El principio

EL PRINCIPIO

Yo soy el increado. Soy Espíritu eterno y mi presencia universal lo llena todo. En ningún sitio del universo existe el vacío, todo está saturado de Mí.

Antes de crear los mundos, cuando no había surgido a la vida criatura alguna, ya os amaba, porque se hallaban latentes en Mí todos los principios, elementos y naturalezas que iban a alentar a los seres nacidos de mi Ser.

Mi inspiración tomó forma bajo la fuerza del amor. Y principió la vida. Primero fueron los espíritus, creados a mi imagen y semejanza, y después la naturaleza material. Como un manantial inagotable fue mi seno. El espacio espiritual se pobló de criaturas y en ellas se manifestó mi Amor, mi Poder y mi Sabiduría.

Todo estuvo dispuesto para aquellos espíritus que iban a tomar forma corpórea y a habitar mundos materiales, en los cuales encontrarían una morada perfecta. Fue mi Voluntad que disfrutaran de cuanto poseía, que supieran amarme y recibir mis Caricias. Así, a cada paso y en cada obra, descubrirían la huella de su Padre.

Como buen sembrador preparé la tierra y deposité la semilla de vida para fecundarla y hacerla germinar. De la unión del espíritu y la materia surgió el hombre y sobre él dejé un destello Divino: la conciencia.

La vida entonces quedó ante el hijo como un libro abierto, en cuyas páginas encontraría respuesta a sus preguntas: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

Entonces dije al espíritu encarnado: he ahí vuestra morada, recorred los caminos, bebed de las fuentes, saboread los frutos y me conoceréis: ése es vuestro reino temporal, sois el señor de la Tierra.

El hombre tuvo ante sí un camino de bendiciones, una senda plena de bellezas que le señalaba un destino. Desde entonces todo vive para el fin a que fue creado, todo camina hacia la perfección girando en torno un principio, a una ley.

Al final de ese camino de luchas y experiencias quedaría Yo, en espera del retorno de mis hijos, cuando éstos, logrado su perfeccionamiento, me presentaran un fruto maduro, digno, como fue la simiente que lo originó.

Así fue el principio de vuestra vida material que ha quedado muy atrás para vosotros, porque los tiempos lo han ocultado. Si hoy con toda vuestra ciencia no alcanzáis a calcular la antigüedad de la Tierra o el tiempo en que apareciera en ella el hombre, menos vais a poder medir las diferentes etapas de la creación ni saber lo que ha ocurrido en otros mundos, en otras moradas insondables para vosotros. Esa labor dejádmela a Mí, que os lo revelaré todo, porque soy el tiempo y la vida.

Penetrad en mis Enseñanzas con amor y descubriréis que ellas son el camino de la sabiduría.

Decís que mi Espíritu es invisible, sin embargo, Yo me manifiesto ante vosotros en infinidad de formas. El Universo es una expresión material de lo Divino: todo cuanto os rodea es un reflejo de la vida espiritual que está más allá de esta morada.

Cada una de mis Obras tiene por principio el amor y la justicia. Todo cuanto percibís por medio de vuestros sentidos o vuestra mente, encierra esos atributos, mas nunca hallaréis en ellos impureza o imperfección.

De mi Espíritu proceden las tres naturalezas: la Divina, la espiritual y la material. Como Hacedor de todo, puedo hablaros en forma Divina y al mismo tiempo comprensible a vosotros.

Si la naturaleza material es Obra mía, puedo materializar mi Voz y convertirla en palabra para que me escuche el hombre.

Los primeros humanos conservaron por un tiempo la impresión que su espíritu traía del Valle Espiritual, un estado de pureza e inocencia que les permitió sentir la caricia de la naturaleza, un calor de amistad y una armonía entre todas las criaturas.

Cuando surgieron en su vida las pasiones y la lucha por subsistir, se vieron obligados a buscar por medio de la ciencia lo que habían perdido por falta de espiritualidad.

Así comenzó el desarrollo de espíritu y materia, guiados por la luz de la conciencia. ¿Quién reveló al hombre los misterios de la carne? La materia misma. ¿Quién los misterios de la ciencia? La mente. Mas la idea de Dios sólo pudo revelársela el espíritu.

La semilla humana se reprodujo: el hombre y la mujer poblaron la faz de la Tierra. Yo me manifesté entre ellos desde el principio de su vida, llegando a materializarme ante su pequeñez: lejos estaban de sentir y comprender la fuerza del Amor Divino, esencia del espíritu y principio de todo lo creado. Creían en Dios, pero sólo le atribuían fuerza y justicia.

Ellos intuyeron que su Creador les ordenaba siempre el bien, como una ley natural dentro de la cual debían vivir; pero, desviados del buen sendero a causa del libre albedrío, hube de enviarles seres dotados de virtud y sabiduría, para que les hicieran volver al camino del que se hablan apartado. El mensaje de mis enviados venía a salvar de errores a los hombres, quienes se habían formado de su Padre un concepto equivocado al juzgarlo como un Dios temible y vengativo. Por esa razón, cuando creían haberme ofendido, buscaban la forma de desagraviarme, ofreciéndome holocaustos y sacrificios. Pero aquellas ofrendas no siempre estuvieron inspiradas en el amor sino en el temor. Por eso me buscaban como Dios, pero no como Padre o Maestro.

Si desde aquel tiempo en que los hombres tuvieron conocimiento del bien y del mal, hubieran cultivado con amor el árbol de la ciencia, ¡cuán distintos hubieran sido los frutos cosechados!

¡Ved cuánto bien han hecho al género humano, a través de los tiempos, quienes han tomado esos frutos con fines nobles!

