El Divino Maestro

EL DIVINO MAESTRO

Venid a Mí. Soy Cristo, el amor eterno, el faro luminoso que desde el principio alumbra todos los senderos.

Los profetas anunciaron la venida del Mesías y mantuvieron encendida la esperanza en los corazones. Cuando fue llegado el tiempo, me mostré al mundo a través de Jesús. ¡No todos los que me escucharon aceptaron que fuese el Verbo Divino, cuya presencia abarca todas las Eras! ¿Cómo iban a reconocer al Salvador en el humilde nazareno, sencillo y amoroso, si ellos lo esperaban arrogante y soberbio?

Ahora sabéis por qué Jesús, aun diciendo que nada podía hacer si no era Voluntad de su Padre, en realidad todo lo podía, porque fue obediente y porque se hizo siervo de la Ley y de los hombres. Él sabía que esa humildad, esa unidad con el Padre, lo hacía todopoderoso ante la humanidad. ¡He ahí la transfiguración que da el amor, la humildad y la sabiduría!

¿Quiénes me reconocieron en aquel tiempo? Los pecadores, a quienes perdoné, los hambrientos y sedientos de justicia, los ansiosos de verdad, de espiritualidad, a quienes manifesté mi Sabiduría y mi Amor. ¿Quiénes no me reconocieron? Los poderosos de la Tierra, los teólogos, los fariseos, y para muchos que no creyeron ni me reconocieron, mi Palabra fue causa de confusión.

Yo os digo en verdad que no sólo descendí para dar vista a los ciegos, limpiar a los leprosos o resucitar a los muertos. Vine en busca del espíritu adormecido de los hombres, para levantarlo a la verdadera vida y entregarle el más preciado tesoro: la verdad.

Cuando Jesús tuvo que enfrentarse a las preguntas y juicios de los incrédulos, dio cátedra de verdadero saber, porque en Él brillaba la luz del Padre y de sus labios brotaba la palabra poderosa que no se aprende en el mundo.

Hoy os habla el Verbo, el mismo que habló en Jesús en aquel tiempo, porque el Verbo es omnipresente; lo mismo se manifestó por boca de profetas y apóstoles, como ahora lo hace por estos portavoces. Y cuando hayáis penetrado en el tiempo de la elevación, lo hará directamente a través de vuestro espíritu.

Jesús hombre, nació, vivió y murió; mas respecto a Cristo, Él no nació en el mundo, ni murió, porque Él es el Espíritu del amor, la Palabra Divina, la Sabiduría y la Vida eterna.

Nuevamente vengo a mostrar mi mansedumbre y mi amor. En aquel tiempo, para daros pruebas de humildad en Jesús, hube de llamarme “el Hijo del Hombre”. Ahora, no es Jesús de Nazaret el que se presenta delante de vosotros, es Cristo, el Maestro en Espíritu, el que se manifiesta con gran majestad.

La noche en que nació Jesús, fueron los corazones de los humildes y sencillos pastores de Belén, los que rebosaban de alegría al saber de la llegada del Salvador. Mientras mi Espíritu se llenaba de gozo por haber venido a morar entre los hombres, los que tenían en sus manos las profecías que hablaban del Mesías, dormían profundamente, insensibles a mi Presencia, ajenos a los acontecimientos de ese tiempo. Ahí empezó mi calvario.

Me limité en aquel cuerpo, viví como hombre, cumplí las Leyes Divinas y humanas y sentí los rigores de esa vida; trabajé para labrar el pan, pero sobre todos esos deberes, entregué al mundo mi Mensaje de amor y sabiduría.

Aquella carne en que viví, fue obra del Espíritu Santo. Este misterio pertenece a mis Íntimos juicios. Yo os digo en verdad que las Obras Divinas no pueden ser juzgadas por la mente humana.

Ya sabéis que el Espíritu Divino es inmortal, mas aquella carne fue limitada, sensible al dolor físico y mortal por naturaleza; por eso elegí ese medio para manifestarme al mundo y ofrecerle mi vida, mi ejemplo y mi sacrificio verdadero, y enseñarle el camino que conduce a la salvación.

