La finalización de la prueba

01-08-50

Cuando le damos importancia a nuestro ser, a lo que nos identifica como seres espirituales dotados de virtudes para manifestarlos. Cuando reconocemos que el dolor y el sufrimiento es siembra y cosecha nuestra, no de nuestro Dios-Padre.

Cuando reconocemos que el egoísmo en todas sus vertientes nos hace sufrir, nos da aflicción, pesar.

La prueba dolorosa no es de nuestro Padre, es nuestra, de los unos a los otros. En Su justicia divina no incrementa nuestro dolor y sufrimiento. Él sólo deja que bebamos hasta la última gota del cáliz, fruto de nuestro alejamiento de la luz de la Conciencia que dicta y más bien invita a conducirnos en la vida, en la existencia de los unos a los otros con amor, virtud, bien, luz.

Nuestro Padre no quiere hijos adoloridos, sufrientes en todas las moradas donde están Sus hijos. No lo desea, ni si acaso lo ha pensado alguna vez. Ni si acaso quiere Él suframos en nuestra carne… si ésta llora, entonces meditemos porqué el dolor se siente y se lo transmite al espíritu. Y muchas ocasiones tendremos en esa meditación que hemos violado, adulterado las leyes que rigen nuestro organismo. Hemos sido descuidados, la hemos envenenado, no hemos tenido armonía espiritual con ella. La enfermedad es fruto de los excesos, de lo que no le nutre. De la falta de actividad.

Dice nuestro Padre que nosotros podemos ser los mejores doctores no sólo para nuestra materia, sino para nuestro espíritu. Y Él está dispuesto a que encontremos alivio, a INSPIRARNOS para hallar por uno u otro medio la salud.

La Naturaleza como una madre proporciona nuestra recuperación. No todo lo conocen los doctores, de las veces están cerrados a otras alternativas. Conozcamos en este tiempo de las luces, porque todo conocimiento está abierto al espíritu de la humanidad, lo que otros han alcanzado a través de sus estudios e incluso inspiración espiritual para encontrar la salud…

¿Qué nos aflige? ¿Por qué sentimos que los demás nos han hecho llorar? Cada quien es libre en su actuar, libre para hacer el bien o lo opuesto. Libre para regirse a la luz de la Conciencia en sus pensamientos y sentimientos o no. Cada quien es libre, para elegir por dónde transitar. Cada quien es libre para actuar y obrar.

No todos nos darán felicidad, muchos nos otorgarán la tristeza, la pena. Cada quien da lo que hay en su corazón. Es aceptar que así como estamos en el tiempo de las luces, también el espíritu se encuentra en su altura de perversidad. ¿Qué es lo que entregaremos a los demás? ¿Luz o lo opuesto? Es nuestra decisión… Mas cada uno deja una cosecha, deja un fruto… y una traerá la buenaventura; la otra el dolor, la zozobra, la intranquilidad, la aflicción, el mesar de cabellos.

Elijamos ser parte de la luz, que aunque pareciera nunca llegará el fruto, lo cierto es que lo bueno que hace nuestro espíritu nos acerca cada vez más a un estado de paz, a ese Reino donde ya no se llora ni se lamenta..

Y todavía diré algo muy importante: La caridad que damos y otorgamos a los demás nos va liberando de muchas penas y dolores. Esa caridad que se entrega debe ser sentida. Esa caridad tiene muchas formas de expresarse y de darse, hasta en una oración sentida por alguien más. Quien da, recibe.

La caridad sentida libera. Y este Valle es campo propicio para manifestarla en su gran diversidad, y así entregarla a los demás.

La caridad no solamente es de espíritu a espíritu, de hermano a hermano por el espíritu. La caridad también es recibida como luz en nuestro hacer y obrar, cuando se la otorgamos a la misma Creación, como lo puede ser a una criatura.

Muchas veces nos encontraremos con alguna criatura con hambre, con sed, con otras necesidades… allí nuestro espíritu de igual forma puede obrar. La caridad no sólo es de espíritu a espíritu, sino puede entregarse a la Creación.

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