En este tiempo, el árbol de la ciencia se sacudirá ante una fuerza incontenible y dejará caer sus frutos sobre la humanidad. Mas, ¿quiénes habrán desatado esos elementos si no los hombres?

Bien está que los primeros seres hayan conocido el dolor a fin de que despertasen a la realidad, naciesen a la luz del conocimiento y se ajustaran a una ley; pero el hombre evolucionado, consciente y desarrollado de éste tiempo, ¿por qué se atreve a profanar el árbol de la ciencia y a desconocer los frutos del árbol de la vida? Es que ha dejado de orar y se ha olvidado de cuanto corresponde al espíritu; una vez consagrado a la vida humana, su mayor ambición ha sido acumular bienes materiales para sentirse fuerte. Es así como, persiguiendo una gloria efímera, se ha hundido en un abismo de debilidades y errores.

Yo quiero que el hombre tenga ambiciones, que luche por ser grande, fuerte y sabio, poseedor de los bienes eternos del espíritu; mas ello requiere de la práctica de las virtudes: la caridad, la humildad, el perdón y la nobleza; en una palabra: el amor.

Cuando la paz entre los hombres esté a punto de establecerse y comprendan el valor que tienen la oración y las virtudes, sabrán que Yo soy el árbol de la vida en cuyas ramas, extendidas hasta el infinito, verán los brazos del Maestro abiertos como en la cruz donde vertí mi sangre por amor a la humanidad.

Para que el hombre llegue a alcanzar el verdadero conocimiento sobre el significado del árbol de la vida, antes habrá lucha, conmoción y perturbaciones en su mente y espíritu. Mi Doctrina, clara y persuasiva, mostrará al mundo el camino del retorno y, uno tras otro, los hombres vendrán a Mí, mas ya no agobiados bajo el peso de sus errores, sino mirando a las alturas con la fe en el corazón y la satisfacción de haber cumplido mis Leyes.

La puerta está abierta y mi Espíritu dispuesto a recibir al hijo en mi seno Divino. Ahora que el hombre está preparado para oír la voz de la conciencia y recibir de ella sus revelaciones, tiene a su alcance el camino que lo conduce al Reino prometido, al mundo infinito del espíritu, el de la sabiduría: al paraíso de la verdadera dicha espiritual, el cielo del amor y de la perfección. Ése será el fruto del árbol de la vida, que al final saboreará después de su gran lucha por alcanzarlo.

La vida es un árbol con un número incontable de ramas, de las cuales no hay dos iguales, en las que cada una cumple su misión. Si un fruto se malogra, es desprendido del árbol, y si una rama se desvía, es podada; porque del árbol de la vida sólo frutos de vida deben brotar.

Toda ciencia que haya causado mal y toda religión que no haya hecho brillar la luz de la verdad, podéis considerarlas como ramas por las cuales no corre la savia del árbol de la vida: ellas serán cortadas.

Tiempo es de que comprendáis que el origen del hombre no es el pecado, sino el resultado de una ley natural, que no sólo él cumple, sino todas las criaturas.

Crecer y multiplicarse es ley Universal: lo mismo brotaron los astros de otros mayores, que la semilla humana se multiplicó. Jamás os he dicho que, por ese hecho, unos y otros hayan ofendido al Creador.

Lo que mancha al hombre y aleja a su espíritu del camino de evolución, son las bajas pasiones, los vicios, porque van en contra de la Ley.

Meditad para que encontréis la verdad, y así dejéis de llamar pecado a lo que ha sido tan solo una Ley del Creador; entonces podréis santificar la existencia de vuestros hijos y guiarlos con ejemplos de amor.

Creced y multiplicaos. Éste es el tiempo en que debéis entenderlo también espiritualmente, llenando el universo de pensamientos elevados y buenas obras, creciendo en sabiduría y ejerciendo el bien.

Multiplicaos en espiritualidad: amaos los unos a los otros sin distinción de razas, clases, credos o mundos y retornad al Padre llenos de méritos.

Cada espíritu nació de un pensamiento mío, por eso sois obra perfecta del Padre.

Nazco en vuestra conciencia, crezco en vuestra evolución y me manifiesto en plenitud en vuestras obras de amor, para que digáis con gozo: ¡El Señor es conmigo!

Todos procedéis de Mí. Todos tenéis un solo origen, porque de un solo Espíritu habéis brotado.

¡El hombre! He ahí mi imagen, porque en él hay vida, inteligencia, voluntad y conciencia; porque posee algo de todos mis Atributos y su espíritu tiene naturaleza eterna. A veces sois más pequeños de lo que os creéis, y otras, más grandes de lo que podéis imaginar.

El envanecido cree ser grande sin serlo; es pequeño porque sólo ambiciona las riquezas superfluas de su vida material, sin llegar a descubrir los verdaderos valores del espíritu. Mas aquél que se alimenta con el pan de vida eterna, que cumple con sus deberes espirituales y en el mundo aprovecha los beneficios que le ofrece la naturaleza, ése sabe vivir y aunque aparentemente nada posea, disfruta de las riquezas del Reino.

En todos los tiempos me he manifestado a los hombres. Desde el principio del mundo les hablé para revelarles mi Ley, también para corregirles. Buscadme en todo cuanto os rodea y ahí me veréis: en los seres animados, en la hoja del árbol movida por la brisa o en el perfume de una flor; en la tierra, en el aire, en la luz. Todo habla de Mí y os descubre la meta hacia donde debéis conducir vuestros pasos. En todo lo creado encontraréis la belleza y el amor con que he rubricado todas mis Obras.

Cuando hayáis alcanzado la perfección, os mostraré mi sonrisa que será como una aurora infinita en todo el universo, porque habrá desaparecido de vosotros toda mancha, dolor e imperfección.

¡Mi paz sea con vosotros!

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