Os había sido prometido el Salvador en un hombre justo, limpio y puro, era natural que su cuerpo proviniese de un seno casto. La promesa fue cumplida en María, llamada bendita entre las mujeres, quien dejó en la humanidad su ejemplo y su ternura. Aquel pueblo tuvo conocimiento de que el Mesías había sido concebido por gracia Divina.

Dejad de escudriñar la encarnación de Jesús; ese estudio no os revelará la sutileza de ese cuerpo: perfecto, pero humanizado y sensible.

Si todas las maravillas de la naturaleza, son la materialización de pensamientos Divinos, ¿no pensáis que en aquel cuerpo se plasmó un pensamiento sublime del amor del Padre?

Jesús consagró su infancia y su juventud a la oración y a la caridad, en tanto llegaba la hora de anunciar la proximidad del Reino de los Cielos. Jesús niño dejó asombrados a los doctores de la Ley; Jesús predicador os legó grandes revelaciones para todos los tiempos; Jesús redentor, selló sus palabras con su sangre y su sacrificio.

Buscad la esencia de mi Palabra de aquel tiempo y decidme si ella puede proceder de alguna doctrina o ciencia humana. Yo vine a enseñar lo que no era conocido en la Tierra; si hubiese tomado la sabiduría de los hombres, de aquellos maestros hubiese entresacado a mis discípulos y no de hombres rudos e ignorantes para formar mi apostolado.

Me preguntáis qué puedo deciros de las doctrinas y filosofías de aquellos pueblos y Yo os digo que son inspiraciones del espíritu, pero no mi suprema verdad.

Durante mi predicación, supe estrechar la mano del amigo, me recreé con la gallardía y nobleza del mancebo y con la pureza de corazón de la doncella. Me llené de satisfacción al contemplar la abnegación y el sacrificio de las madres y la fortaleza de los hombres. Os enseñé el amor a Dios y el cumplimiento de su Ley; os dije cómo debíais amar a vuestros padres, a vuestros hermanos y a vuestros hijos; os hablé del amor entre esposos; os mostré el camino limpio del trabajo, del respeto y la caridad de los unos a los otros. Os invité a vivir en perfecta comunión con el Padre y en armonía con la naturaleza. Cuando los pequeñuelos venían a Mí y me abrían su corazón para pedirme alguna gracia, Yo les acariciaba y bendecía. Y cuando mis discípulos trataban de apartarlos, creyendo que con su presencia me faltaban al respeto, hube de decirles: Dejad a los niños que vengan a Mí, porque es menester que tengáis su pureza y sencillez, para que seáis dignos de penetrar al Reino de los Cielos.

¡Ah, si los hombres hiciesen mi Voluntad imitando a Jesús, qué grandes y hermosas serían las manifestaciones de vuestro espíritu, en obras, palabras y pensamientos!

En aquel tiempo fui el Sembrador y aún sigo cultivando mi Simiente. Después vendré por el fruto para deleitarme eternamente y no volveré a decir: “Tengo hambre” o “Tengo sed”, porque al fin seré amado por mis hijos como Yo les amo.

Mi Palabra de ahora no borrará la que os di en aquel tiempo. Pasarán las Eras, mas las palabras de Jesús no pasarán. Hoy vengo a explicaros el contenido espiritual de las enseñanzas que no lograsteis comprender.

A través de Jesús os enseñé a dar a Dios el culto que a Él corresponde y también al mundo un tributo: el cumplimiento de sus leyes. Para los hombres de hoy nada más existen deberes materiales y a su Señor nada tienen que ofrecerle; si al menos dieseis al mundo lo justo, vuestras penas serían menores, pero habéis dictado leyes que os han convertido en esclavos y os debilitan sin daros nada a cambio.

Yo vine a probaros la fuerza del amor, mi Doctrina y ejemplos quedaron impresos en vuestra conciencia; con amor vencí al dolor y a la muerte. Jesús, el Cristo, en su perfección, dominó la materia y por eso realizó los milagros que conocéis. Era el Espíritu el que a través de aquel cuerpo se manifestaba. Evolucionad, para que también dobleguéis a la materia y vuestro espíritu se manifieste a través de ella.

