El amor de Dios por la humanidad
El amor de Dios para la humanidad
Guardad silencio ante el altar del Universo, para que vuestro espíritu pueda conversar con vuestro Padre Dios y Creador, en el más hermoso de los lenguajes: el del amor.
¿Creéis acaso que contemplando al mundo y a sus moradores en la altura de perversidad en que se encuentran y necesitándome como me necesitan, los abandonase? Pensad en esto, porque os he sorprendido hablando y pensando así.
Si soy vuestro Padre, comprended que necesariamente tengo que sentir lo que los hijos sientan, sólo así comprenderéis que mientras cada uno de vosotros sufre y siente su propio dolor, el Espíritu Divino sufre con el dolor de todas sus criaturas.
Cuando estáis tristes, tiernamente recojo vuestras lágrimas, cuando os tortura una pena, me acerco para aliviarla. Tengo la misión de salvar a la humanidad y de redimir hasta el último de los hombres; no os extrañe, que de vez en cuando venga a llamar a vuestras puertas para solicitar que me deis albergue.
Es necesario que comprendáis que he venido a romper las cadenas que os han convertido en esclavos del dolor, a liberaros de sufrimientos que vosotros mismos os habéis forjado y que habéis hecho más duraderos porque repetís vuestros errores e imperfecciones. Pero si vosotros sois necios en el mal, Yo soy constante en mi amor por salvaros; y si fueseis a los antros del fango o del más profundo abismo de vuestras pasiones, ahí llegaré a buscar a los perdidos para llevarlos al Reino de la Luz. Mas necesitáis ser humildes y justos para que mi simiente florezca en vosotros. Algunos me dicen en su corazón: Señor, ¿cómo puedes descender así hasta nuestro corazón? ¡Ah, hijos míos! ¿No habéis visto alguna vez a una madre descender al sórdido suburbio donde algún hijo suyo gime y la implora, perdido en el cieno o en la miseria?
Sólo esas madres pueden deciros cómo sintieron que los latidos del corazón del hijo extraviado les llamaba, implorando su presencia y su ternura, confiando en que alcanzarían su perdón. Y Yo que soy Aquél en quien se resumen todos los amores, en quien está el amor de todos los padres y de todas las madres. ¿Podría permanecer insensible al llamado de vuestro espíritu? ¿Dejaría de acudir al sitio, sea el que fuere, en uno de mis hijos se encontrara perdido y me llamara? ¡Cuán poco es lo que sabéis de Mí, a pesar de que os he manifestado mi amor en tantas y tan infinitas formas!
¿A qué se debe tanta paciencia y tanto amor divino? Y os contesto: muchos habéis sido padres en la Tierra y todos habéis sido hijos, ¿qué padre ha deseado el dolor para el hijo, aun cuando de él haya recibido la mayor ofensa, la más cruel ingratitud? En el corazón de aquel padre se ha abierto una profunda herida, el dolor lo ha embargado y a veces hasta el enojo ha turbado su mente, pero ha bastado una palabra de arrepentimiento de aquel hijo o un acto de humildad, para que lo estreche contra su corazón. Si eso hacéis los humanos, ¿por qué os extraña que os ame y os perdone con perfección?
Os amo, y si un paso os alejáis de Mí, ese mismo doy Yo para acercarme a vosotros. Si me cerráis las puertas de vuestro templo, llamaré a ellas hasta que abráis para penetrar en él.
Ni uno solo de vuestros sollozos deja de escucharse en el Cielo, ninguna oración deja de hallar eco en Mí, ninguna de vuestras aflicciones o trances difíciles pasan desapercibidos para mi amor de Padre. Todo lo sé, lo escucho, lo veo y en todo estoy.
Dadme las tinieblas de vuestros sufrimientos, Yo las convertiré en claridad de paz; dadme vuestros sollozos y lágrimas. Entregadme vuestras penas, dadme vuestras tristezas y no os acordéis más de ellas.
¿Os parece extraño que os procure con tanto afán? Es que no tenéis verdadero conocimiento de lo que es mi amor por vosotros, o de lo que significáis para Mí, porque os habéis formado un concepto muy pobre respecto de vuestro Padre.
Entre Dios y sus criaturas, existen lazos que nunca podrán romperse, pero si los hombres se sienten distanciados de su Padre celestial, es por su falta de espiritualidad o por su falta de fe.
Ved cuánto amor hay en vuestro Dios, que siendo toda omnipotencia, no se detiene para limitarse, para que podáis sentirlo y contemplarlo. Que se multiplica para mostraros que no sólo es vuestro Hacedor y Juez, sino al mismo tiempo vuestro Padre, vuestro Amigo, vuestro Hermano y vuestro Maestro.
Ved que soy amor infinito, sublime y santo, que a todos amo, mas os digo: Amad, como el Padre os ama y os seguirá amando en todos los tiempos. Sois parte de mi Espíritu, sois algo de mi ser. ¿Está mal que os busque con tanto afán y tanto amor? Nadie podrá impedir que os ame.
Humanidad: Yo sólo sé deciros que lo que es mío no lo dejaré perder, y vosotros sois míos. Os amo desde antes que fueseis y os amaré eternamente. Ni la muerte, ni la falta de amor podrá destruir el lazo que os une a Mí.
He ahí que vosotros nacisteis por amor, existís por amor, sois perdonados por amor y seréis en la eternidad por amor.
El amor habrá de venceros al fin y por el amor me conoceréis.
Encontrándome en las afueras de una aldea, llegó ante Mí el emisario de un poderoso, quien me dijo: Señor: ¡Cuánto he tenido que andar para llegar hasta vos! Yo le dije: “Bienaventurados el que me busca, porque siempre me hallará”.
Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lucas 11: 9-10)
¿Cómo he de dejar sin cubrir bajo mi caridad a todo el Universo? Si a vosotros que sois ahora criaturas humanas, vengo a enseñaros el amor universal. ¿Cómo podría el Maestro solamente fijarse en unos, olvidando a otros?
Si alguno de vosotros sintiere envidia de su hermano juzgándole más querido del Maestro y ambos reclamasen su sitio a mi diestra, les diría: No soy quien debe sentaros a mi diestra; es algo que toca a cada quien labrarse por sus propios méritos. En verdad os digo que no podría amar más a un hijo que a otro.
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. (Mateo 20: 20-28)