Reclamo divino
Reclamo Divino
Os habéis acostumbrado tanto a vuestra forma de vivir, que el mal existente manifestado en diversas formas, os resulta tan familiar, que ya no os detenéis a reflexionar sobre las causas que lo originan. Ya no bendecís el día en que vivís, ni apreciáis la vida que os rodea.
¡El mundo se agita en medio de una tempestad, ha perdido su rumbo, y se encuentra cansado de palabras, doctrinas y filosofías! El mundo de lo que se encuentra hambriento hasta la angustia y sediento hasta la muerte, es de verdadero amor, pero es muy frágil su lucha, por lograrlo, y se ha conformado con vivir, buscando lo necesario para el sustento de su cuerpo, olvidando en el fondo de su ser a su espíritu.
La humanidad vive siempre preocupada por los bienes de la Tierra; contemplo a la mayoría que se conforma con un poco de tranquilidad en el corazón, un techo seguro, un poco de salud corporal, el calor de los suyos y un puñado de monedas.
El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad. (Eclesiastés 5:10)
Meditáis la forma de disimular vuestros continuos fracasos; y ponéis ante vuestro rostro una máscara sonriente para fingir que sois felices y hacéis alarde de fuerza y de valor para ocultar el miedo que tenéis ante el abismo que habéis abierto bajo vuestros pies.
Veo muchas lágrimas y escucho sollozos. Contemplo vuestro sufrimiento y las cadenas de pobreza y privaciones que tenéis. El desengaño que aflige a vuestro corazón, es porque os habéis convencido que en el mundo no existe justicia ni caridad.
Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. (Apocalipsis 21:4)
¡Pobres pueblos de la Tierra, esclavizados los unos, humillados los otros y despojados los demás por sus mismos conductores y representantes!
Ya vuestro corazón no ama a quienes os rigen en la Tierra, porque vuestra confianza ha sido defraudada; ya no confiáis en la justicia de vuestros jueces, ya no creéis en promesas, en palabras ni en sonrisas. Habéis visto que la hipocresía se ha apoderado de los corazones y que ha establecido en la Tierra su reinado de mentiras, falsedades y engaños.
La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones (Proverbios 14:34)
¡Pobres pueblos!, que llevan sobre sus hombros el trabajo como un fardo insoportable. Ese trabajo que ya no es aquella bendita ley por medio de la cual el hombre obtiene cuanto le es necesario para subsistir, sino que se ha convertido en una lucha desesperada y angustiosa para poder vivir. Y ¿qué obtienen los hombres a cambio de dejar su fuerza y su vida? Un remedo de pan, un cáliz de amargura.
En verdad os digo que este no es el sustento que Yo deposité en la Tierra para vuestro deleite y conservación, ése es el pan de la discordia, de las vanidades, de los sentimientos inhumanos, en fin, es la prueba de la escasa o nula elevación espiritual de quienes os conducen por la vida humana.
Veo que os arrebatáis el pan los unos a los otros; que los ambiciosos no pueden ver que los demás posean algo, porque lo quisieran para sí; que los fuertes se apoderan del pan de los débiles y éstos se concretan a ver comer y gozar a los poderosos.
Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia. (Salmos 119:36)
¿En dónde está la diferencia entre la humanidad de ahora y la humanidad de aquellos días? ¿Cuál es el adelanto moral de esta humanidad? ¿Cuál es el desarrollo de sus más nobles sentimientos?
En verdad os digo que en la época en que el hombre vivió en cuevas también se arrebataban de la boca el alimento los unos a los otros; y los más fuertes se llevaban la mayor parte; también el trabajo de los débiles fue en provecho de los que se imponían por la fuerza, y se mataban hombres con hombres, tribus con tribus y pueblos con pueblos.
Hace dos mil años, ¿quién de los humanos se imaginaba al mundo actual que habéis hecho con la fuerza de vuestra inteligencia? Las grandes naciones se levantan llenas de orgullo pregonando su poderío, amenazando al mundo con sus armas, haciendo alarde de inteligencia y de ciencia, sin darse cuenta de lo frágil que es el mundo falso que han creado, pues bastará un débil toque de mi justicia para que ese mundo artificioso desaparezca.
Hoy escucho a los hombres hablar de ley, de justicia, de paz, de igualdad y de fraternidad; mas en verdad os digo, que en donde no exista amor verdadero, no podrá haber verdad, ni justicia y mucho menos paz.
¡Cuánto dolor contemplo en vuestro mundo! La niñez ya conoce la amargura y pronto endurece su corazón, las doncellas se marchitan en plena juventud, los vicios toman fuerza entre los hombres, se atenta contra la vida, las religiones se desconocen y se desgarran entre sí, la discordia y el materialismo ha invadido lo más íntimo de la vida de los hombres. El pecado se ha multiplicado, ofuscando la mente y el corazón.
Vengan pronto tus misericordias a encontrarnos, porque estamos muy abatidos. Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre. (Salmos 79:8-9)
¡Millones de enfermos pueblan la Tierra! Niños que andan abandonados a sus propias fuerzas, multitudes de ancianos incomprendidos, viudas y mujeres desamparadas que ignoran las delicias del calor de un verdadero hogar, seres recluidos en el olvido. Y la guerra, como un tétrico cortejo, que va dejando el luto en cada pueblo.
No encuentro verdadero arrepentimiento, porque hay tanta afinidad con el mal, que ya os parece lo más natural en vuestra vida. ¿Mas cómo podríais arrepentiros verdaderamente, si no habéis comprendido la magnitud de vuestras faltas? He tenido que venir a los hombres, para recordarles lo que significa ante la Divina Justicia, arrebatar la vida a un semejante, destruir la fe, engañar a un espíritu, traicionar un corazón, profanar la inocencia, causar una deshonra, despojar a un hermano de lo que es suyo, mentir, humillar y tantas imperfecciones que pasan inadvertidas a vosotros, porque os habéis familiarizado con todo ello.