Jesús os enseñó a practicar la caridad y la mansedumbre, a gozar de vuestras sanas alegrías, a perdonar a vuestros enemigos, a respetar a vuestros semejantes, a huir de la mentira y amar la verdad.

Cuando bendije unos cuantos panes y peces y los hice repartir, la escasa provisión alcanzó para todos. Ése fue un milagro de amor, una lección inmortal para la humanidad materializada de todos los tiempos.

Cuántos milagros de amor y cuántos prodigios de fe hizo Jesús entre las multitudes! Hoy os digo que no existe milagro que no tenga una razón lógica y natural. Nada hay sobrenatural ni contradictorio en la creación.

Conoced la Ley, amad el bien, conceded a vuestro espíritu la santa libertad de elevarse espiritualmente y me estaréis amando. ¿Queréis un modelo perfecto de cuanto debéis hacer para llegar a Mí? Imitad a Jesús, amadme en Él, buscadme a través de Él: venid a Mí por su Divina huella, mas no cambiéis por formas o ritos la práctica de sus Enseñanzas, amadme en el Maestro de sabiduría.

Jamás ofrecí a los pobres una moneda porque no la tuve, sin embargo, Yo les brindaba la salud que a ningún precio habían encontrado y les llevaba al camino de la luz, del consuelo y la alegría.

Muchos de los que fueron en busca de Jesús con la esperanza de recibir riquezas del mundo o poderes temporales, se sintieron defraudados al ver que el Rey que los profetas habían anunciado que salvaría a aquel pueblo, no llevaba corona ni cetro y sus manos estaban vacías.

Si queréis meditar sobre mi manifestación en cuanto hombre, recordad mis Enseñanzas, mis Obras, para que reconozcáis la lección de amor que os di al hacerme semejante a vosotros, después, mediante la práctica de las virtudes, os elevaréis para ser semejantes a Mí.

Fue hasta después de mi ascensión, cuando los hombres comenzaron a comprender que el Cristo anunciado por los profetas era el que había hablado en Jesús. Por eso vuelvo a deciros que Cristo no nació en vuestro mundo, porque Él es antes de todos los mundos; quien nació fue Jesús, el hombre, el cuerpo bendito que fue mi instrumento e intérprete, para que la humanidad pudiese verme y escucharme.

Discípulos amados: Hoy es otro lugar del mundo donde me presento, pero sois el mismo pueblo, los mismos espíritus. Ahora no me rodean aquellos discípulos amados, hoy son muchedumbres a las que estoy preparando. A vosotros que sois mis nuevos discípulos, os digo: Lo que veáis que hago con vosotros, hacedlo con vuestros hermanos, nunca os creáis los primeros sino los últimos. Si en aquel tiempo los hombres se maravillaron de la humildad en que nací, en este tiempo también se sorprenderán cuando sepan el medio humilde que elegí para entregaros mi Palabra.

Cristo es el AMOR; ese amor no está ni antes ni después de ninguna otra potencia, está fundido en todas, para formar lo absoluto, lo divino, lo perfecto.

El que os habla, es el mismo Maestro que en el Segundo Tiempo os prometió un reinado de paz, de amor, de ventura y justicia. Soy el mismo Cristo que ha manifestado la verdad a través de los tiempos, porque mis Lecciones son eternas e inmutables. Así como una sola es la verdad, una sola es la esencia Divina que os he dado en las diferentes Eras, así la llaméis Ley, Doctrina o Revelación.

Mi Doctrina os enseña que mientras más se posee, más se está obligado a dar, y que mientras mayor se es, más humilde se debe ser. En este Tiempo el triunfo será de quienes imiten a Jesús en sus obras, porque las armas con que lucharéis, serán las mismas que os mostró en aquel tiempo.

Si os dije: “Yo soy la luz del mundo”, quiero que vosotros seáis también un faro de luz en la vida de vuestros hermanos, que vuestra presencia sea benéfica siempre y vuestra influencia saludable, que vuestros pensamientos sean limpios y vuestros sentimientos sanos. Ya veréis entonces cuán fácil es la vida, qué llevadera la lucha en la Tierra y qué grato servir a vuestros semejantes. Entonces habréis llegado a ser, por méritos, LOS HIJOS DE LA LUZ.

