merecedores de los grandes prodigios que tengo reservados para vosotros.

Yo no desconozco a los hombres de ciencia, puesto que la misión que desempeñan se las he dado Yo, pero muchos de ellos han faltado a la oración, a la caridad y a la elevación de espíritu para ser los verdaderos doctores de la humanidad. Ya les hablaré también a ellos, mas mi voz será de justicia cuando vean a mis discípulos sanando por medios espirituales las enfermedades que la ciencia no ha sabido curar, y cuando los hombres se curen los unos a los otros por medio de su don espiritual, los materialistas abrirán sus ojos ante esa revelación y dirán: Ciertamente, más allá de nuestra ciencia existe una sabiduría y un poder superior al nuestro.

¡Cuántos casos de conversión presenciaréis! ¡Cuántas curaciones milagrosas en enfermos del cuerpo o del espíritu! ¡Cómo os recrearéis contemplando a vuestros hermanos que hasta entonces habrían caminado como parias, manifestar también los dones que vosotros les enseñasteis a descubrir en su ser! Ellos que se habían creído desheredados al contemplar vuestros dones, confirmarán que todos sois herederos míos y que lo que os doy jamás os lo quito, aunque a veces llegue a retenéroslo, a través de mis leyes perfectas de amor. El tiempo de los milagros está en la eternidad. Yo soy un milagro infinito de amor para todos mis hijos.

De la ciencia en las curaciones

En vosotros no ha arraigado la ciencia; os miro humildes y por eso os he escogido. Os he dado mi palabra, para que poseáis la verdadera ciencia, porque los conocimientos que tienen los hombres no pueden curar el mal que aqueja a la humanidad. Esa luz, esa ciencia de la que tanto se envanece el hombre, ni convierte corazones, ni salva espíritus.

Daos cuenta de que todos los tesoros y poderes de los hombres no podrán comprar un átomo de paz y que también el don de curación se ha apartado de los doctores, quienes no podrán comprar una sola gota de mi bálsamo con su ciencia, mientras su corazón no se despeje del egoísmo. Cuando ese tiempo esté en plenitud, las fuerzas espirituales de luz, envolverán a los hombres, habrá manifestaciones, acontecimientos y señales nunca vistos; los soberbios hombres de la ciencia se encontrarán asombrados y habrá ocasiones en que lloren de impotencia, convencidos de su pequeñez.

Los hombres de ciencia no aciertan a curar tanto mal; las enfermedades se hacen más y más complicadas, y se convierten en un caos para la ciencia médica. ¿Tendremos entonces que recomendar a los hombres en ciertos casos, que acudan a la ciencia humana?

Yo no os prohíbo que toméis la ciencia ni la condeno. Sólo deseo que los hombres comprendan a través de mi Doctrina, que hay una ciencia mayor que la que ellos conocen y la cual pueden alcanzar por medio del amor, que es la esencia de todas mis enseñanzas.

Hay cuerpos que sanan con medicinas materiales, otros que no pueden curarse porque el espíritu es el que está enfermo.

Hay casos en que simplemente el fluido espiritual puede sanar al enfermo, en otros casos, os veréis en la necesidad de recurrir a medicamentos materiales y si hay casos así, dispuestos por Dios que tienen que resolverse por medio los hombres de ciencia, ¿habréis incurrido en profanación?

No, hermanos, el pensar que eso sea profanación u ofensa al Padre es ignorancia y fanatismo, fanatismo que se manifiesta cuando pensáis que el acudir al médico humano es prueba de poca fe. Muchas veces, habéis tenido que recurrir a vuestros hermanos los hombres de ciencia y aún continuaréis haciéndolo, mas si queréis recibir a través de ellos el verdadero bálsamo, y que con su inteligencia os entreguen algo limpio y puro que ataque directamente vuestro mal, penetrad en oración elevándoos al Padre, invocad al Mundo Espiritual en nombre del Señor y pedid que la luz de la Divinidad ilumine aquella mente de ese hombre de ciencia.

Cuando llega un doctor junto a vuestro lecho de enfermo y en él depositáis toda vuestra fe y confiáis en su ciencia vuestra vida, olvidáis que la vida de ambos depende de Mí. Os olvidáis en ese instante de orar ante vuestro Padre para solicitar de Él la luz sobre el hombre de ciencia y el bálsamo sobre vuestra dolencia. Aquella alcoba, en vez de llenarse de luz y saturarse de fuerza y de esperanza, permanece triste y sombría por falta de espiritualidad.