La carne y el espíritu

El espíritu al descender y encarnar por primera vez en una carne terrenal, tuvo la necesidad al paso del tiempo de comprender su naturaleza material.
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El ser humano posee tres naturalezas cuando ha encarnado: Su naturaleza divina que es su Conciencia; su naturaleza espiritual representado por su espíritu;… y su naturaleza material siendo ella, su carne terrenal.
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Toda criatura terrenal posee instintos, por los cuales tiende a cubrir sus necesidades principales y básicas a la vez. El protegerse, el refugiarse, el satisfacer su necesidad de alimentarse, así como el de la procreación.
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Las criaturas terrenales por el estímulo pueden asimilar un comportamiento al estar interactuando en su medio ambiente y con otros organismos. Es como así se desarrollan o evolucionan al paso del tiempo sus instintos, en la finalidad constante de satisfacer sus necesidades naturales. Todos hemos observado el cómo ante un estímulo o impulso nuestras mascotas reaccionan en determinada forma. Un estímulo repetitivo puede hacer que reaccionen en cierta manera o en un comportamiento. Por tanto, podemos entender el adiestramiento, como un estímulo repetitivo en nuestras mascotas en la búsqueda de que reaccionen en una forma determinada, o que vayan asimilando un comportamiento deseado.
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No es de extrañarse que ante un estímulo las criaturas en su medio ambiente natural e interacción con otras, hayan aprendido o mejor dicho, asimilado una reacción determinada que les ayudase a satisfacer un instinto natural.
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Nuestra carne humana lo es por el espíritu, sin él sería como otras de las tantas criaturas terrenales que existen en su gran diversidad en la madre Naturaleza. Esa carne no tendría un ideal ni un fin elevado en su existencia, se ocuparía tan sólo en cumplir la Ley natural, en satisfacer sus instintos.
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¿Qué nos hace diferentes a las demás criaturas terrenales? La Conciencia y el espíritu. Y también muy importante, la consciencia. El espíritu encarnado tiene una luz sabia que le guía en el sendero de su perfeccionamiento espiritual. Esa luz no tiende a la evolución, pues pertenece a la presencia de lo divino en nuestro propio ser; es como una voz que se hace sentir en nuestro espíritu cuando yerra, pero también cuando está en el acierto.
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Todas las demás criaturas están desprovistas del espíritu, no así el ser humano, conformado por innumerables atributos como lo son potencias, virtudes, dones, facultades espirituales. Y por último, la consciencia, ese atributo espiritual que al paso del tiempo sí se desarrolla y evoluciona, en ella se encuentra la potencia del pensamiento, y por él, la facultad del razonar. Por la razón reflexionamos, indagamos, cuestionamos, entendemos, deducimos.
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Nuestra consciencia se acrecienta cada vez cuando el espíritu se conoce más y más. Se acrecienta con la experiencia de vida del espíritu. Allí se encuentran todo el cúmulo de experiencias de existencias pasadas. Todo cuanto ha comprendido de la vida, de cada morada que ha habitado. De ese aprendizaje que le ha dejado el maestro dolor y el haber obrado en el bien.
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Nuestra consciencia se acrecienta cada vez cuando el espíritu se conoce más y más. Se acrecienta con la experiencia de vida del espíritu. Allí se encuentran todo el cúmulo de experiencias de existencias pasadas. Todo cuanto ha comprendido de la vida, de cada morada que ha habitado. De ese aprendizaje que le ha dejado el maestro dolor y el haber obrado en el bien.
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Cuando el espíritu se ha dejado dominar por los instintos de su carne, ha dejado de ser, el ser superior para colocarse en el papel de la criatura inferior. Y de las veces, él es el que ha corrompido o hasta pervertido los instintos de su carne. Ya no es el ser espiritual que evoluciona en un sentido elevado, sino bajo y pasional, obedeciendo a los caprichos de su carne. Pero ese capricho no procede o nació de su carne, sino de su propio espíritu que al tiempo hizo de un instinto una perversión, una corrupción.
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Es así como el espíritu se mancha, se encuentra en decadencia y contamina por su paso a otros. Pero el hombre, ese ser terrenal conformado por sus tres naturalezas, no está destinado por siempre ser o estar en aquella condición. El dolor, el sufrimiento tiende a despertarle, a hacerle reflexionar su obrar y hacer. Entonces su consciencia le habla por su experiencia acumulada, y la Conciencia como un juez dadivoso le invita a retornar en el camino del bien, del amor y la virtud.
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Con carne o sin ella somos y seguiremos siendo el ser con los atributos de la Conciencia y la consciencia,… en una la invitación sabia y perpetua, de una luz que no equivoca al espíritu. En la otra, el cúmulo de experiencia de nuestra eternidad. De cierto en algún momento tendremos un grado de perfeccionamiento espiritual al espiritualizar nuestro ser. De atender las necesidades de nuestro espíritu y carne sin que sea un reflejo de fanatismo, de cadena, sujeción. Sino de armonía entre esas dos naturalezas llegando a comprender, que uno y otra tienen necesidades, las cuales hay que satisfacer a la luz de la Conciencia.
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