Mientras estéis en el mundo, recordadme en la cruz perdonando, bendiciendo y sanando a mis verdugos, para que en vuestro camino bendigáis a quienes os ofendan y hagáis todo el bien que podáis a quienes os hayan causado mal. Quien obre así, será mi discípulo y sus dolencias serán breves, porque Yo le fortaleceré en las pruebas.

Yo me mostré en aquel tiempo como el Dios de las obras, no sólo de las palabras. Ahora os digo: La sangre del Cordero no sólo trazó el sendero de evolución a los seres de este mundo, sino también a los del valle espiritual. Cumplida la misión de amor de Jesús, su cuerpo fue sepultado para dar término a su misión en cuanto hombre, pero las entrañas de la tierra no podían guardar aquel cuerpo que no les pertenecía; aquellas células que sólo vibraron para amar, se esparcieron en el infinito para caer después como lluvia de vida sobre toda la humanidad.

La Tierra no conserva ninguna huella material de su paso, porque fue mi Voluntad borrar toda señal; quise que el recuerdo de mi Palabra quedase plasmado en la conciencia de mis hijos, que el camino de amor, de luz y sacrificio que os tracé, quedase grabado en el espíritu, en lo más puro de cada hombre.

Os he recordado lecciones de aquel tiempo, para que las unáis a mis nuevas Revelaciones y con ellas iluminéis a la humanidad.

Después de mi partida los hombres me reconocieron, mi semilla germinó y se extendió a otras naciones, mis perseguidores fueron después mis discípulos.

Con cuánta dulzura y amor propagaron mi Doctrina los primeros maestros del Cristianismo. La fuerza de su palabra estuvo en la verdad de sus obras. El testamento que les confié fue para los hombres de todas las razas. De ese pueblo surgieron apóstoles y mártires que hicieron vida ejemplar, que supieron sembrar la semilla de amor que iluminó la vida de la humanidad. Una nueva Era se iniciaba, un camino claro se abría para todos: la senda que conduce a la perfección.

La Doctrina de Jesús conmovió las raíces más profundas del corazón humano, jamás fue tan clara la Ley de Dios, ni tan comprensible para todos. Al hombre le parecía vivir en un mundo antes desconocido, porque viendo no miraban y oyendo no escuchaban. Pero llegué a darles la vista y el oído, la voz, la voluntad y el entendimiento, para que su espíritu se liberara de las ataduras de la carne y pudiera cumplir su alta misión.

Hoy os digo, que si no podéis hacer obras perfectas como las que hice en Jesús, al menos os esforcéis en vuestra vida por acercaros a ellas. A Mí me basta contemplar un poco de buena voluntad para imitarme y algo de amor a vuestros semejantes, para que os ayude y manifieste mi Gracia y mi Poder en ese momento. Cuando entre vosotros empiecen a surgir aquéllos que, impasibles ante la injuria, amen y perdonen al que les ha herido, entonces estaréis en el principio del reinado de Cristo.

Cuando el hombre, cansado de luchar y sufrir, sienta que ya no tiene fuerzas para salvarse a sí mismo, verá maravillado que del fondo de su misma flaqueza, de su desesperación y desengaño, surge una fuerza desconocida que emana del espíritu, el que, al liberarse, se levantará de su mundo de vanidades, egoísmo y mentira, para decir: Ahí está Cristo, Él vive, en vano hemos querido destruirle, vive y viene a salvarnos con su amor.

Casi veinte siglos han transcurrido desde que el mundo dejó de escucharme, sin saber que ni un instante me he apartado de él ni he dejado de hablarle un solo momento.

“Amaos los unos a los otros”, fue el último mandamiento que dejé a mis discípulos de aquel tiempo. En él, reuní todos los preceptos, todas las máximas y proverbios, para que supieseis que el amor es la fuerza que rige la vida.

Ya sabéis que Cristo, el Amor Divino, es el mismo Padre. Jesús fue el hombre perfecto que os trajo mi Mensaje de Sabiduría. Él fue la más alta expresión de la espiritualidad: por eso es llamado EL DIVINO MAESTRO.

¡Mi paz sea con vosotros!

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