Yo os pregunto, humanidad, ¿no os habéis cansado de vivir en esta forma? Porque veo que permanecéis indiferentes ante la marcha de vuestro mundo.
Para muchos hombres, Jesús es el personaje de una hermosa y antigua leyenda; cuyos ejemplos no pueden imitarse y ser llevados a la práctica en estos tiempos de materialismo; a lo que Yo os digo, que la palabra y las obras de Jesús no han pasado ni pasarán jamás, porque no pertenecen a una época ni a una nación, ya que la esencia de su Obra en el mundo es el amor y la humildad, y sus enseñanzas, las que necesita la humanidad para su adelanto espiritual.
A través de Jesús os enseñé a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, mas para los hombres de hoy, sólo existe el César y a su Señor nada tienen que ofrecerle. Si al menos diéseis al mundo lo justo, vuestras penas en él serían menores, pero el César os ha dictado leyes absurdas, os ha convertido en sus esclavos y os quita la vida sin daros nada en compensación.
Ved cuán distinta es mi Ley, que no esclaviza al cuerpo ni al espíritu, sólo os convence con amor y os guía con dulzura; todo os lo da a cambio de nada, todo os lo premia y lo compensa a lo largo del camino.
El corazón de los hombres se ha convertido en una inmensa tumba donde están enterradas las virtudes que mi Doctrina les ha enseñado. Existe podredumbre y soledad, como en un cadáver dentro de su sepulcro; pero mí voz ha venido a despertar en su tumba a ese muerto a la verdad, al amor, a la luz. Mi voz, resonando en su espíritu, le está diciendo: no durmáis, éste es el tercer día, en el que debéis resucitar, el Tercer Tiempo destinado al espíritu para su restitución y elevación, con lo cual dejará toda deuda saldada y concluida su misión sobre la Tierra.
Las familias no viven en armonía. Muchos matrimonios se separan, los hermanos aún llevando la misma sangre, se pelean, las madres lloran porque su consejo no es oído por los hijos; la ciudad desolada me presenta el vacío de su vida. La esposa me muestra su corazón incomprendido por su compañero.
En este tiempo, el mundo se desconoce: hermano con hermano se da muerte; las mujeres olvidan su pudor y dignidad; los padres desconocen a sus hijos y los hijos a sus padres; el valor de una vida no es suficientemente estimado. Los hombres siguen distintos ideales y no hay unificación en ellos. Los gobernantes de las naciones no se comprenden.
¿Comprendéis el tiempo en que vivís? Meditad en todo esto, y no juzguéis, para que no tenga que repetiros mis palabras de aquel tiempo: «El que se encuentre libre de pecado, que arroje la primera piedra”. No quiero que os sintáis lastimados con esta verdad, Yo sé que a veces soy brisa de primavera que acaricia y a veces vendaval de otoño que azota.
En algunos contemplo la dureza de la roca y la frialdad del mármol, mas de esos corazones haré brotar agua y ternura, porque Yo sí creo en la humanidad aunque ella me olvide. Pero a pesar de todo, no permitiré que esta humanidad, a quien tanto amo, vaya más allá en su materialismo y en sus errores.
Cuando el dolor de muchos hombres, es grande y su jornada penosa, ha sido mi voluntad acercarme a vosotros para ayudaros a encontrar vuestra heredad, ya que esta ola de materialismo ha creado entre la humanidad una necesidad espiritual tan grande, como es comer, beber y dormir; y hace que surja del fondo de su corazón, esta pregunta: ¿Cuándo viviremos en la moral? ¿Cuándo habrá respeto mutuo entre padres e hijos y esposos? ¿Cuándo habrá inocencia en los niños, pureza en las doncellas, rectitud en los varones, dignidad en los ancianos, justicia en los jueces, amor en los gobernantes y respeto a la Creación? En una palabra: ¿Cuándo habrá amor y comprensión de unos a otros?
Yo os digo: Cuando el orden de vuestra vida cambie y aprendáis a mirar fuera de vosotros mismos, cuando desaparezcan el egoísmo, la soberbia, el orgullo y la vanidad. Cuando seáis útiles a los demás, cuando desaparezca la maldad, y la mentira ya no sea tomada como verdad, cuando reconozcáis que no debéis de disponer de la vida de un semejante, ni de vuestra propia vida. Cuando comprendáis que no sólo son asesinos los que quitan la vida del cuerpo, sino aquellos que matan la fe, roban la honra y matan los sentimientos; cuando os perdonéis los unos a los otros. Cuando entendáis que el que no es causante de la guerra, es responsable de la paz, cuando oréis sin distinción de razas o credos. Si así lo hiciereis, Yo haré que este mundo se levante limpio de su lepra, también haré surgir vida de la muerte; lograré que del odio broten frutos de reconciliación y que de la locura surja la razón.
Sólo la Espiritualidad salvará de su caos a esta humanidad, no esperéis otra solución. ¡Oh pueblos y naciones de la Tierra! ¡Podréis hacer tratados de paz, pero mientras esa paz no tenga por base la luz de la conciencia, seréis necios, porque estaréis edificando sobre arena! Cuando los hombres de paz y buena voluntad abunden en la Tierra, veréis florecer mi doctrina y mis leyes endulzarán vuestra vida. Los tiempos de paz, concordia y bienestar, volverán sin despreciar vuestra civilización y vuestra ciencia. Os dejo esta lección, para que a través de ella miréis hacia el pasado buscando vuestro principio, examinéis vuestro presente y después miréis hacia el futuro que os espera, pleno de sabiduría, de trabajo, de lucha y de compensaciones divinas.